Al lado de mi casa había un paredón al que le faltaban ladrillos, lleno de agujeros, irregular, que daba la impresión de estar cayéndose siempre. Qué será de él. Qué tiempo lo habrá roto. Qué otro tiempo, si acaso, lo habrá reconstruido. Al costado del paredón había el recuerdo de una puertita de alambre cuyos principales atributos eran el óxido, el chirrido, el desaire y la desazón.
Y ese es uno de los rasgos que predominan en la obra borgeana, esa adjetivación precisa y tan bien elegida, tan justa, tan cierta, breve y concentrada, como la verdad. La obra de Borges se parece a la verdad decía un profesor de esta misma facultad. Ese gesto fulminante que muestra lo pretérito de la lluvia o la concavidad de la tarde. ¿Se preguntaron ustedes quién es el ascendiente literario de Borges? Ustedes habrán leído a Tinianov, él decía que la herencia en literatura se transmite no de padres a hijos sino de tíos a sobrinos, es decir un poco al sesgo y nunca directamente. Pues en el caso de Borges se equivoca creo yo. Se equivoca en primer lugar porque Borges tiene la virtud de no mostrar demasiado sus fuentes. En eso, señores, por otra parte, recae la única virtud de un escritor, en disimular los plagios de tal manera que ya no sean advertidos. O en eso que también se llama reescribir, ¿no? Claro que ese sería un tema, plagio o reescritura, ¿no? Pero no imaginen señores que uno puede escapar de esa dupla que, claro, habría que conceptuar un poco mejor. Claro. Definir mejor. Sí. Pero a ver. Lo que quiero decir es que todo está dicho, señores, todo está dicho y es cita y desde luego que habría que volver sobre eso, ¿no?, plagiar, citar, reescribir a partir de la fuente. Pero ahí está, quiero decir, la diferencia que puede haber entre un Borges, señores, y un humillado profesor como yo. Yo no sé prescindir de las fuentes, no las sé cubrir con poesía, con literatura, con arte. Por eso los profesores son profesores, señores, y los escritores enseñan mal...
Al costado del pizarrón sobre el cual gesticulaba el saco marrón con cigarrillo estaba la puerta (aula 132) con sus grafittis políticos y sus ventanas redondas de vidrio. Algo, detrás de una de las ventanas, algo azul, un borroneo azul y tembloroso, se fue transformando vaga pero resueltamente en una mujer que tiritaba, en Analía que temblaba, en Analía saludando, en Analía pegando un sobre blanco sobre el vidrio, en Analía saludando, en Analía riéndose, en Analía yéndose, en transparencia helada.
¿Y bien? ¿Alguna pista? Yo tampoco encontraba al tío literario de Borges. No está en la literatura argentina, de donde sólo saca algunas fisonomías gauchescas necesarias a su juventud. Yo la busqué por el lado Inglaterra, señores. Uno es llevado a pensar que está en las islas británicas, él mismo señala el camino anglosajón. Pero mucho me temo que tampoco, ustedes lo habrán comprobado. Luego del doble o múltiple fracaso uno adivina la presencia del genio, de la creación estética ex nihilo, uno cae fácilmente en esa superstición cuando lee a los grandes autores y es ese un momento feliz, señores, es un momento feliz ese en el cual uno cree en la genialidad de un autor, uno se siente como justificado, ¿no? Diría: como justificado en la genialidad del otro. Pero toda creencia ha sido fabricada para tapar una falla y va carta para Freud, claro. Para él y para el psicoanálisis, señores. La genialidad es otro dios que no existe, la genialidad es otro dios que está muerto. Por otro lado el progreso se apoya en la demolición de las creencias, ¿no? Ustedes ya lo saben: en el descreer, en el desconfiar. Ahí tienen Occidente como ejemplo y toda la historia de Occidente. Ahí están Aristóteles, Ptolomeo, Copérnico, Kepler, Newton, Einstein. Ahí tienen el astronómico y occidental ejemplo del mapa de la cristia… ¿Qué hora es? ¿Ya es la hora? Bien, les voy a nombrar entonces a Virgilio, señores, Publius Virglius Maro. Léanlo, si es posible en latín. ¿Quién lee latín? Bien, léanlo, decía, y encuentren la concavidad de la noche, la lentitud de las manos, la lentitud y la sombra y toda la precisión y toda la profusión de hipálages de las que hablábamos hace un momento, esa suspensión de todo un porvenir en la mueca íntima de cualquier par de personajes, la confusión de lo fatal y lo aleatorio, ¿no? Yo ahí creo poder ver, señores, no al tío, entonces, sino a un abuelo lejano, ahí creo poder descoronar a mi amigo Borg… ¡Por favor! ¡Qué digo? Sigue siendo digno de mi respeto y aun de mi humilde homenaje pero, a veces, ¿no?, Kill your idol señores, triunfante bandera de marketing estampada en la remera del líder de una banda de rock, pero no por eso consejo menos prudente. Yo a Virgilio no he podido herirlo y ya cumplió, hace unos años, dos mil... Hasta el lunes entonces, lean el teórico del profesor Marini e intenten leer a Virgilio en latín. Y después señores... Después me cuentan…
El alboroto de siempre, el ruido de las sillas que se corren, gritos cruzando el aula (qué cursás, te llamo, ya estoy). En torno al profesor ya se juntaba el grupito de siempre a preguntar estupideces. Yo me había apurado a ganar la puerta (y la carta), pero había tenido tiempo para preguntarme por el mecanismo del recuerdo. ¿Por qué, justo en ese momento, me acordaba del baldío?
Al lado de mi casa había un baldío que se llamaba "el bosquecito" y que era algo así como la figura o la sala de ensayo del mundo. Teníamos una casita improvisada entre las plantas y el edificio abandonado del fondo tenía toda la pinta de un castillo medieval, o de lo que entonces creíamos un castillo medieval: una puerta de hoja doble, verde, pesada y alta, una galería encantada donde habitaban hadas y silfos invisibles, una madreselva que perfumaba todo de magnolia. La puerta estaba casi siempre abierta y daba a una habitación majestuosa y derruida, a una araña de bronce oscurecida por el tiempo, a un espejo despulido, a un reloj, a una cascada de escalones que bajaba en caracol. Nunca nadie se había animado a subir. Maxi decía que ahí pasaba las tardes la dueña, sentada en una mecedora, sucia, encorvada, arrugada y muerta.
Había muchos asientos en el patio, pero me senté en el piso y prendí, creo, el segundo cigarrillo de la tarde. La carta decía:
“Amor:
Los años que me mostraste fueron los mejores de toda mi vida. Y está mal que escriba “mejores”, pues esa palabra deja suponer que podría haber habido otros y eso no es cierto. La vida empezó el día en que me pediste una lapicera en el teórico, esa lapicera que luego confesaste nunca haber necesitado sino para entablar la conversación, la amistad y el amor. Nunca te dije tampoco que la había guardado. La guardé. Ahora la uso para escribirte. Qué romántico es todo, ahora esa lapicera es la encargada de terminar lo mismo que empezó. Con esta carta se acaba la tinta de nuestra lapicera, mi amor, de nuestro destino, de nuestro cuento. No sientas que no te quiero ni te quise. Te quise y te quiero como a nadie en el mundo. Ese es el problema, ¿sabés? Eso siempre es una mentira o esconde una mentira, porque uno siempre quiere a la gente como a nadie en el mundo y uno siempre quiere y ama distinto a las personas y no dice nada una frase como esa. Conocí a alguien a quien también quiero como a nadie en el mundo, pero de alguna manera misteriosa quiero más, y con quien hemos decidido volar, irnos de la vida y de la facultad, de la noche y de Buenos Aires, del mundo y de la gente. No importa dónde, al menos a vos. Vos sos feliz en esta vida. Yo ya no lo era. Ya hacía un tiempo me esforzaba en disfrutar. ¿Te das cuenta? El esfuerzo es contrario al disfrutar. El disfrutar fluye, vuela como los panaderos en el campo. Vos tenés una cosa distinta con el mundo, yo sé que vos sos feliz en el ámbito en que estás y en el esfuerzo. No te lo voy a cuestionar. Pero yo ya no podía vivir así y mi infelicidad iba a terminar pudriéndote el presente y multándote el futuro (hoy estoy un poco metafórica). Espero que me entiendas. Ojalá no me juzgues mal. Ojalá me quieras como yo te quiero a vos, como a nadie en el mundo, como a vos… Sólo quería despedirme, contarte lo que me pasó y tratar de no ser egoísta…
Te quiere mucho, mucho,
Analía.
17/05/200…”
El cigarrillo que había prendido todavía me duraba. ¿Por qué se llamaba "el bosquecito" y no "el castillo medieval"? ¿Tenía dueño el bosquecito o era parte de la escenografía imaginada para decorar la infancia? Los agujeros y los afiches de "Vote Alfonsín" que lo ensuciaban se fueron de a poco agrandando o deformando o decolorando y en la mente (casi escribo mi mente) empezaron, Dios sabe cómo, a parecerse a la cara de Analía. No a cualquier gesto, como parecía al principio, sino a la última imagen riéndose detrás de la puerta y del vidrio y saludando mientras escritores enseñan mal, y está bien que sea así, señores, porque para eso están los profesores, que escriben mal, con el viceversa acostumbrado por la realidad. Al mundo le gustan los viceversa, señores, los viceversa...
Tiré el cigarrillo en el macetón del medio y fui al baño. Me gustaba encontrar panfletos en los mingitorios que avisaban que había "fiestas en Filo" o que El Misántropo de Menandro, adaptación de M. Auzmendi, estaba en el teatro El Vitral. Pero ese día estaban limpios y entonces tiré la carta de Analía, entera y rosada, y la deshice jugando con el chorro de pis. Porque también, seguía diciéndome, podría haberse llamado "baldío", a secas, "el baldío" o cosa parecida, aunque era claro, y no sabía por qué, que no podría haberse llamado, a secas, "el paredón".
El otro cigarrillo lo prendí ya encima de la bicicleta que saltaba un poco sobre el adoquinado. Qué mierda que era esa calle de adoquín. Y qué lindo era sin embargo doblar por Rivadavia y dejarse arrastrar hacia Primera Junta por la caída lentísima que anunciaba, a quién lo supiera ver, la lejana presencia de un río. Analía de nuevo saludaba desde la puerta del recuerdo y un angel imaginario me soplaba y en el soplido un poco me escupía: en la frente, en las manos, también en el resto de la cara. Lloviznaba. Las manchas del pensamiento se habían fundido en una perfecta galaxia incomprensible que el bocinazo de un 105 desarmó de golpe. Pensé, también de golpe, que Analía tal vez estaría aún en Puán, en algún pasillo, y volví. La lenta caída se convirtió en una cuesta leve hacia arriba que me puso de mal humor. De la puerta de Puán, cuando llegué, salía el profesor hablando de Virgilio y de Borges con los dos o tres mismos pelotudos de siempre.
Prendí otro cigarrillo. Siempre prendo un cigarrillo al entrar a la facultad, tal vez para procurarme el placer de tirarlo por la mitad antes de entrar al aula. Pero no había esta vez aula o clase a la cual asistir. Vagué por los cinco pisos de Puán y la busqué en todos los recovecos que ya conozco de memoria. Eso y conocer de memoria los recovecos de mi escuela primaria son dos cosas de las que siempre me enorgullecí. Me gustaba esconderme debajo de la escalera de chapa que bajaba desde el único y minúsculo altillo del colegio (reconvertido luego en aula de séptimo grado) hasta que "la de Máuse" me encontrara y me arrastrara, heroico, hasta la clase donde todos me esperaban, donde las miradas serias parecían (casi escribo me parecían) la manifestación silenciosa y solemne de un aplauso.
En esas estaba cuando en el subsuelo, junto a Boquitas, vi una puerta que antes no existía. Pensé que los del centro de estudiantes habrían reacomodado otra vez la arquitectura de la facultad y que esa puerta daría a un telo o a una piecita en la cual Analía estaría cogiendo con algún satélite del CEFyL, pero tras la puerta había un pasillo perfectamente blanco e iluminado, que además era muy largo. El blanco y la luz engañaban, es cierto, pero esa ilusión de algo interminable, de un pasillo de hospital interminable, duró las tres horas (supe después) que caminé sin encontrar una puerta, un recodo, una sombra. La confusión hace que no recuerde nada de lo que pasó después de que salí (¿cómo salí?). Pero sé que al día siguiente volví sospechando que no la encontraría, sabiendo que esas cosas pasan, como en sueños cursis, todos los días. Pero la puerta estaba ahí. Entré esa segunda vez y anduve hasta las 7 de la tarde. Tampoco esa segunda vez encontré alteraciones en la recta iluminada y blanca de piso ajedrezado. Fue en mi tercer descenso que supe que el pasillo estaba afectado por una ligera pendiente, como la avenida Rivadavia, y bajaba y bajaba alejándose de la puerta y del mundo. Y fue al regresar del mismo tercer descenso que supe que el pasillo bajaba, también, cuando uno regresaba y se acercaba a la puerta y al mundo. La sensación de bajar era un atributo más del pasillo, una de sus muchas cualidades, como la blancura, como las baldosas negras sobre el blanco duro y eterno.
Del pasillo no hablé nunca con nadie. Temo que no exista. A veces, cuando estoy aburrido o quiero faltar a una clase, bajo a sus baldosas y me pongo a leer. Nunca me encontré con nadie en sus penumbras, pero una vez tuve la impresión, minutos antes de bajar, de que un chico me dirigía una mirada cómplice que demasiado tarde (cuando ya él, dándose vuelta, simulaba revisar unos apuntes) traté de devolver.
Una vez tuve que quedarme a dormir. Caminando, distraído, me había olvidado de volver, y entonces supe que no estaría de vuelta antes de las doce, hora en que cierran la facultad. Así que caminé. Esa, estoy seguro, fue la vez que más distancia recorrí. Esa fue la vez que me resigné a la ausencia de puertas, curvas o finales. Existen, pero son inalcanzables. También sé que un día esa resignación va a quebrarse y que voy a seguir caminando jugando con las baldosas, pisando horas enteras las negras, horas enteras las blancas. Ese día, si no muero en el camino, voy a llegar a una puerta que hoy se me antoja imposible pero que ese día voy poder a abrir. Tras ella voy a ver a Analía enamorándose de algún satélite del CEFyL, o lo voy a ver a papá, o a Dios, o a vos, o todo eso junto en un Guernica de imposibilidad, frustraciones, miedos, risas y tristezas (y otras nubes ocultando otras estrellas). Prenderé entonces el tocadiscos de la mente y me sentaré en un rincón a contemplarlo, muy probablemente exausto, pero musicalmente acompañado (ay) por los grandes éxitos de Marco Antonio Solís.