-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas, productor de ciudades. Comencé mis estudios en Alemania, como arquitecto, pero pronto me harté de un arte que se limita míseramente a edificios aislados y sujetos a la soberanía estética de los que ya existen. Me di cuenta de que las viejas ciudades, establecidas poco a poco y en culturas y épocas heterogéneas, eran ridícula e irremediablemente eclécticas. Alcanzamos, según creo, la era de la creación total y la de la ciudad diferencial. Un arquitecto ya no puede concebir un templo o un palacio para insertar en complejos anticuados, sino solamente una masa compacta de construcciones inspirada en un concepto unitario y revolucionario. ¿Se imagina a un poeta moderno introduciendo un verso suyo en medio de un canto de la Ilíada o una escena de su invención en medio de un acto de Shakespeare? Bien, lo que se exige a los arquitectos modernos, lo que éstos indignamente cumplen, es un absurdo de este género.
Yo no pretendo proponerle diseños para una residencia, un teatro, un banco o un kursaal. Estas cosas son para arquitectos mediocres, sin consciencia y sin estilo. Yo ofrezco, en cambio, proyectos de ciudades integrales, diferentes de todas las que existen. Sólo usted, supongo, puede entender la novedad de mi arte y resolverse a elegir alguna para hacerla realidad.
Todos los hacinamientos de casas esparcidos por el mundo que llamadas "ciudad" son, salvo raras excepciones, de una uniformidad y un desorden que dan asco. Ninguna de ellas fue ideada en síntesis por un único genio (como una obra de arte) y llevada a cabo con fidelidad espiritual para encarnar en piedra una idea. Son, las más, agregados monstruosos dejados al azar y a los caprichos de las generaciones, todas obedientes a las necesidades usuales de la odiosa vida en común. Por todas partes edificios con puertas y ventanas, alineadas a lo más, nebulosas de escombros habitados que pueden gustar a los aguafuertistas o a los especuladores, pero que dan asco al que tiene un sentido más delicado de la dignidad del hombre…
- Perdone, interrumpí, ya he oído bastante la teoría. Usted habló, me parece, de proyectos…
- Helos aquí, contestó sin pestañear Sulkas Perkunas, pero no puedo, lamentablemente, más que indicarle en pocas palabras...
Me cansé. Mañana sigo.
miércoles, enero 23, 2008
Título Italiano 4: continuación
domingo, enero 20, 2008
Titulo Italiano 3: continuación
Me llamó la atención el hecho, que todo académico supongo conocerá, de que con el pasaje del primero al segundo de mis autores italianos haya recuperado, sin saberlo, una relación epigonal, el hecho de que descubriera, leyendo solamente dos libros, que uno encontraba en el otro su origen, su razón o al menos su fuente. Le città invisibili, de Calvino, no puede ser, como dice Calvino, el fruto puro de sus desordenados caprichos artísticos. Le città invisibili es la continuación, y en el mismo tono además, de una de las historias narradas por Gog, esa que empieza en la página 85 de la primera edición y que lleva por título “Nuovisime città”.
Tracuzco, primero de manera literal, después como la hubiera traducido un lobense de la calle, clase media (o sea "calle media"):
Capetown, 8 de Noviembre
¿Quién diablos le habrá dicho al señor Sulkas Perkunas que yo planeaba crear una ciudad nueva? Que yo recuerde, nunca se lo confié a nadie. ¿Y cómo habrá hecho este lituano fantástico para encontrarme acá en Sudáfrica donde yo esperaba, por fin, pasar desapercibido?
El Señor Sulkas Perkunas no quiso satisfacer estas curiosidades. Es un hombre de unos treinta años, pero tan sombrío y huraño como un director de presidio que tuviera sesenta. En su rostro, apagado y quemado como el de un labrador, se abren dos ojos celestes, claros, casi blancos, atentos y severos como los de los chicos pobres. Estirado, desabrido, mal vestido, coronado con un anchísimo fieltro grisáceo, se me acercó intrépidamente mientras volvía al hotel y me pidió un momento para charlar, dijo, de algo que no admitía dilaciones. Lo hice entrar conmigo a una sala de espera. Supe entonces que era rubio, y que llevaba bajo el brazo un gran rollo de papeles.
-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas...
Me cansé. Mañana sigo. Pero antes déjenme decirles esto: el lobense calle media habría empezado así: "¿Hola, mamá? ¿Vos le dijiste a Sulkas Perkunas que yo estaba por hacer una ciudad? (Silencio.) ¿Y quién mierda se lo dijo entonces? (Silencio.) No, yo no se lo dije antes a nadie. (Silencio.) La única que lo pudo adivinar sos vos."
jueves, enero 17, 2008
Título italiano 2: continuación
Si hubiera estudiado en Puán diría, en este punto (y lo diría así, “en este punto”), algo acerca de la intertextualidad, citaría a un ruso, a un francés y a un profesor homosexual. Mejor me parece, o al menos menos aburrido, sentarme a escribir como quien viene al mundo, lápiz y papel, sin goma de borrar. Aunque todo lo anterior es mentira: a) sí estudié Puán; b) escribo en una IBM R60 (HD: 80gb; RAM: 1gb; Micro: Intel Centrino Dúo T2600) equipada con Windows XP SP2 (el Vista es una cagada), Office 2007 y miles de diccionarios y enciclopedias. Si hago click-botón-derecho en una palabra me sale una lista de sinónimos. Miren: albarda: aparejo, chincha, albardilla, aceruelo, almohadilla, guarnición, jalma.
miércoles, enero 16, 2008
Título Italiano
domingo, enero 13, 2008
"Despina", de Italo Calvino (Le Città Invisibili)
El camellero ve despuntar en el horizonte de la planicie las cumbres de los rascacielos, las antenas de radar, ve las astas blancas y rosa que se sacuden, ve el humo de las chimeneas y piensa en un barco. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un navío que se lo lleva del desierto, un velero que está por zarpar (el viento infla las velas sin desplegar todavía) o un vapor cuya caldera vibra en el casco de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan sobre los diques, en tabernas donde tripulantes de distintas banderas se rompen botellas en la cabeza, en ventanas de planta baja iluminadas, cada cual con su señora peinándose.
Entre la neblina de la costa el marino distingue la forma de una joroba de camello, de una montura bordada con flecos resplandecientes entre dos jorobas manchadas que avanzan vacilando. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un camello de cuya albarda cuelgan ánforas y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya en su mente nace la imagen de una caravana larga que se lo lleva del desierto del mar hacia un oasis de agua dulce a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de gruesas paredes de cal con patios de porcelana sobre los que bailan descalzas las bailarinas que mueven los brazos, un poco dentro, un poco fuera del velo.
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así el camellero y el marino perciben Destina, ciudad al límite entre dos desiertos.