miércoles, mayo 14, 2008

ELG, p.20

La tarde caía y el hombre, transportado por la emoción, no la veía caer. Martillaba un clavo sobre dos postes, ansioso de obtener una cruz. En la arena, no muy lejos, ya había clavado la primera. Clavó la segunda, y entre las dos dibujó una e. Ya casi estamos, dijo, secándose la frente, y se encaminó hacia la primera cruz. Dibujó una eme, despacio, y se encaminó hacia la segunda cruz. Ahí dibujó, nítida, siempre con el mismo clavo, la erre final, minúscula y cursiva. Contempló entonces por un instante lo que había hecho, como si recién lo estuviera descubriendo, atónito, o como si no lo pudiera creer.
Ya casi no había luz cuando sacó del bolsillo un papel amarillento. Con el óxido del clavo escribió: "une langue existe si à m + e + r s'attache une idée", y con un hilo que usaba de cinto ató la nota a una de las cruces. Buscó el lucero en el espacio, como si buscara un cómplice, y le sostuvo un tiempo la mirada. Después se sentó, abatido, y siguió desapareciendo hasta que desapareció del todo junto con la tarde y la luz.

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