Hoy tuve suerte. Encontré, leyendo un libro de Francis Gandon, una de esas notas al pie que los estudiantes de lingüística encontramos una vez cada treinta o cuarenta libros, cada 12 o 14 meses (o años), y que son, en realidad, todo lo que buscamos. El libro que leía se llama El nombre del ausente. Epistemología de la ciencia saussureana de los signos, del cual traduzco, a modo de ejemplo, el siguiente párrafo de la página 51:
En otras palabras, cuando la a del sánscrito es visible, es “falsa” (Havet: procede de e y o); no es “verdadera” sino cuando es imperceptible (coalescente: el diptongo) o mutada: i átona.
Yo soy de los que leen ese tipo de cosas casi todas las horas del día, trescientos sesenta días al año, que es como decir casi siempre. Buscamos notas al pie, como la que encontré hoy a la mañana. La nota en cuestión es una glosa, en realidad, de una frase que termina en “…de la tierra cóncava”, luego de la cual el autor llama al pie para escribir lo siguiente:
Esta tesis extravagante pretendía que la tierra es hueca y que los hombres habitamos en la superficie interior. El sol sería de proporciones considerablemente más reducidas de las que pretenden los astrónomos, y las estrellas serían luminarias “pintadas” sobre la superficie del globo. Un tal Cyrus Reed Teed creó, en 1870, una oficina geodésica que consagraría distintas experiencias a probar que la superficie de la Tierra es cóncava, como el interior de una cáscara de nuez. Fundó, con el objeto de denunciar los cánones de “la ciencia oficial”, una sociedad comunitaria que llegaría a congregar cuatro mil fieles, tres de cuyas cuatro partes eran mujeres (sobre las cuales Reed Teed ejercía una extraña fascinación).
En Alemania los escritos de Teed sirvieron de base a una doctrina que, al igual que otras pseudo-ciencias, se desarrolló ampliamente en el clima de oscurantismo cultural del nazismo: la Hohlweltlehre (“teoría de la tierra hueca”). Una de las consecuencias que se deducían de esta teoría consistía en pretender que, si la superficie habitada era cóncava (y no convexa), entonces era posible -con el instrumental adecuado- observar objetivos muy alejados, apuntando más allá del horizonte aparente.
Así fue que, durante la segunda guerra mundial, un escuadrón de diez hombres altamente especializados fue constituido. Bajo las órdenes del Dr. Heinz Fischer, técnico de radiaciones de onda larga, el grupo fue enviado a la isla de Rugen con un único objetivo militar: tomar imágenes de la flota británica mediante el temerario método de apuntar un radar hacia el cielo, a un ángulo de 45º.
Este episodio fue relatado por Martin Gardner en la primera edición de su Fads and Fallacies in the Name of Science (1952). El Dr. Fischer reaccionó con la amenaza con enjuiciar al editor. Alegó que él había obedecido las órdenes sin creer nunca una palabra de la Hohlweltlehre y que entonces la narración de Martin Gardner lo deshonraba.
Para no tener historias, el editor americano suprimió el pasaje en la edición de 1957.
Fin de la nota de Gandon, que sigue después, como si nada, hablando de Saussure, de sus fonemas algebraicos y de otros vaivenes propios a esa última parte del siglo diecinueve, sin dejarle a uno otra opción que la de resignarse y seguirlo, movido a lo más por la ilusión de que treinta libros más tarde encontrará, con suerte, otra nota para copiar.
Yo soy de los que leen ese tipo de cosas casi todas las horas del día, trescientos sesenta días al año, que es como decir casi siempre. Buscamos notas al pie, como la que encontré hoy a la mañana. La nota en cuestión es una glosa, en realidad, de una frase que termina en “…de la tierra cóncava”, luego de la cual el autor llama al pie para escribir lo siguiente:
Esta tesis extravagante pretendía que la tierra es hueca y que los hombres habitamos en la superficie interior. El sol sería de proporciones considerablemente más reducidas de las que pretenden los astrónomos, y las estrellas serían luminarias “pintadas” sobre la superficie del globo. Un tal Cyrus Reed Teed creó, en 1870, una oficina geodésica que consagraría distintas experiencias a probar que la superficie de la Tierra es cóncava, como el interior de una cáscara de nuez. Fundó, con el objeto de denunciar los cánones de “la ciencia oficial”, una sociedad comunitaria que llegaría a congregar cuatro mil fieles, tres de cuyas cuatro partes eran mujeres (sobre las cuales Reed Teed ejercía una extraña fascinación).
En Alemania los escritos de Teed sirvieron de base a una doctrina que, al igual que otras pseudo-ciencias, se desarrolló ampliamente en el clima de oscurantismo cultural del nazismo: la Hohlweltlehre (“teoría de la tierra hueca”). Una de las consecuencias que se deducían de esta teoría consistía en pretender que, si la superficie habitada era cóncava (y no convexa), entonces era posible -con el instrumental adecuado- observar objetivos muy alejados, apuntando más allá del horizonte aparente.
Así fue que, durante la segunda guerra mundial, un escuadrón de diez hombres altamente especializados fue constituido. Bajo las órdenes del Dr. Heinz Fischer, técnico de radiaciones de onda larga, el grupo fue enviado a la isla de Rugen con un único objetivo militar: tomar imágenes de la flota británica mediante el temerario método de apuntar un radar hacia el cielo, a un ángulo de 45º.
Este episodio fue relatado por Martin Gardner en la primera edición de su Fads and Fallacies in the Name of Science (1952). El Dr. Fischer reaccionó con la amenaza con enjuiciar al editor. Alegó que él había obedecido las órdenes sin creer nunca una palabra de la Hohlweltlehre y que entonces la narración de Martin Gardner lo deshonraba.
Para no tener historias, el editor americano suprimió el pasaje en la edición de 1957.
Fin de la nota de Gandon, que sigue después, como si nada, hablando de Saussure, de sus fonemas algebraicos y de otros vaivenes propios a esa última parte del siglo diecinueve, sin dejarle a uno otra opción que la de resignarse y seguirlo, movido a lo más por la ilusión de que treinta libros más tarde encontrará, con suerte, otra nota para copiar.