Corrió enfurecido hacia la cornisa pero de antes de llegar al abismo tropezó. Y se volvió, acongojado, arrepentido, fracasando, queriéndose morir. Después, algo se apagó. Y supimos esto:
El que corría enfurecido era yo.
La cornisa también, era yo.
¿Y de dónde tanta furia? No lo sabemos todavía. Por eso tanta furia.
jueves, noviembre 23, 2006
París es una furia
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