Saliendo de Buenos Aires en dirección al aeropuerto de Ezeiza, sobre la
autopista que lleva el nombre del teniente general Pablo Riccheri, ministro de
guerra de Roca y autor de una tesis sobre La defensa de Bélgica, a la derecha,
justo cuando uno acaba de ver pasar por debajo de sí el camino de cintura (quién pudiera...), la
vista por lo general distraída del conductor y la del eventual acompañante será
inexorablemente requerida por el Templo de la Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días, cuya reputación, virtualmente apuntalada por más de dos mil
reseñas en Google (con 4,9 estrellas de envidiable score), es custodiada por
seis agujas simétricamente distribuidas. A cada uno de los lados el lector hallará dos, otra avisorará al fondo y otra más encontrará, como un alto puñal clavado por el mango, en la milimétrica (suponemos) mitad de su fachada. Sobre esta última, a
34 metros del suelo, se encuentra una estatua laminada en oro que todos vimos
moverse alguna vez. O no. Es la discusión que en este ensayo me propongo
resolver de una vez y para siempre.
viernes, octubre 06, 2023
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