Estas tierras que ven fueron sede, dos siglos atrás, del único régimen monárquico atestiguado en la región. De su soberano no hemos heredado ni bustos ni retratos pero sabemos que su fama belígera traspuso mares, desiertos y cadenas montañosas. Tampoco conocemos su ascendencia ni su nombre certero. Sí que se llamó Felipe II, el inquieto. De la leyenda que a él ha fusionado la historia no todo es real pero todo guarda una relación, así sea enmarañada, con los hechos que pasaron. No los voy a contar hoy. Hoy solamente los anuncio. (Sé que él supo que hoy lo anunciaría.)
miércoles, septiembre 13, 2006
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