viernes, octubre 06, 2023

El oro del robot

Saliendo de Buenos Aires en dirección al aeropuerto de Ezeiza, sobre la autopista que lleva el nombre del teniente general Pablo Riccheri, ministro de guerra de Roca y autor de una tesis sobre La defensa de Bélgica, a la derecha, justo cuando uno acaba de ver pasar por debajo de sí el camino de cintura (quién pudiera...), la vista por lo general distraída del conductor y la del eventual acompañante será inexorablemente requerida por el Templo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuya reputación, virtualmente apuntalada por más de dos mil reseñas en Google (con 4,9 estrellas de envidiable score), es custodiada por seis agujas simétricamente distribuidas. A cada uno de los lados el lector hallará dos, otra avisorará al fondo y otra más encontrará, como un alto puñal clavado por el mango, en la milimétrica (suponemos) mitad de su fachada. Sobre esta última, a 34 metros del suelo, se encuentra una estatua laminada en oro que todos vimos moverse alguna vez. O no. Es la discusión que en este ensayo me propongo resolver de una vez y para siempre.

jueves, junio 22, 2023

Paralelas

Horrori mihi erat illud ingenium
San Agustín, Lib. IX Confes., Cap. VI

Nunca la vi más linda, lo oí decir. Yo, que no habría podido decir lo mismo, sí podría haber dicho que era lindísima o que era morocha o que no me la había imaginado morocha. O que tendría unos treinta y cinco años. No dije nada. Y a los ojos, además, nunca se los vi. Nunca la vi más linda, repitió, y salió a la vereda de baldosas rotas donde se agrupaban, en la noche, de a cuatro o de a cinco, las sombras. Había neblina y hacía calor. El aire era espeso, como si costara ver, y las luces de la calle colgaban de la nada, flotaban en el espacio como barras fantasmales de neblina congelada. Atrás de todo eso había un cielo, pero nadie lo recordaba.
Después del velorio lo seguí viendo alrededor de una semana, diez días. Me cuesta un poco recordarlo. El aspecto, quiero decir, su cara. Aunque, no sé, a lo mejor es que eso no importa. Sí me acuerdo de su forma de caminar, de cómo saltaba el molinete en la estación y de cómo jugaba con la tiza cuando, a veces, muy de vez en cuándo, en la clase del profesor Goncourt, comentaba algún texto. Hay una cosa que recuerdo mejor: nuestras charlas. Casi siempre eran en mi departamento, frente a la boca escalonada de la estación Anvers. Un barrio que, decía él, estaba lleno de putas o de turistas putos, aunque una cosa no quitaba la otra y la realidad, que es, eso se sabe, conciliadora, abarcaba no sólo a putos y a putas de las más exóticas procedencias y acentos sino también a traficantes, jueces, artistas, ratas, empleados (en su mayoría franceses) y africanos. La única ventana que daba al bulevar estaba tapada por un cartel de neón cuyas letras, rojas y verdes, daban a las conversaciones una atmósfera artificial, como si algo quisiera darnos a entender que todo estaba dibujado: SEX–PUB (la E, el guión y la U eran las rojas). La ventana ocupaba el segmento X-P, cosa que, según Álvaro, tenía que significar algo en el mundo del señor. Parecíamos adentro de un cómic.
¿Las charlas dije? Eso es en cierto sentido mentira porque: (a) él casi no hablaba; (b) yo casi no hablaba. Lo que no he logrado olvidar nunca son sus gestos, la manera de sentarse que tenía, cruzando dos veces (más valdría decir enroscando) las piernas, la forma de no contestar y de sostener la mirada en los ojos como puñales azules o como anzuelos azules, la forma en que fumaba, la forma en que pensaba, si cabe decir así tan sueltamente que el pensamiento es forma, si cabe decir que percibimos esa forma en los demás. Recuerdo que siempre tarareaba la misma canción, días enteros. Nunca, ni cuando se perdía del mundo y se encerraba en lo que yo imaginaba las más arabescas de las reflexiones, ni cuando miraba televisión, ni cuando leía, nunca, jamás dejaba de tararear. Tarareaba y leía o miraba (o miraba como si leyera): la mesa, el techo, el neón de la ventana, me miraba a mí con los ojos azules y no dejaba de tararear, como si fuera un acto involuntario, como si fuera la última boya que lo atara a la existencia. Yo era feliz, estaba becado y quería volverme a Argentina. El no tenía beca (por eso se colaba en el metro) ni ganas de volverse ni familia. Vivía en un hotel pulguiento cercano a la Gare du Nord y a la casa de Analía, de quien por otro lado hablaba poco. Dos o tres veces fui a su habitación en el hotel. Era la número 4. Era la más chiquita que yo hubiera visto jamás. Parecía vacía: una cama, una silla. No había cuadros en las paredes. El único adorno, si se quiere, era un espejo colgado sobre el umbral de la puerta, al lado del cual había escrito, con tiza azul y caligrafía infantil, como si lo hubiera escrito con sueño, algo que le gustaba mostrar: “Señor o señora ángel (no entremos en discusiones vanas), refléjese como en su casa”. Con él uno sentía que siempre algo estaba por pasar. Uno nunca sabía qué. Como si la tierra comenzara a girar más lento, o más rápido, o como si la tierra estuviera a punto de dejar de girar y adquiriera un movimiento menos ordenado.
Académicamente, Álvaro era brillante. Los pocos artículos que leí de su pluma eran inteligentes y estaban bien escritos, en un francés correcto quiero decir, aunque yo no soy ninguna autoridad. Había una cierta novedad (algo que no quiere decir nada) en el modo de retornar a las mismas ideas de siempre y en el catálogo de autores que ni yo ni Goncourt ni nadie conocía tan bien como él. Reseñas publicadas en revistas argentinas por profesores desconocidos. Sarah, una compañera que siempre me gustó y que nunca, y nunca supe por qué, quería tomar café con nosotros, pensaba que esos nombres eran seudónimos suyos.
Por otro lado, Álvaro era un delincuente. Esto lo puedo decir recién ahora, y solamente lo puedo decir en su ausencia, porque él, con sus anzuelos azules tiritando de odio, no aceptaba esa palabra. Yo no empecé, contestaba. Durante mucho tiempo quise saber a qué se refería, pero él era reacio a contestar. Ni me miraba ni (si es que acaso había estado mirándome) dejaba de mirarme. Seguía con lo que estuviera haciendo o me pedía el teléfono ("te uso el teléfono un minuto") para llamar a Analía.
Analía era esa voz apagada en el teléfono y ese número guardado en la memoria de mi celular. Yo no la conocí, aunque esto, me parece, ya lo conté. Un día al salir de una clase y mientras me extendía su bolso, Álvaro me pidió que le tuviera un segundo sus cosas. Lo vi salir de pronto en un trotecito de perro y a lo lejos lo vi, borroneado por la bruma, robándole a una mujer que se disponía a subir a su auto. O tal vez la bruma pertenezca a mi recuerdo. Lo vi forcejear con ella (vi cómo la golpeaba) y después volver con el mismo trotecito de perro. ¿Qué hacés?, recuerdo que le pregunté. Yo no empecé, me dijo. Era la primera vez que lo decía. Yo estaba alarmado. ¿Cómo que no empezaste? No, me dijo, no empecé. Caminando me lo dijo, con una tranquilidad que daba asco, mientras revisaba el bolso de la mujer caminando al lado mío, sin voltearse, sin signos de agitación, hacia la estación de tren que nos llevaba cada jueves a París. En el camino me habló, como si nada, de un libro de Miguel de Toro sobre la evolución del español en Argentina, una tesis de los años 20 que, oh casualidad, yo no conocía. Creo que iba a escribir algo acerca de eso.
Sólo después, más tarde y en casa, retomamos la conversación. Me dijo que Dios existía, que estaba en todas partes (creo que usó, en latín, la palabra ubique), que todo era una manifestación divina (acá nombró a Parménides), pero que él no pensaba tolerar sus embates. ¿Qué embates? La vida de mierda, dijo, que me hace vivir. ¿De mierda?, pregunté. Yo no encontraba miseria en la vida de Álvaro. Por ejemplo: era inteligente, o al menos así se lo consideraba en el ambiente universitario (cosa que es equivalente). Por ejemplo: tenía éxito con las mujeres. Por ejemplo: hablaba alemán, inglés, italiano y francés y estudiaba latín, griego y el sánscrito olvidado. (En los ejemplos adivinará el lector atento mi envidia.) Vos no entendés, me dijo, porque tenés beca. Yo le dije que qué quería decir con eso pero me no contestó. Se dedicó a preguntarme si tenía algo para tomar, y a tararear un rato. Yo saqué la última lata de cerveza del congelador y la serví en partes iguales en una copa de vidrio y en un vaso. Dale, dijo Álvaro, traé tu florilegio de jarros. Siempre decía cosas así, y siempre se reía de la gente. A mí eso de no tener todos los vasos iguales me parecía original... Las cosas que uno piensa en el exilio.
El otro día me agarraron los inspectores en el metro, dijo después, como si lo contara por puras ganas y como si la conexión con lo que veníamos diciendo fuera obvia. De la parte de abajo de la heladera saqué un paquete de fideos y me puse a cortar zanahorias y cebollas y un diente de ajo. Me agarró el muy hijo de puta ¿te das cuenta?, dijo Álvaro, y se puso a tararear un rato. Luego agregó: vos no me entendés. Luego: ya me cansé. Después: yo nunca creí en nada. Después: los putos horóscopos, las putas religiones (le encantaba usar la palabra putas, o putos, tal vez a mí se me pegó de él). Dijo: Dios tiene que existir. Dijo: Ok, que Dios exista. Dijo: Ok, que sea o que esté en todas partes. Dijo: ese problema no existe en inglés. Dijo: ese hijo de puta me va a conocer.
Creyó ver en aquél inconveniente con los guardas un gesto deliberado de Dios, y juró vengarse. Me dijo que eso era facilísimo porque Dios era o estaba en todas partes: cualquier ofensa a cualquier ente del planeta sería suficiente. El duelo, me dijo, y acá me miró, era inminente, y era a cara de perro. Podría haber roto vidrios en la calle, me explicó, pero él ya odiaba al gato del conserje y odiaba ya a todos los gatos y ni bien pudo, durante alguno de sus insomnios, lo encontró parsimonioso en el pasillo y lo ahogó, entre rasguños y maullidos lastimeros, en la pileta del baño.
A esa altura ya se nos había acabado la cerveza y de la calle venía un ruidito a frito que quería decir que llovía. Traje la botella de J&B. Mirándola me apenó que Álvaro no se llamara Baltasar.
¿Y qué tenía que ver el gato? No entendés, me contestó con resignación, puede que incluso haya tarareado algo. Ahora que pienso, las canciones deben haber sido propagandas de televisión. Ahí tiene el hijo de puta, dijo después. Hijo de puta era otra de sus preferencias lexicales. Pero vos, le dije, o dije algo parecido, si hubieras pagado el ticket no te habrían agarrado... Ah, qué fácil, objetó. Si yo, dijo, hubiera tenido una beca, y acá pitó un cigarrillo que yo no había visto y la cara se le iluminó, habría pagado el boleto y el gato dormiría todavía en el sillón, y sería tan lerdo como vos. Y hay, agregó con una sonrisa, un sólo responsable de que yo no tenga beca. ¿Vos?, dije yo. Él, me contestó.
Álvaro robaba los libros en las bibliotecas públicas o en librerías, no tenía el dinero para comprarlos: él no lo había querido así, decía. O a veces: yo a esto no lo elegí. Cada vez que tenía un infortunio se abandonaba al primer acto criminal que se le cruzaba por la mente, siempre y cuando constituyera un daño para alguien. Y no se le ocurriera a uno decir "algún inocente". Alguien era Dios. Lo vi robar muchas veces y una vez matar a un perro que esperaba afuera de una panadería. Se lo llevó a la calle del costado y lo pateó en la cabeza hasta que ya no se movió. Los alaridos no le crisparon el pelo, y tampoco (pero esto nunca le pasaba) se agitó. Yo, no entiendo todavía la razón, no le tenía miedo.
Los últimos días son los más borrosos o a lo mejor ligeramente los invento. La misma semana en que el vagabundo empujó a Analía a las vías del Metro yo defendía mi tesis. Álvaro quería a Analía como quieren los débiles mentales, con desmesura, con timidez, con abrazos fuertes. Me quiero morir, me dijo un día. Yo temí, como es natural, que fuera a cometer un suicidio, después de todo él mismo no dejaba de ser, según su tesis y aunque lo odiara, un apéndice de Dios. ¿Sabés qué es lo peor?, preguntó un día: su teléfono. El celular era lo peor. Estaba ahí arriba de la mesa de la pensión y no se animaba a tocarlo. Cuando volvió del velorio lo encontró sobre el mantel y fue el símbolo inequívoco, dijo, de que no la vería más. Siempre, dijo, hay signos inequívocos de las cosas. A veces la llamaban y él lo dejaba sonar. Sufrió como un mártir toda esa semana hasta que la batería se agotó. Al mes, calculó, darían de baja la línea. Hablaba como delirando, como en un recuerdo. Esos días lo escuché tararear más de lo habitual y vi la tan extraña manera en que se le formaba la sonrisa. La sonrisa que recuerdo es esa de los últimos días. No lo vi llorar. No me preguntó por qué a él ni por qué a ella ni por qué había tenido que pasar. Solamente dijo, una sola vez, que se quería morir: morirme macho... No sé si Álvaro Lacerda habrá terminado el doctorado, a los pocos días me vine a vivir a Buenos Aires y no supe más de él. Pero en el Clarín de esta mañana se habla, en el suplemento cultural, de un tal Amaranto Laserdi, historiador y etimologista radicado en Esperanza, Santa Fé. Yo no creo que se trate de Álvaro. Pero quién sabe.

jueves, julio 23, 2020

Condicional simple



Me encantaría empezar a escribir esto y no terminar hasta que todo termine. Que la vida fuera esta página y que el punto final fuera el final. Que el mundo fuera una página. Que el dolor y el amor, las risas y los llantos fueran expresables en palabras. Que nada existiera. Que sólo el lenguaje existiera, y la escritura, la tipografía y los libros, las comas y los acentos. Que los soles distintos de los días sucesivos fueran subsumibles en una misma palabra repetible. Que escribir felicidad equivaliera a ser feliz y que estar triste fuera lo mismo que escribirlo. Que no existiéramos vos y yo y el mundo por fuera de lo que escribo. Que el mundo fuera algo escribible. Me encantaría pensar que escribiría el mundo de la misma forma en que lo vivo. Me encantaría ser el superhombre de Nietzsche. Me encantaría haber sido Augusto Monterroso. Me encantaría haber vivido otros triunfos, pero los mismos fracasos. Me encantaría no haber terminado nunca de leer no sé qué página comenzada en el pasado.

jueves, junio 20, 2019

La indiferencia mata al hombre y deja indiferente a la mujer.

sábado, marzo 18, 2017

Diálogos

Pájaros invisibles de la noche y la imaginación,
gracias por hablarme en idiomas que no entiendo.



viernes, marzo 10, 2017

No sé por qué, pero en mi relación con los locos del pueblo creo encontrar la escencia más profunda de mi forma de existir. Y me da verguenza.

sábado, febrero 25, 2017

El bosquecito

Al lado de mi casa había un paredón al que le faltaban ladrillos, lleno de agujeros, irregular, que daba la impresión de estar cayéndose siempre. Qué será de él. Qué tiempo lo habrá roto. Qué otro tiempo, si acaso, lo habrá reconstruido. Al costado del paredón había el recuerdo de una puertita de alambre cuyos principales atributos eran el óxido, el chirrido, el desaire y la desazón.
Y ese es uno de los rasgos que predominan en la obra borgeana, esa adjetivación precisa y tan bien elegida, tan justa, tan cierta, breve y concentrada, como la verdad. La obra de Borges se parece a la verdad decía un profesor de esta misma facultad. Ese gesto fulminante que muestra lo pretérito de la lluvia o la concavidad de la tarde. ¿Se preguntaron ustedes quién es el ascendiente literario de Borges? Ustedes habrán leído a Tinianov, él decía que la herencia en literatura se transmite no de padres a hijos sino de tíos a sobrinos, es decir un poco al sesgo y nunca directamente. Pues en el caso de Borges se equivoca creo yo. Se equivoca en primer lugar porque Borges tiene la virtud de no mostrar demasiado sus fuentes. En eso, señores, por otra parte, recae la única virtud de un escritor, en disimular los plagios de tal manera que ya no sean advertidos. O en eso que también se llama reescribir, ¿no? Claro que ese sería un tema, plagio o reescritura, ¿no? Pero no imaginen señores que uno puede escapar de esa dupla que, claro, habría que conceptuar un poco mejor. Claro. Definir mejor. Sí. Pero a ver. Lo que quiero decir es que todo está dicho, señores, todo está dicho y es cita y desde luego que habría que volver sobre eso, ¿no?, plagiar, citar, reescribir a partir de la fuente. Pero ahí está, quiero decir, la diferencia que puede haber entre un Borges, señores, y un humillado profesor como yo. Yo no sé prescindir de las fuentes, no las sé cubrir con poesía, con literatura, con arte. Por eso los profesores son profesores, señores, y los escritores enseñan mal...
Al costado del pizarrón sobre el cual gesticulaba el saco marrón con cigarrillo estaba la puerta (aula 132) con sus grafittis políticos y sus ventanas redondas de vidrio. Algo, detrás de una de las ventanas, algo azul, un borroneo azul y tembloroso, se fue transformando vaga pero resueltamente en una mujer que tiritaba, en Analía que temblaba, en Analía saludando, en Analía pegando un sobre blanco sobre el vidrio, en Analía saludando, en Analía riéndose, en Analía yéndose, en transparencia helada.
¿Y bien? ¿Alguna pista? Yo tampoco encontraba al tío literario de Borges. No está en la literatura argentina, de donde sólo saca algunas fisonomías gauchescas necesarias a su juventud. Yo la busqué por el lado Inglaterra, señores. Uno es llevado a pensar que está en las islas británicas, él mismo señala el camino anglosajón. Pero mucho me temo que tampoco, ustedes lo habrán comprobado. Luego del doble o múltiple fracaso uno adivina la presencia del genio, de la creación estética ex nihilo, uno cae fácilmente en esa superstición cuando lee a los grandes autores y es ese un momento feliz, señores, es un momento feliz ese en el cual uno cree en la genialidad de un autor, uno se siente como justificado, ¿no? Diría: como justificado en la genialidad del otro. Pero toda creencia ha sido fabricada para tapar una falla y va carta para Freud, claro. Para él y para el psicoanálisis, señores. La genialidad es otro dios que no existe, la genialidad es otro dios que está muerto. Por otro lado el progreso se apoya en la demolición de las creencias, ¿no? Ustedes ya lo saben: en el descreer, en el desconfiar. Ahí tienen Occidente como ejemplo y toda la historia de Occidente. Ahí están Aristóteles, Ptolomeo, Copérnico, Kepler, Newton, Einstein. Ahí tienen el astronómico y occidental ejemplo del mapa de la cristia… ¿Qué hora es? ¿Ya es la hora? Bien, les voy a nombrar entonces a Virgilio, señores, Publius Virglius Maro. Léanlo, si es posible en latín. ¿Quién lee latín? Bien, léanlo, decía, y encuentren la concavidad de la noche, la lentitud de las manos, la lentitud y la sombra y toda la precisión y toda la profusión de hipálages de las que hablábamos hace un momento, esa suspensión de todo un porvenir en la mueca íntima de cualquier par de personajes, la confusión de lo fatal y lo aleatorio, ¿no? Yo ahí creo poder ver, señores, no al tío, entonces, sino a un abuelo lejano, ahí creo poder descoronar a mi amigo Borg… ¡Por favor! ¡Qué digo? Sigue siendo digno de mi respeto y aun de mi humilde homenaje pero, a veces, ¿no?, Kill your idol señores, triunfante bandera de marketing estampada en la remera del líder de una banda de rock, pero no por eso consejo menos prudente. Yo a Virgilio no he podido herirlo y ya cumplió, hace unos años, dos mil... Hasta el lunes entonces, lean el teórico del profesor Marini e intenten leer a Virgilio en latín. Y después señores... Después me cuentan…
El alboroto de siempre, el ruido de las sillas que se corren, gritos cruzando el aula (qué cursás, te llamo, ya estoy). En torno al profesor ya se juntaba el grupito de siempre a preguntar estupideces. Yo me había apurado a ganar la puerta (y la carta), pero había tenido tiempo para preguntarme por el mecanismo del recuerdo. ¿Por qué, justo en ese momento, me acordaba del baldío?
Al lado de mi casa había un baldío que se llamaba "el bosquecito" y que era algo así como la figura o la sala de ensayo del mundo. Teníamos una casita improvisada entre las plantas y el edificio abandonado del fondo tenía toda la pinta de un castillo medieval, o de lo que entonces creíamos un castillo medieval: una puerta de hoja doble, verde, pesada y alta, una galería encantada donde habitaban hadas y silfos invisibles, una madreselva que perfumaba todo de magnolia. La puerta estaba casi siempre abierta y daba a una habitación majestuosa y derruida, a una araña de bronce oscurecida por el tiempo, a un espejo despulido, a un reloj, a una cascada de escalones que bajaba en caracol. Nunca nadie se había animado a subir. Maxi decía que ahí pasaba las tardes la dueña, sentada en una mecedora, sucia, encorvada, arrugada y muerta.
Había muchos asientos en el patio, pero me senté en el piso y prendí, creo, el segundo cigarrillo de la tarde. La carta decía:
“Amor:
Los años que me mostraste fueron los mejores de toda mi vida. Y está mal que escriba “mejores”, pues esa palabra deja suponer que podría haber habido otros y eso no es cierto. La vida empezó el día en que me pediste una lapicera en el teórico, esa lapicera que luego confesaste nunca haber necesitado sino para entablar la conversación, la amistad y el amor. Nunca te dije tampoco que la había guardado. La guardé. Ahora la uso para escribirte. Qué romántico es todo, ahora esa lapicera es la encargada de terminar lo mismo que empezó. Con esta carta se acaba la tinta de nuestra lapicera, mi amor, de nuestro destino, de nuestro cuento. No sientas que no te quiero ni te quise. Te quise y te quiero como a nadie en el mundo. Ese es el problema, ¿sabés? Eso siempre es una mentira o esconde una mentira, porque uno siempre quiere a la gente como a nadie en el mundo y uno siempre quiere y ama distinto a las personas y no dice nada una frase como esa. Conocí a alguien a quien también quiero como a nadie en el mundo, pero de alguna manera misteriosa quiero más, y con quien hemos decidido volar, irnos de la vida y de la facultad, de la noche y de Buenos Aires, del mundo y de la gente. No importa dónde, al menos a vos. Vos sos feliz en esta vida. Yo ya no lo era. Ya hacía un tiempo me esforzaba en disfrutar. ¿Te das cuenta? El esfuerzo es contrario al disfrutar. El disfrutar fluye, vuela como los panaderos en el campo. Vos tenés una cosa distinta con el mundo, yo sé que vos sos feliz en el ámbito en que estás y en el esfuerzo. No te lo voy a cuestionar. Pero yo ya no podía vivir así y mi infelicidad iba a terminar pudriéndote el presente y multándote el futuro (hoy estoy un poco metafórica). Espero que me entiendas. Ojalá no me juzgues mal. Ojalá me quieras como yo te quiero a vos, como a nadie en el mundo, como a vos… Sólo quería despedirme, contarte lo que me pasó y tratar de no ser egoísta…
Te quiere mucho, mucho,
Analía.
17/05/200…”
El cigarrillo que había prendido todavía me duraba. ¿Por qué se llamaba "el bosquecito" y no "el castillo medieval"? ¿Tenía dueño el bosquecito o era parte de la escenografía imaginada para decorar la infancia? Los agujeros y los afiches de "Vote Alfonsín" que lo ensuciaban se fueron de a poco agrandando o deformando o decolorando y en la mente (casi escribo mi mente) empezaron, Dios sabe cómo, a parecerse a la cara de Analía. No a cualquier gesto, como parecía al principio, sino a la última imagen riéndose detrás de la puerta y del vidrio y saludando mientras escritores enseñan mal, y está bien que sea así, señores, porque para eso están los profesores, que escriben mal, con el viceversa acostumbrado por la realidad. Al mundo le gustan los viceversa, señores, los viceversa...
Tiré el cigarrillo en el macetón del medio y fui al baño. Me gustaba encontrar panfletos en los mingitorios que avisaban que había "fiestas en Filo" o que El Misántropo de Menandro, adaptación de M. Auzmendi, estaba en el teatro El Vitral. Pero ese día estaban limpios y entonces tiré la carta de Analía, entera y rosada, y la deshice jugando con el chorro de pis. Porque también, seguía diciéndome, podría haberse llamado "baldío", a secas, "el baldío" o cosa parecida, aunque era claro, y no sabía por qué, que no podría haberse llamado, a secas, "el paredón".
El otro cigarrillo lo prendí ya encima de la bicicleta que saltaba un poco sobre el adoquinado. Qué mierda que era esa calle de adoquín. Y qué lindo era sin embargo doblar por Rivadavia y dejarse arrastrar hacia Primera Junta por la caída lentísima que anunciaba, a quién lo supiera ver, la lejana presencia de un río. Analía de nuevo saludaba desde la puerta del recuerdo y un angel imaginario me soplaba y en el soplido un poco me escupía: en la frente, en las manos, también en el resto de la cara. Lloviznaba. Las manchas del pensamiento se habían fundido en una perfecta galaxia incomprensible que el bocinazo de un 105 desarmó de golpe. Pensé, también de golpe, que Analía tal vez estaría aún en Puán, en algún pasillo, y volví. La lenta caída se convirtió en una cuesta leve hacia arriba que me puso de mal humor. De la puerta de Puán, cuando llegué, salía el profesor hablando de Virgilio y de Borges con los dos o tres mismos pelotudos de siempre.
Prendí otro cigarrillo. Siempre prendo un cigarrillo al entrar a la facultad, tal vez para procurarme el placer de tirarlo por la mitad antes de entrar al aula. Pero no había esta vez aula o clase a la cual asistir. Vagué por los cinco pisos de Puán y la busqué en todos los recovecos que ya conozco de memoria. Eso y conocer de memoria los recovecos de mi escuela primaria son dos cosas de las que siempre me enorgullecí. Me gustaba esconderme debajo de la escalera de chapa que bajaba desde el único y minúsculo altillo del colegio (reconvertido luego en aula de séptimo grado) hasta que "la de Máuse" me encontrara y me arrastrara, heroico, hasta la clase donde todos me esperaban, donde las miradas serias parecían (casi escribo me parecían) la manifestación silenciosa y solemne de un aplauso.
En esas estaba cuando en el subsuelo, junto a Boquitas, vi una puerta que antes no existía. Pensé que los del centro de estudiantes habrían reacomodado otra vez la arquitectura de la facultad y que esa puerta daría a un telo o a una piecita en la cual Analía estaría cogiendo con algún satélite del CEFyL, pero tras la puerta había un pasillo perfectamente blanco e iluminado, que además era muy largo. El blanco y la luz engañaban, es cierto, pero esa ilusión de algo interminable, de un pasillo de hospital interminable, duró las tres horas (supe después) que caminé sin encontrar una puerta, un recodo, una sombra. La confusión hace que no recuerde nada de lo que pasó después de que salí (¿cómo salí?). Pero sé que al día siguiente volví sospechando que no la encontraría, sabiendo que esas cosas pasan, como en sueños cursis, todos los días. Pero la puerta estaba ahí. Entré esa segunda vez y anduve hasta las 7 de la tarde. Tampoco esa segunda vez encontré alteraciones en la recta iluminada y blanca de piso ajedrezado. Fue en mi tercer descenso que supe que el pasillo estaba afectado por una ligera pendiente, como la avenida Rivadavia, y bajaba y bajaba alejándose de la puerta y del mundo. Y fue al regresar del mismo tercer descenso que supe que el pasillo bajaba, también, cuando uno regresaba y se acercaba a la puerta y al mundo. La sensación de bajar era un atributo más del pasillo, una de sus muchas cualidades, como la blancura, como las baldosas negras sobre el blanco duro y eterno.
Del pasillo no hablé nunca con nadie. Temo que no exista. A veces, cuando estoy aburrido o quiero faltar a una clase, bajo a sus baldosas y me pongo a leer. Nunca me encontré con nadie en sus penumbras, pero una vez tuve la impresión, minutos antes de bajar, de que un chico me dirigía una mirada cómplice que demasiado tarde (cuando ya él, dándose vuelta, simulaba revisar unos apuntes) traté de devolver.
Una vez tuve que quedarme a dormir. Caminando, distraído, me había olvidado de volver, y entonces supe que no estaría de vuelta antes de las doce, hora en que cierran la facultad. Así que caminé. Esa, estoy seguro, fue la vez que más distancia recorrí. Esa fue la vez que me resigné a la ausencia de puertas, curvas o finales. Existen, pero son inalcanzables. También sé que un día esa resignación va a quebrarse y que voy a seguir caminando jugando con las baldosas, pisando horas enteras las negras, horas enteras las blancas. Ese día, si no muero en el camino, voy a llegar a una puerta que hoy se me antoja imposible pero que ese día voy poder a abrir. Tras ella voy a ver a Analía enamorándose de algún satélite del CEFyL, o lo voy a ver a papá, o a Dios, o a vos, o todo eso junto en un Guernica de imposibilidad, frustraciones, miedos, risas y tristezas (y otras nubes ocultando otras estrellas). Prenderé entonces el tocadiscos de la mente y me sentaré en un rincón a contemplarlo, muy probablemente exausto, pero musicalmente acompañado (ay) por los grandes éxitos de Marco Antonio Solís.

martes, febrero 14, 2017

Niebla

La humedad, dicen, fue lo primero que se sintió, pero yo antes sentí la oscuridad. El mar parecía el asfalto y los barcos que estaban más lejos desaparecieron, y después los de más acá. Recién entonces la nube se hizo consciente para los que miraban (yo en cambio había cerrado los ojos). Avanzaba y cubría los barcos, las boyas, las sombrillas que estaban a más de cincuenta metros. Cubrió todo y lo humedeció. Entonces, sin que nadie lo esperara, dos o tres velas de colores atravesaron la niebla silvando, como recuerdos de infancia que, como tales, después ya nadie recordó. Eso fue lo que pasó.

sábado, abril 23, 2016

El ser

Dime quién eres, y déja de romperme el forro de las pelotas con adivinanzas estúpidas.

miércoles, julio 20, 2011

No todo es como parece

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel que saludaba a sus lectores fue desvencijado a balazos sin piedad, para sopresa y desazón de los realistas magos.

lunes, mayo 09, 2011

Mutatis mutandis

¿Y qué hay en el mundo que no sea, "mutatis mutandis", cualquier otra cosa de las que hay en el mundo?

jueves, marzo 10, 2011

Acá

Quiero estar, dijo, en cualquier lugar que se llame allá.
Pero se quedó sólo pensándolo. O, lo que es lo mismo, escribiéndolo acá.

martes, marzo 01, 2011

Y el día menos pensado...

 resucitar.
(Del lat. resuscitāre; de re y suscitāre, despertar).
1. tr. Devolver la vida a un muerto.


sábado, abril 04, 2009

Verdades que aprendí en la infancia 1

Con la paciencia de los sabios, mi madre se encargó de inculcarnos, día tras día, desde que tuvimos uso de razón, esta verdad: los caramelos, el chocolate, el dulce de leche y en general todo lo que contenga azúcar es "veneno lento". O sea: que todo lo que nos gustara en el mundo nos iba a matar.


(Robado de Vamos a la mierda en bote)

sábado, febrero 14, 2009

Imaginación

Veamos qué puede decirse en dos minutos de pausa inter capitular.
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ES

viernes, diciembre 19, 2008

Peletería indoeuropea

En 1868, August Schleicher (ese de quién Saussure se burlaba, ese a quien llamaba organicista) publicó en el volumen V de Beiträge zur vergleichender Sprachforschung "Eine Fabel in indogermanischer Ursprache", gesto que muestra a toda mujer llamada Clara la ambición de la linguüística de la época, que no era otra sino esta (en este punto evitar gesticular): reconstruir hipotéticamente la lengua (y la sociedad y las costumbres) de la "raza indoeuropea" de la cual desciende, dicen, el 90 % de occidente y más la mitad de los pueblos orientales.

Hela aquí en su versión original:

Avis akvasas ka
Avis, jasmin varna na a ast, dadarka akvams, tam, vagham garum vaghantam, tam, bharam magham, tam manum aku bharantam. Avis akvabhjams a vavakat; kard aghnutai mai vidanti manum akvams agantam.
Akvasas a vavakant krudhi avai, kard aghnutai vividvant- svas: manus patis varnam avisams karnauti svabhjam gharmam vastram avibhjams ka varna na asti.
Tat kukruvants avis agram a bhugat.


La fábula fue reescrita en 1979 por W. Lehman y L. Zgusta del siguiente modo, para "mostrar el avance de la ciencia":

[Gw&rei] owis, kwesyo wlhna ne est, ekwons espeket, oinom ghe gwrum woghom weghontm, oinomkwe megam bhorom, oinomkwe ghmenm oku bherontm. Owis nu ekwobh(y)os ewewkwet: Ker aghnutoi moi ekwons agontm nerm widntei.
Ekwos tu ewewkwont: Kludhi, owei, ker aghnutoi nsmei widntbh(y)os: ner, potis, owiom r wlhnam sebhi gwhermom westrom kwrneuti. Neghi owiom wlhna esti.
Tod kekluwos owis agrom ebhuget.


En castellano, la cosa sería más o menos así (traduzco de una versión en francés):

Oveja y Caballos
Oveja, sobre la cual lana no era, vio caballos, uno carro pesado tirando, otro gran carga, otro hombre rápidamente cargando. Oveja a los caballos dice: corazón sufre me viendo hombre caballos conduciendo. Caballos a la oveja dijeron: escucha oveja, corazón sufre nos viendo hombre, amo, lana de oveja hace para sí cálido abrigo y en la oveja lana no es.
Dicho esto, la oveja de las praderas se fue.


De esta fábula podrán decirse muchas cosas. Yo deduzco al menos dos: a) que el hombre siempre ejerció un dominio sobre las otras especies animales; b) que el indoeuropeo fue en sus orígenes hablado no por los hombres, que eran mudos y brutos y se limitaban a labrar la tierra y ni siquiera sabían cazar, sino por ciertas razas de ovejas y caballos de las cuales descienden, concluyo, nueve décimas de la población occidental y más de la mitad de la de oriente.

De ahí que haya mujeres con cara de caballo capaces de enamorar a personajes de Hernández.


Referencias:

W. Lehmann, L. Zgusta "Schleicher's Tale after a Century" in : BROGYANYI, B. (éd.), Festschrift for Oswald Szemerényi on the Occasion of his 65th Birthday, Amsterdam, 1979, p. 455-466.
Sitios:
www.angelfire.com/tx/eclectorium/indoeuro.html#Schleicher
www.geocities.com/Athens/Forum/3807/features/language.html

viernes, diciembre 12, 2008

Breve imprecación a los dioses

Necesito cocaína.

jueves, noviembre 27, 2008

Cosas que me acuerdo...

...y que no tengo ganas o tiempo de escribir, como por ejemplo el niño-croto al que se lo llevaba la perrera municipal enjaulado, delante de todo el mundo, lo encontrara donde lo encontrara y aunque las viejas gritaran no mordió a nadie y él lo repitiera, "no mordí a nadie". No sé si le pegaban o lo violaban o qué, pero al día siguiente estaba otra vez ahí, croto y niño como siempre.
Hermano del niño-croto era el Caballo, cartonero de la primera hora, antes de que el fenómeno se pusiera de moda y saliera en televisión. Recorría las calles a caballo de sí mismo, relinchando en el asfalto (nunca lo voy a olvidar) bajo el sol azul incandescente de los sábados de enero.
Billy, amigo de los dos, solamente cantaba a cambio de monedas; a cambio de billetes hacía todo un show. Yo fui uno de los tantos que se aprovecharon de él. La última vez que lo vi se había convertido en poeta y exponía los versos en una esquina cualquiera, en un pizarrón verde, siempre a cambio de monedas. Yo fui uno de los tantos que no se detuvieron a leer lo que escribía.
El Pava, bailador en discotecas de Buenos Aires, corredor de carreras con el Waska y limpiador de vidrios; yo fui uno de los tantos que lo contrató. Limpiaba los ventanales de manera elemental, con agua y diarios viejos, sin ninguna herramienta diseñada para la tarea. La última vez que lo vi me dijo que "estaban viniendo de afuera" y que entonces, con la competencia, el negocio iba de mal en peor. Su mirada, su mugre y su saltito al caminar eran sus tres puntos de suspensión.
El Waska, violador de viejas, sabedor de todo y comedor para el costado. Siempre me llamó "Lucas", nombre heredado por mi primo. Como a mi primo también le decía Lucas, es dable pensar que en su consciencia yo nunca existí.
El Caminante caminaba todo el día y gastaba alpargatas como nunca antes se vio en las cuadradas calles lobenses. Decían que era Cristo, pero él decía "no sé". A mí me gustaba hablar con el Caminante y comprobar que sabía leer. Escribía entre las piedras anaranjadas de la plaza con un palo: "zapatos". Y él me lo leía, "zapatos", y se quedaba mirándome. Una vez charlamos los tres, el Pava, con quien una vez me agarré a trompadas en la puerta de El Escritorio, el Caminante y yo. Hablamos de sus familias, de sus madres, de por qué llegaron a Lobos. Soy uno de tantos que les preguntaron cosas y después las olvidó.

Breve interrupción pulsional

Me estoy muriendo.

miércoles, octubre 01, 2008

Sic

En su Historie de la linguistique, de Sumer à Saussure, capítulo cuarto, "Le Grecs", parágrafo primero, "Les civilisations mycéniennes et de Crète", Bertil Malmberg explica, entre otras curiosidades, cómo el arqueólogo inglés Sir Arthur Evans (1851-1941) contribuyó a consolidar, a principios del siglo pasado, el desarrollo de los estudios acerca de la civilización prehelénica de la isla de Creta. Los representantes de esta civilización, que habitó también en región continental, fueron según Evans los autores de las inscripciones halladas en el palacio de Cnosos, escritas en un idioma que por entonces parecía indescifrable, sin parentescos con el griego ni con ninguna otra lengua de la familia indoeuropea. Las muestras más antiguas de esta lengua (cuya notación, al parecer, fue al principio jeroglífica) datan del tercer milenio antes de cristo.

Tales averiguaciones, de un interés innegable, van muy a la zaga de lo que Malmberg cuenta después. "Otro inglés", prosigue en efecto nuestro autor, "Michael Ventris (1922-1941), consiguió decifrar esos textos en 1952 [sic], probando que se trataba de una forma arcaica de griego". Proeza que más allá de sí misma brindaba, agrego yo, de paso, la prueba irrefutable de la superioridad de los británicos, es decir la explicación de que nos hayan ganado todas las guerras.

El trabajo de Ventris fue resumido por su colaborador, John Chadwick (cuyos atributos ontológicos preferiremos no indagar) en The Decipherment of linear B, 1958.

sábado, mayo 17, 2008

Notas que vienen cada tanto

Hoy tuve suerte. Encontré, leyendo un libro de Francis Gandon, una de esas notas al pie que los estudiantes de lingüística encontramos una vez cada treinta o cuarenta libros, cada 12 o 14 meses (o años), y que son, en realidad, todo lo que buscamos. El libro que leía se llama El nombre del ausente. Epistemología de la ciencia saussureana de los signos, del cual traduzco, a modo de ejemplo, el siguiente párrafo de la página 51:

En otras palabras, cuando la a del sánscrito es visible, es “falsa” (Havet: procede de e y o); no es “verdadera” sino cuando es imperceptible (coalescente: el diptongo) o mutada: i átona.

Yo soy de los que leen ese tipo de cosas casi todas las horas del día, trescientos sesenta días al año, que es como decir casi siempre. Buscamos notas al pie, como la que encontré hoy a la mañana. La nota en cuestión es una glosa, en realidad, de una frase que termina en “…de la tierra cóncava”, luego de la cual el autor llama al pie para escribir lo siguiente:

Esta tesis extravagante pretendía que la tierra es hueca y que los hombres habitamos en la superficie interior. El sol sería de proporciones considerablemente más reducidas de las que pretenden los astrónomos, y las estrellas serían luminarias “pintadas” sobre la superficie del globo. Un tal Cyrus Reed Teed creó, en 1870, una oficina geodésica que consagraría distintas experiencias a probar que la superficie de la Tierra es cóncava, como el interior de una cáscara de nuez. Fundó, con el objeto de denunciar los cánones de “la ciencia oficial”, una sociedad comunitaria que llegaría a congregar cuatro mil fieles, tres de cuyas cuatro partes eran mujeres (sobre las cuales Reed Teed ejercía una extraña fascinación).
En Alemania los escritos de Teed sirvieron de base a una doctrina que, al igual que otras pseudo-ciencias, se desarrolló ampliamente en el clima de oscurantismo cultural del nazismo: la
Hohlweltlehre (“teoría de la tierra hueca”). Una de las consecuencias que se deducían de esta teoría consistía en pretender que, si la superficie habitada era cóncava (y no convexa), entonces era posible -con el instrumental adecuado- observar objetivos muy alejados, apuntando más allá del horizonte aparente.
Así fue que, durante la segunda guerra mundial, un escuadrón de diez hombres altamente especializados fue constituido. Bajo las órdenes del Dr. Heinz Fischer, técnico de radiaciones de onda larga, el grupo fue enviado a la isla de Rugen con un único objetivo militar: tomar imágenes de la flota británica mediante el temerario método de apuntar un radar hacia el cielo, a un ángulo de 45º.
Este episodio fue relatado por Martin Gardner en la primera edición de su
Fads and Fallacies in the Name of Science (1952). El Dr. Fischer reaccionó con la amenaza con enjuiciar al editor. Alegó que él había obedecido las órdenes sin creer nunca una palabra de la Hohlweltlehre y que entonces la narración de Martin Gardner lo deshonraba.
Para no tener historias, el editor americano suprimió el pasaje en la edición de 1957.


Fin de la nota de Gandon, que sigue después, como si nada, hablando de Saussure, de sus fonemas algebraicos y de otros vaivenes propios a esa última parte del siglo diecinueve, sin dejarle a uno otra opción que la de resignarse y seguirlo, movido a lo más por la ilusión de que treinta libros más tarde encontrará, con suerte, otra nota para copiar.

miércoles, mayo 14, 2008

ELG, p.20

La tarde caía y el hombre, transportado por la emoción, no la veía caer. Martillaba un clavo sobre dos postes, ansioso de obtener una cruz. En la arena, no muy lejos, ya había clavado la primera. Clavó la segunda, y entre las dos dibujó una e. Ya casi estamos, dijo, secándose la frente, y se encaminó hacia la primera cruz. Dibujó una eme, despacio, y se encaminó hacia la segunda cruz. Ahí dibujó, nítida, siempre con el mismo clavo, la erre final, minúscula y cursiva. Contempló entonces por un instante lo que había hecho, como si recién lo estuviera descubriendo, atónito, o como si no lo pudiera creer.
Ya casi no había luz cuando sacó del bolsillo un papel amarillento. Con el óxido del clavo escribió: "une langue existe si à m + e + r s'attache une idée", y con un hilo que usaba de cinto ató la nota a una de las cruces. Buscó el lucero en el espacio, como si buscara un cómplice, y le sostuvo un tiempo la mirada. Después se sentó, abatido, y siguió desapareciendo hasta que desapareció del todo junto con la tarde y la luz.

viernes, mayo 09, 2008

Dormir como un ángel

Debe haber culturas en el mundo en las que la gente se codea con personajes divinos, como por ejemplo los ángeles. Los ángeles, según la creencia, no conocen el insomnio: duermen bien. Y, cosa curiosa, además de dormir bien, lo dicen.
No estoy seguro de que sean buena gente, después de todo. Si la expansión geográfica de la creencia es representativa de su forma de ser, deben ser pesados. Deben aprovechar cualquier ocasión para decir cuánto y cómo duermen.

-Hola, qué hacés?
-Bien, no sabés cómo dormí...

-¡Uh, qué hora es, se me hizo tarde!
-Hermano, anoche dormí como los dioses.

e says: nada, acá ando, ahí qué tal todo?
angel says: no sabés cómo dormí...

Yo, por mi parte, no conozco a ningún ángel, y sobre todo estoy seguro de no serlo (duermo bien para la mierda). Y no sé tampoco si es una gentileza eso de que a uno le deseen dormir "como un ángel". Puestos a elegir, a mí me gustaría que me desearan otras mañas, como la de conocer la lengua telepática celestial, o el arte, que también le gustaba a Borges, de volar hacia el norte, el sur, el este y el oeste al mismo tiempo...

martes, marzo 25, 2008

Notas marginales 2: regresos millonarios

Releo las notas de Riedlinger al curso II (1908-1909). Margen de la página 8: "Ce que Saussure vise est ceci : a) il faut que les éléments soient différents les uns des autres, et voilà tout (i.e. un élément pourra être tout et n’importe quoi, sauf égal à un autre élément). Mais une chose est de dire ça, et une autre de prétendre que sur ces différences repose tout ce qui peut être... [No encuentro la idea exacta de lo que quería decir… VOLVER Y SER MILLONES]"

Y así estamos.

jueves, marzo 20, 2008

Verdades antropológicas 1: húngaros asturianos

"En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, está la primera tienda. Sus dueños son viejos, tienen güegüecho, han visto espantos, andarines y aparecidos, cuentan milagros y cierran la puerta a los húngaros: esos que roban niños, comen caballo, hablan con el diablo y huyen de Dios."

(Miguel Angel Asturias, "Guatemala", en Leyendas de Guatemala, Ed.Alianza.)

jueves, febrero 28, 2008

Nadie, al parecer

Nadie, al parecer, notó el audacísimo paso que supone la publicación del post anterior. Por primera vez en dos años, señores, incluyo una imagen junto al texto. Vértigo. Extraña sensación en la boca del estómago, como si estuviera de nuevo dando un primer beso pero esta vez dándoselo a un monitor helado, improfundo y que me ignora.
Todo tiene una explicación. La de hoy es la siguiente: mi blog no tiene lectores. Carajo, tiene ganas de decir usted. Pero sin embargo no lo dice. ¿ Sabe por qué? Porque usted no existe.
Este blog no tiene lectores. (Silencio.) Esa es la razón por la cual a veces no uso signos de pregunta, si en el momento no se me antoja, y la razón por la cual muchas otras cosas inútiles de contar.
Si existiera, usted se preguntaría para qué escribo. Dice bien, sabe por qué dice bien, porque soy yo quien lo dice. Digo que digo y sin embargo lo escribo, y pregunto sin signos para preguntar, sabe por qué lo hago, porque se me antoja.
Este post tiene una única finalidad y este es el momento de decirla. Ese era el momento de decirla y en lugar de decirlo dije que era el momento: a la oportunidad la pintan calva. Lo que en aquél momento debí decir y no dije es lo siguiente, y lo digo aunque no sea el momento porque así me da la gana: evitarle al lector la vergüenza ajena de comprobar que mi blog no tiene lectores. Pero como no los tiene el post es inútil, como todo lo que hago en la vida.

miércoles, febrero 27, 2008

Ecos aimaras


El otro día, sentado en la biblioteca de la Sorbona, pensando en el techo y los estantes a falta de inspiración y ganas de leer, me topé con un Dictionnaire des langues immaginaires que busqué y abrí para averiguar, sin manifestaciones de sorpresa, que se trataba de una traducción del italiano de una obra escrita por unos tales Albani & Buonarroti (según las notas que tomé, de las cuales por supuesto desconfío), publicada por la editorial Zanichelli, Bologna, 1994.
Además de los datos editoriales, anoté lo siguiente:
“Interesante: Comentario sobre los aportes hechos al estudio del Esperanto y sus derivados por un tal René de Saussure, que Michel Arrivé presenta en su libro (2007) como "hermano" y acá es presentado como "primo" de Ferdinand.
“Muchas obras con títulos evocadores. Ver si se puede conseguir; si no, volver a La Sorbonne (estante "Linguistique").
“Referencias a Lulio, Borges, Leibniz.
“Referencia a las obras de Pierre Ménard que tienen mucho que ver con mi artículo sobre Borges. El criterio según el cual Borges reúne a Descartes, Leibniz y los otros es este: la reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de una lengua universal y perfecta.”
La edición italiana del Dizionnario está hace meses agotada. La edición francesa (Belles Lettres, 2001) está a setenta y cinco euros de mi alcance, que es como decir fuera.
Ese mismo día, boludeando, encontré la reseña escrita por U. Eco para L'Espresso del 4 de noviembre de 1994, de la cual traduzco la última parte:
“Por otra parte falta una lengua verdadera, la de los indios Aimara, estudiada en el siglo XVII por el jesuita Bertonio y que es todavía hoy considerada por algunos de una tal perfección que podría ser usada como parámetro para los procesos de traducción electrónica. Esta lengua, dicen, es tan flexible y potente que todo aquello que puede ser dicho en las lenguas naturales podría ser traducido al aimara, pero una vez en aimara no podría ser retraducido en ninguna de las lenguas conocidas. Esta especie de “agujero negro” hace del aimara una lengua casi imaginaria. Todo esto, si no me lo señalaba el amigo Maurizio Gnerre, lo habría ignorado también yo. Este verano, en Buenos Aires, encontré en una librería de viejo todas las obras de Bertonio, que yo nunca había visto en ningún catálogo. Pero (en ese país en el que oficialmente un peso vale un dólar pero lo que en New York cuesta dos dólares ahí cuesta cuatro pesos) la suma que pedían era desproporcionada. Así, como en una historia de Borges, los misterios de la lengua aimara permanecen ocultos entre Florida y Corrientes.”

Terminemos con una serie de preguntas: ¿Quién habrá comprado las obras de Bertonio? ¿Quién habrá querido estafar a Umberto Eco? ¿Quién le habrá dado a éste información catastral errónea acerca de la ciudad de Buenos Aires? ¿O sólo nombró esas calles para évocar reminiscencias tangueras y borgeanas? ¿O porque hablar de esas calles (y de Borges y del tango) queda bien, como queda bien hablar de la Sorbona?

sábado, febrero 09, 2008

Notas marginales 1: El amor en los tiempos de cólera

Sábado 9 a la mañana. Revisando furiosamente mis apuntes encuentro en el margen de la página 157 del número 32 de los Cahiers Ferdinand de Saussure este diálogo escrito por mí, conmovido por una concordancia conceptual entre el autor (Christian Peeters) y yo:

-¿Peeters?
-¿Qué?
-Te amo...

Y así estamos.

miércoles, enero 23, 2008

Título Italiano 4: continuación

-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas, productor de ciudades. Comencé mis estudios en Alemania, como arquitecto, pero pronto me harté de un arte que se limita míseramente a edificios aislados y sujetos a la soberanía estética de los que ya existen. Me di cuenta de que las viejas ciudades, establecidas poco a poco y en culturas y épocas heterogéneas, eran ridícula e irremediablemente eclécticas. Alcanzamos, según creo, la era de la creación total y la de la ciudad diferencial. Un arquitecto ya no puede concebir un templo o un palacio para insertar en complejos anticuados, sino solamente una masa compacta de construcciones inspirada en un concepto unitario y revolucionario. ¿Se imagina a un poeta moderno introduciendo un verso suyo en medio de un canto de la Ilíada o una escena de su invención en medio de un acto de Shakespeare? Bien, lo que se exige a los arquitectos modernos, lo que éstos indignamente cumplen, es un absurdo de este género.
Yo no pretendo proponerle diseños para una residencia, un teatro, un banco o un kursaal. Estas cosas son para arquitectos mediocres, sin consciencia y sin estilo. Yo ofrezco, en cambio, proyectos de ciudades integrales, diferentes de todas las que existen. Sólo usted, supongo, puede entender la novedad de mi arte y resolverse a elegir alguna para hacerla realidad.
Todos los hacinamientos de casas esparcidos por el mundo que llamadas "ciudad" son, salvo raras excepciones, de una uniformidad y un desorden que dan asco. Ninguna de ellas fue ideada en síntesis por un único genio (como una obra de arte) y llevada a cabo con fidelidad espiritual para encarnar en piedra una idea. Son, las más, agregados monstruosos dejados al azar y a los caprichos de las generaciones, todas obedientes a las necesidades usuales de la odiosa vida en común. Por todas partes edificios con puertas y ventanas, alineadas a lo más, nebulosas de escombros habitados que pueden gustar a los aguafuertistas o a los especuladores, pero que dan asco al que tiene un sentido más delicado de la dignidad del hombre…
- Perdone, interrumpí, ya he oído bastante la teoría. Usted habló, me parece, de proyectos…
- Helos aquí, contestó sin pestañear Sulkas Perkunas, pero no puedo, lamentablemente, más que indicarle en pocas palabras...

Me cansé. Mañana sigo.

domingo, enero 20, 2008

Titulo Italiano 3: continuación

Me llamó la atención el hecho, que todo académico supongo conocerá, de que con el pasaje del primero al segundo de mis autores italianos haya recuperado, sin saberlo, una relación epigonal, el hecho de que descubriera, leyendo solamente dos libros, que uno encontraba en el otro su origen, su razón o al menos su fuente. Le città invisibili, de Calvino, no puede ser, como dice Calvino, el fruto puro de sus desordenados caprichos artísticos. Le città invisibili es la continuación, y en el mismo tono además, de una de las historias narradas por Gog, esa que empieza en la página 85 de la primera edición y que lleva por título “Nuovisime città”.
Tracuzco, primero de manera literal, después como la hubiera traducido un lobense de la calle, clase media (o sea "calle media"):


Capetown, 8 de Noviembre

¿Quién diablos le habrá dicho al señor Sulkas Perkunas que yo planeaba crear una ciudad nueva? Que yo recuerde, nunca se lo confié a nadie. ¿Y cómo habrá hecho este lituano fantástico para encontrarme acá en Sudáfrica donde yo esperaba, por fin, pasar desapercibido?
El Señor Sulkas Perkunas no quiso satisfacer estas curiosidades. Es un hombre de unos treinta años, pero tan sombrío y huraño como un director de presidio que tuviera sesenta. En su rostro, apagado y quemado como el de un labrador, se abren dos ojos celestes, claros, casi blancos, atentos y severos como los de los chicos pobres. Estirado, desabrido, mal vestido, coronado con un anchísimo fieltro grisáceo, se me acercó intrépidamente mientras volvía al hotel y me pidió un momento para charlar, dijo, de algo que no admitía dilaciones. Lo hice entrar conmigo a una sala de espera. Supe entonces que era rubio, y que llevaba bajo el brazo un gran rollo de papeles.
-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas...


Me cansé. Mañana sigo. Pero antes déjenme decirles esto: el lobense calle media habría empezado así: "¿Hola, mamá? ¿Vos le dijiste a Sulkas Perkunas que yo estaba por hacer una ciudad? (Silencio.) ¿Y quién mierda se lo dijo entonces? (Silencio.) No, yo no se lo dije antes a nadie. (Silencio.) La única que lo pudo adivinar sos vos."

jueves, enero 17, 2008

Título italiano 2: continuación

No soy, digámoslo de antemano, un italianista. El primer libro que compré y leí en Italiano, el año pasado, fue Le città invisibili, de Italo Calvino. Acá lo tengo en la mano, todo garabateado con lápiz y firmado, como todos los libros míos (signo de inquebrantable pelotudez), en la primera, centésimo primera y última páginas. El segundo libro que compré fue L’uomo finito, de Giovanni Papini. A este, en aquél entonces, no lo terminé. Mi italiano era demasiado rústico, me pareció, para seguir pensamientos abstractos. Lo estoy leyendo ahora, junto con el tercer libro que me compré en italiano, Gog, de Papini también, que es también el autor del cuarto y último libro italiano de mi biblioteca, Il Diavolo. Hasta acá llega mi erudizione. Pero estas lecturas fragmentarias ya me dan de qué escribir.
Si hubiera estudiado en Puán diría, en este punto (y lo diría así, “en este punto”), algo acerca de la intertextualidad, citaría a un ruso, a un francés y a un profesor homosexual. Mejor me parece, o al menos menos aburrido, sentarme a escribir como quien viene al mundo, lápiz y papel, sin goma de borrar. Aunque todo lo anterior es mentira: a) sí estudié Puán; b) escribo en una IBM R60 (HD: 80gb; RAM: 1gb; Micro: Intel Centrino Dúo T2600) equipada con Windows XP SP2 (el Vista es una cagada), Office 2007 y miles de diccionarios y enciclopedias. Si hago click-botón-derecho en una palabra me sale una lista de sinónimos. Miren: albarda: aparejo, chincha, albardilla, aceruelo, almohadilla, guarnición, jalma.
Mañana publico una traducción que estoy haciendo, por lo menos una parte. Todo esto me agota.

miércoles, enero 16, 2008

Título Italiano

No soy, digámoslo de antemano, un italianista. Mis sobrinas, en cambio, son italianitas. Una de ellas, al menos, la menor (Manuela). Cuando sea grande le van a decir Tana. Pero no es de eso que quería hablar... A ver si mañana me sale…

domingo, enero 13, 2008

"Despina", de Italo Calvino (Le Città Invisibili)

Hay dos formas de llegar a Destina: en barco o en camello. La ciudad se muestra diferente a quien viene por tierra o al que se acerca desde el mar.
El camellero ve despuntar en el horizonte de la planicie las cumbres de los rascacielos, las antenas de radar, ve las astas blancas y rosa que se sacuden, ve el humo de las chimeneas y piensa en un barco. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un navío que se lo lleva del desierto, un velero que está por zarpar (el viento infla las velas sin desplegar todavía) o un vapor cuya caldera vibra en el casco de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan sobre los diques, en tabernas donde tripulantes de distintas banderas se rompen botellas en la cabeza, en ventanas de planta baja iluminadas, cada cual con su señora peinándose.
Entre la neblina de la costa el marino distingue la forma de una joroba de camello, de una montura bordada con flecos resplandecientes entre dos jorobas manchadas que avanzan vacilando. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un camello de cuya albarda cuelgan ánforas y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya en su mente nace la imagen de una caravana larga que se lo lleva del desierto del mar hacia un oasis de agua dulce a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de gruesas paredes de cal con patios de porcelana sobre los que bailan descalzas las bailarinas que mueven los brazos, un poco dentro, un poco fuera del velo.
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así el camellero y el marino perciben Destina, ciudad al límite entre dos desiertos.

jueves, diciembre 27, 2007

Diario de un escritor de tesis

Día cero, 27/12/2007


En el comienzo hubo un espacio virtual interminable titulado document1.doc. Escribió el estudiante en lo más alto: "Tesis". Y al minuto siguiente descansó.

viernes, septiembre 21, 2007

Santa Teresa de Gallura

Eso que se ve ahí es Córcega, dijo, y estiró la toalla en la arena gruesa y amarilla, como piedras (tenues y amarillas). ¿Cuál?, pregunté yo, totalmente desinteresado de cualquier respuesta. Eso, dijo señalando con la vista. Entonces me acurruqué sobre la toalla, sobre la mitad de la toalla, y creo que me dormí. Si dormía a esto que sigue lo soñé: me acariciaba el pelo, en ese entonces largo, y me decía eso de ahí, esas montañas que se ven y que parecen nubes. No éstas de acá, las más altas. Las de más lejos, aquéllas. Y miraba en una dirección que yo no entendía pero en cuya atmósfera volaban, esto es intuición, seis o siete pájaros negros. Después comimos, dormimos, nos bañamos y hablamos un montón de veces. Después otra vez (me parece) me dormí. Entonces a esto lo soñé: yo estaba dormido en las piedras de la playa y ellos acurrucados juntos, del otro lado del mar, cerca de nubes que en el sueño o de lejos parecían montañas y ocupando media toalla cada uno. Entre las montañas ahora se veían claramente seis pájaros en pleno vuelo circular. Abajo habría una presa. En un momento ella me señalaba con la vista, risueña, aunque a la distancia no me viera, y decía algo, algo así como eso que se ve ahí es Córcega. Y después, esto es cierto, el mar se hacía cicatriz.

lunes, agosto 27, 2007

[Título no disponible 2]

Parece que sube, pero también parece que baja. Baja de los cielorrasos. Sube desde las cenizas, que hubiera querido escribir con s.

sábado, mayo 19, 2007

La pared

Esta pared blanca enseña muchas cosas, aunque ustedes digan que no. Es blanca. Se estira para allá, miren, y dobla en ángulo recto y sigue para allá. No veo lo que pasa atrás, pero sé que esta que viene por la izquierda es la misma pared que se fue por la derecha. No sé cómo lo sé, pero es así. Es así. No habla la pared. Está ahí, quieta, blanca y con su mancha. Tiene una mancha la pared. Y a la pared no le importa la mancha. Sigue blanca, quieta y envolviéndome sin que yo sepa cómo, aunque tenga esa mancha ahí. Miren, ahí está, blanca y quieta, y no le importa que la miren. No le importa nada, ni la mancha ni nosotros, hace sus cosas, nos envuelve, y sigue blanca y quieta como siempre.

lunes, mayo 14, 2007

Ríos

Leía cansado a la noche, tardísimo, sin luz, los ojos cerrándose solos. Entonces en un momento los vi. Surgían entre lo negro de las letras, blancos, y bajaban entre los espacios. Después de pronto se morían. Y nacían después, más abajo o al costado, y bajaban otra vez, y después de nuevo se morían.

Postdata del 25/03/08: el título debió haber sido "Ríos que mueren en el mar Gen".

sábado, mayo 05, 2007

Etimología de la palabra "saludo"

La etimología de esta palabra es singular y no pocas veces ha sido objeto de la atención de los eruditos (palabra tampoco carente de interés y de cuya etimología hablaremos en otra oportunidad). La historia data del siglo doce. En las cercanías de lo que hoy es Badajoz un Señor, adinerado y harto de las diarias infidelidades de su esposa, hizo construir una fortaleza laberíntica en el medio de la cual la amarró, y amarrándola con sorna le dijo : “Ahora sal, si puedes…” Esa noche el hombre durmió bien. A la mañana siguiente bajó a un bar de Corrientes a desayunar y vio, ¡ay!, incrédulo, a su mujer completamente borracha en brazos de un jornalero cuya fama tenía varios centímetros de largo. Toda la comuna supo de la historia y a partir de entonces el hombre fue el objeto de burla preferido de los vecinos. Cada vez que lo cruzaban le decían: “-Ahora sal… y pudo!” y estallaban en carcajadas. Con el tiempo “ahora” cayó. La fórmula “salypudo” se usó hasta mediados del siglo quince (la última atestación data de 1438), período en el que la “y” griega cae también, por griega, y la “p” por solidaridad (y en repudio a la xenofobia dominante por entonces entre las letras y fonemas). A partir de ese momento, y hasta hoy, se ha usado la palabra “saludo” para burlarse de los hombres adinerados que construyeron fortalezas, amarraron a sus esposas y las encontraron al día siguiente en brazos de jornaleros.

sábado, febrero 03, 2007

Dios

X says:
me acabo de dar cuenta de que soy dios
X says:
lo voy a escribir en el blog
X says:
Por qué llegaste a esa conclusión?
X says:
no hay conclusiones en mi mente
X says:
todo ES
X says:
todo ES, y no tengo necesidad de razonar
X says:
Por qué sos Dios?
X says:
por eso

jueves, enero 04, 2007

La bombilla

Gracias de todas maneras, le dijo, pero se quedó pensando en de todas maneras y al ratito se arrepintió y dijo gracias, y le dio dos palmadas en el hombro, después me miró y me dijo a vos también, a los dos, gracias.
Nos fuimos pensando qué tipo más raro y el se fue pensando lo mismo, pero de ella también. De los dos. Qué tipos más raros mierda, los tres.

sábado, diciembre 16, 2006

Compte rendu

El blog se intitula "Este blog me tiene podrido". De su autor nada sabemos y nada queremos saber. Sus textos son, en su mediocridad, dispares. Y esto sin contradicción. Entre sus treinta y cuatro textos encontramos mala poesía y mala prosa en igual proporción. La alternancia de textos, largos y cortos, la discontinuidad, lo incoherente y la falta de coherencia, los grandes espacios blancos y los pequeños espacios negros son, así como lo blanco y lo blanco, mejor me voy a dormir porque tengo sueño.

Uh

"Voy a taparme hasta la frente, y aplastado navegar hasta mañana."
(Juan Bautista Aberdi, Bases, 1852)

martes, noviembre 28, 2006

Gauchos corredores o Hamlet jugaba de 11

"Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas...", dice Rulfo en la página 40 de El llano en llamas (Ed. Cátedra), al pie de la cual una nota explica lo siguiente:
"Casuarinas: árboles cuyas hojas se parecen a las plumas de aves corredoras".
Pero eso no es nada. En una edición bilingüe de Ficciones que leen las jóvenes promesas de los liceos de Francia hay una glosa para la palabra "gaucho" que dice: "personne rustique qui habitait La Pampa et montait à cheval. Il avait comme principale fonction, à l’époque, celle d’être assassiné par les aborigènes ou la police.”
Los escépticos irán al diccionario. En el Petit Robert encontrarán esto: “Gaucho: Partisano extremista de las soluciones de izquierda, revolucionarias, dentro de un partido”. (Un Garrincha, ¿o no? No. Garrincha jugaba de 7. Pero yo no sé nada de fútbol y no conozco ningún 11 habilidoso que rompa con los moldes. ¿Y cómo se llaman ahora el 7 y el 11? Misterios reservados a Niembros y Macayas…)
De “gaucho" hay una segunda acepción: “Caballero encargado de vigilar las tropas de bovinos en la pampa. Gauchos diestros para el lazo.”
Yo conozco un gaucho. Cuando te saluda te aprieta fuerte la mano y te mira inclinando el ala del sombrero y endureciendo la mirada. Después te dice: ¿qué tomás? Y vos tenés que contestar: un whisky. Entonces él te lo paga y se queda contento con su alma y su sombrero de gaucho o de caballero que invita whiskys en la barra.
Pero no era esto lo que quería escribir. Quería escribir algo gracioso acerca de las aves corredoras.

viernes, noviembre 24, 2006

Präpositionen

Der Vogel fliegt aus dem Käfig, dann fliegt er auf den Tish. Und dann fliegt er auf den Schrank. Und dann fliegt er ans Fenster, und dann fliegt er auf die Lampe, und dann der Vogel fliegt unter das Bett, und dann fliegt er hinter die Tür und dann auf den Küchenboden und dann fliegt er neben den Herd. Dann der Vogel fliegt hinter den Schrank und dann fliegt er zwischen den Stuht und den Tisch. Dann der Vogel fliegt in der Eimer und eine Mädchen findet ihn da und tötet ihn, mit ein Messer. Der Vogel heiss Ramón. Das Mädchen heisst Ana Lucía González Obregón .

jueves, noviembre 23, 2006

París es una furia

Corrió enfurecido hacia la cornisa pero de antes de llegar al abismo tropezó. Y se volvió, acongojado, arrepentido, fracasando, queriéndose morir. Después, algo se apagó. Y supimos esto:
El que corría enfurecido era yo.
La cornisa también, era yo.
¿Y de dónde tanta furia? No lo sabemos todavía. Por eso tanta furia.

sábado, octubre 14, 2006

Diccionarios celestiales

Los Dioses, que leen a Borges, se reparten desde siempre la tarea de registrar el habla de todas las personas del mundo, en todas las lenguas del mundo. Después, cuando de una lengua todos sus hablantes mueren, publican un diccionario. Antes no, pues no conciben que un diccionario no albergue todos los usos de una lengua. En eso consisten los suyos. Entre los más codiciados por los hombres se cuentan el de latín, el de griego, el de sánscrito y el de lineal C. Entre los más extraños, el de ardhamagadhi, lengua de los antiguos sutras jainistas, y el de suniita, derivado del ardhamagadhi que se habló en Asia Menor entre los siglos siete y tres antes de Cristo (que en el cielo va con minúscula). Sin embargo todos esos trabajos son fragmentarios. Y un día, cuando todos hayamos muerto, los Dioses daran a conocer la última y primera edición de la Obra Mayor, que dará cuenta de la única lengua que en su historia hablaron los hombres.

Gesto poético

Voy a ponerme a estudiar. Es lo más poético que se me ocurre.

Diario

Viernes 12
Estuve acá y allá. Fui con X y X a la casa de X. A la noche cenamos en lo de X. Dormí con X, la pasé bien.
(Nota: estoy escribiendo el lunes, el fin de semana no escribí.)

Sábado 13
Estuve pensando que con X nos llevamos bien. Eso lo pensé a la mañana. Pero a la tarde fui a lo de X y más tarde vimos una película. Mala. Cenamos. Y cada cual a su casa.

Domingo 14
Nada diferente a todos los domingos del mundo. Estuve pensando en X. A la tarde vinieron X y X y nos quedamos hablando de la orientación sexual de algunos escritores. Dos conclusiones: X es asexual, la orientación de x es heterodoxa. Nunca en la vida los vimos, pero se nota en sus textos. Creo que tomé demasiado.

Lunes 15
Hoy. No recuerdo qué pasó, estuve todo el día recordando. Mejor me voy a dar una vuelta.

martes, octubre 10, 2006

El que me faltaba

Por qué no darme el gusto, me dije, y me encaminé por enésima vez a la librería del boulevard Saint Michel. Compré Los detectives salvajes, rojo y pesado, y volví caminando a mi casa.
La ceremonia acaba de concluir. Acabo de acomodarlo, el ceño arrugado, junto a los otros, en el cuarto anaquel empezando de abajo. Y ahora los veo mientras escribo. Ahí están, todos rojos, iguales, nuevos, ocupando íntegro el cuarto anaquel.

Punto

No sé qué pensaré de estas líneas cuando haya escrito el punto final.

Huir

Escribió, meses enteros, sin parar, y cuando paró una pregunta le vino: ¿para qué escribo? Escribo, se contestó, para alejarme y huir de lo que escribo. Y acto seguido lo escribió.

martes, octubre 03, 2006

Título de tiza

Cuando quedó solo, esa noche, luego de su célebre entrevista con Lucien Gautier, Ferdinand de Saussure pensó en algunos de los puntos que habían tocado en la charla y agregó, pensativo, dos hielos al vaso. Lo que era esencial, había dicho, era el problema de las unidades. Recordó que el día antes se había preguntado con tiza por las entidades concretas de la lengua y se tomó, siempre pensativo, el whisky que quedaba, y después se sirvió más. Los dos hielos no se habían derretido pero se estaban derritiendo y en ese instante preciso no supo en qué pensar. Después tal vez pensó que no había respuestas y después, tal vez, que él no las tenía. Después se sirvió más. Después se sirvió más. Después se acostó y durmió, larga y profundamente. Después siguió su curso. Después lo interrumpió. Después Saussure murió y dejó, como en aquel vaso de 1911, que sus conceptos se fueran disolviendo con el tiempo.

Ay

Uno de ellos dijo: Ay, si pudiera vivir sin decir ay. Pero ellos estaban en otra cosa, pensando, tal vez, ay, si pudiéramos pensar en otra cosa. Cosas que tiene la vida. Pero a esto último nadie lo dijo, ni tampoco nadie lo pensó.

viernes, septiembre 29, 2006

Con título pero sin fin

Durante esos días se lo vio absorto en una especie de tornillo enorme y oxidado. Quisimos acercarnos, pero él nos hizo shhh... Miren, este objeto es un milagro, nos dijo, se llama sin fin.

jueves, septiembre 28, 2006

Título esclarecedor

¿Qué hace?, preguntó el carpintero de visiones nocturnas. Nada, dijeron los hombres que miraban, no tiene ganas de estudiar, y después siguieron jugando a las cartas dándonos la espalda, dándonos la espalda y tomando vino tinto con soda y comiendo pedacitos de pan.

Con título, pero eso no importa

El señor de las cejas blancas y el hombre que no conocía las piedras se reúnen los martes, miércoles y domingos. Nada sabemos de las razones que así lo determinan pero sí conocemos algunos de sus hábitos y algunos de los temas que en sus conversaciones tocan: los lápices, mecánicos o de madera, las flautas traversas y más que las flautas su silbido, que a veces comparan con el canto del gorrión, las virtudes de la leche entera, la preferencia por la marca Sancor (que significa Córdoba y Santa Fé), y a veces simplemente se miran con disimulo y con súbita desconfianza se preguntan qué mierda estará haciendo el otro en ese momento y ahí (piensan: hic et nunc). A esta gente también se la conoce, y así se los cita en las antologías germánicas, como los hombres que se llaman Juan. Entre ellos y los hombres que miraban hay una filiación difícil y poco estudiada sobre la cual el catedrático español Juan Bermejo Bermejo está en train d'écrire quelque chose.

Con título

Y en el momento de saltar se dio vuelta, señaló al hombre que miraba y señalándolo le dijo: no creas que lo que ves es así, todo es levemente distinto. Dijo eso, y después saltó.

Sin título

¿Y te quién dijo que todo esto va a terminar?, preguntó el señor de las cejas blancas. Y entonces todo terminó.

domingo, septiembre 17, 2006

Ese extraño bolso rojo

Le vendredi 2 Février

Dans la maison il y a un petit ordinateur. Il est noir. Il y a beaucoup de livres. Les uns sont minces, les autres sont épais.
Il y a de minces stylos. Il n’y a pas de grandes tables.
Il y a une petite table et un grand bureau.
Il y a un plafond blanc. Il n’y a pas de papier sur le plafond. Il y a du papier sur les murs. Ils sont étroits.
Sur une petite table ronde il y a un poste de télévision. La télévision est très grande.
Il n’y a pas de rideaux sur la fenêtre.
Au-dessous de la table il y a un beau sac rouge.
Il y a des belles bibliothèques sur les murs.
Au-dessus d’un long canapé, il y a de beaux tableaux.
Lundi, mardi, mercredi, jeudi, vendredi, samedi, dimanche.

miércoles, septiembre 13, 2006

Felipe el inquieto

Estas tierras que ven fueron sede, dos siglos atrás, del único régimen monárquico atestiguado en la región. De su soberano no hemos heredado ni bustos ni retratos pero sabemos que su fama belígera traspuso mares, desiertos y cadenas montañosas. Tampoco conocemos su ascendencia ni su nombre certero. Sí que se llamó Felipe II, el inquieto. De la leyenda que a él ha fusionado la historia no todo es real pero todo guarda una relación, así sea enmarañada, con los hechos que pasaron. No los voy a contar hoy. Hoy solamente los anuncio. (Sé que él supo que hoy lo anunciaría.)

lunes, junio 26, 2006

El epígrafe

Là où la vie entre dans la littérature,
elle dévient littérature elle-même.
Iuri Tinianov
Revisando su propia computadora al descuido, pensando en cualquier cosa o en nada, encontró un archivo que no recordaba haber creado nunca, un punto doc cuyo título era epígrafe: epígrafe.doc. Pensó que podría ser un virus pero lo abrió lo mismo. Mientras lo abría se acordó de que un virus no podía tener la extensión punto doc: un punto doc es un archivo de Word. No era un virus, era un textito de Tinianov que decía, en francés, que cuando entraba en la literatura la vida se convertía, ella misma, en literatura, extraído de la antología de Todorov, de la página 116 de la antología de autores rusos publicada por Todorov: Théorie de la littérature, textes des formalistes russes. Quiso, en la confusión, saber algo de ruso, y se puso a escribir. Quiso ponerse a escribir, porque solamente escribió el título, el epígrafe que acababa de encontrar, y la mente se le emblanqueció. Las pocas figuras que avanzaban como ondas, como un desfile de banderas onduladas sobre la superficie blanca de la mente, eran recuerdos inconexos de lo que acababa de leer o pedazos de páginas escritas. Fragmentos de letras de canciones, de folklore argentino. Vagas, tímidas exigencias formales acerca de cómo comenzar a escribir. El nombre de Roland Barthes pero no el del artículo que quería recordar. El nombre de Ferdinand de Saussure y el del fragmento publicado en sus escritos, “Unde exoriar?”. Todo formando una misma telaraña, una misma tela de araña ramificándose en desorden hacia el infinito circular o esférico del pensamiento. Una telaraña matemática, en 3D. La idea despejadísima de una telaraña matemática en 3D. La idea despejadísima, lúcida e insoportable de estar pensando que pensaba. La imagen de un vaso vacío y sucio y la de unos lápices y unos libros desparramados por el escritorio. Un recuerdo. Recordó que estaba escribiendo. Enfrente suyo estaban las teclas y la pantalla y pensó que escribir quería decir algo diferente de lo que significó para Ferdinand de Saussure. Todo en una telaraña infinita de cuyas periferias creyó ver asomarse, como una sombra, la idea y casi el compromiso de escribir en tercera persona. Como una convicción. Las convicciones son cárceles, recordó. Y recordó que abundar en citas era desaconsejable. Pensó que eso no le importaba y que tenía que escribir. Se enderezó en la silla y tecleó. Llegado a cierto punto, releyó. Y entonces supe que había caído otra vez en la misma telaraña de siempre.

jueves, junio 15, 2006

Ocurrió así

Ocurrió así: Un hombre, mientras prologaba en voz alta esa leyenda inverosímil según la cual otro hombre, ciudadano de un país lejano o de oriente, se había planteado una tarde escribir ese argumento que, como “embrujado por duendes color turquesa”, según dijo, se había ido encerrando a sí mismo y de a poco (un de a poco que no por pausado había resultado menos plausible ni, lo que es más, menos implacable (y todos recuerdan que esa implacabilidad sería, según el orador, un aspecto trascendental de la historia que referiría (aunque nunca, lamentablemente, se la sabría terminada, pues el hombre perdió el juicio y se arrojó, como el otro, a las aguas imaginarias y audibles de un aljibe al no ver, como le había pasado al otro, la manera de escapar de esa triple barrera de arcos y de ese punto que lo separaban del mundo, y de todos los después))).

jueves, junio 01, 2006

El espejo

Quique me dijo que los finales de las cosas que escribo son previsibles. Voy a usar un recurso que me gusta en Fogwill pero que ya usaba Diderot, Diderot entre muchos otros, y que consiste en hablar con el lector: ¿Ustedes piensan que Quique es una técnica y un anonimato o que tras Quique se esconde otra identidad? No. Quique existe. Ayer tomamos una cerveza en un bar y Quique me dijo que no los finales en sí, sino el momento en que terminan las cosas que escribo es adivinable. Sin embargo nunca se sabrá si tras Quique no se esconde otra identidad. Aunque tras Quique nada puede esconderse, nadie puede esconderse tras un nombre. Tras muchas palabras sí, pero tras un nombre no. Esto ya es el final, les aviso. ¿Lo habían adivinado? Si no lo adivinaron me salió. Si lo habían adivinado no me salió. No me sale desadivinar los finales. Si lo habían adivinado sigo. Si no lo habían adivinado no lean más, lo que sigue es para los que lo habían adivinado: Debajo de la camisa, esculpido por los años y el humo del cigarrillo, se adivinaba un cuerpo enfermizo, blanco y afilado, fin. ¿Ahora lo adivinaron? Si lo adivinaron sigo: Pero lo que había debajo de la camisa no era cognoscible, nadie nunca lo sabría, solo era adivinable, fin. Pero si lo adivinaron sigo: Era adivinable también su cara, la cara del cuerpo adivinable debajo de la camisa. La manera en que era adivinable la cara era variable: hubo quienes la adivinaron blanca y afilada, en perfecta consonancia con el cuerpo; hubo quienes la adivinaron redonda, pecosa; hubo quienes adivinaron que no era la apariencia lo importante y que a su vez adivinaban, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa que el adivinado cultivaba en su relación con sus hijos y con su mujer, unos y otra adivinados apacibles, provincianos, buenos. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: Saer: El primer adivinado solía, bondadoso, fumar, tibio, un cigarrillo junto a la chimenea que parecía, tibia y resplandeciente, consumirse a sí misma en un rincón del salón de estar y, en ocasiones, también solía, quieto, garabatear sobre un cuaderno notas literarias que alguna vez, tímido, había considerado publicar. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: La mujer adivinada generalmente no lo importunaba, pues no por pertenecer a la casta adivinada ella dejaba de adivinar, a su vez, la necesidad de silencio del adivinado de su esposo. Ella adivinaba una preocupación, un temor en esos escritos misteriosos, en el temblor de su mano en el papel, en el gesto involuntario de acercarse al fuego que la mano ejecutaba, cada tanto, como si volara sobre la alfombra. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: El hombre. Fin. En realidad no escribía. Fin. Sino que simplemente dibujaba una cara, con los ojos exageradamente grandes, con bigote salvadordaliesco, con sombrero de ala caída, con un cigarrillo caído, mal afeitada y llena de cicatrices tras la cual se adivinaba, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa. Fin.