Hay dos formas de llegar a Destina: en barco o en camello. La ciudad se muestra diferente a quien viene por tierra o al que se acerca desde el mar.
El camellero ve despuntar en el horizonte de la planicie las cumbres de los rascacielos, las antenas de radar, ve las astas blancas y rosa que se sacuden, ve el humo de las chimeneas y piensa en un barco. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un navío que se lo lleva del desierto, un velero que está por zarpar (el viento infla las velas sin desplegar todavía) o un vapor cuya caldera vibra en el casco de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan sobre los diques, en tabernas donde tripulantes de distintas banderas se rompen botellas en la cabeza, en ventanas de planta baja iluminadas, cada cual con su señora peinándose.
Entre la neblina de la costa el marino distingue la forma de una joroba de camello, de una montura bordada con flecos resplandecientes entre dos jorobas manchadas que avanzan vacilando. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un camello de cuya albarda cuelgan ánforas y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya en su mente nace la imagen de una caravana larga que se lo lleva del desierto del mar hacia un oasis de agua dulce a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de gruesas paredes de cal con patios de porcelana sobre los que bailan descalzas las bailarinas que mueven los brazos, un poco dentro, un poco fuera del velo.
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así el camellero y el marino perciben Destina, ciudad al límite entre dos desiertos.
El camellero ve despuntar en el horizonte de la planicie las cumbres de los rascacielos, las antenas de radar, ve las astas blancas y rosa que se sacuden, ve el humo de las chimeneas y piensa en un barco. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un navío que se lo lleva del desierto, un velero que está por zarpar (el viento infla las velas sin desplegar todavía) o un vapor cuya caldera vibra en el casco de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan sobre los diques, en tabernas donde tripulantes de distintas banderas se rompen botellas en la cabeza, en ventanas de planta baja iluminadas, cada cual con su señora peinándose.
Entre la neblina de la costa el marino distingue la forma de una joroba de camello, de una montura bordada con flecos resplandecientes entre dos jorobas manchadas que avanzan vacilando. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un camello de cuya albarda cuelgan ánforas y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya en su mente nace la imagen de una caravana larga que se lo lleva del desierto del mar hacia un oasis de agua dulce a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de gruesas paredes de cal con patios de porcelana sobre los que bailan descalzas las bailarinas que mueven los brazos, un poco dentro, un poco fuera del velo.
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así el camellero y el marino perciben Destina, ciudad al límite entre dos desiertos.
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