sábado, mayo 17, 2008

Notas que vienen cada tanto

Hoy tuve suerte. Encontré, leyendo un libro de Francis Gandon, una de esas notas al pie que los estudiantes de lingüística encontramos una vez cada treinta o cuarenta libros, cada 12 o 14 meses (o años), y que son, en realidad, todo lo que buscamos. El libro que leía se llama El nombre del ausente. Epistemología de la ciencia saussureana de los signos, del cual traduzco, a modo de ejemplo, el siguiente párrafo de la página 51:

En otras palabras, cuando la a del sánscrito es visible, es “falsa” (Havet: procede de e y o); no es “verdadera” sino cuando es imperceptible (coalescente: el diptongo) o mutada: i átona.

Yo soy de los que leen ese tipo de cosas casi todas las horas del día, trescientos sesenta días al año, que es como decir casi siempre. Buscamos notas al pie, como la que encontré hoy a la mañana. La nota en cuestión es una glosa, en realidad, de una frase que termina en “…de la tierra cóncava”, luego de la cual el autor llama al pie para escribir lo siguiente:

Esta tesis extravagante pretendía que la tierra es hueca y que los hombres habitamos en la superficie interior. El sol sería de proporciones considerablemente más reducidas de las que pretenden los astrónomos, y las estrellas serían luminarias “pintadas” sobre la superficie del globo. Un tal Cyrus Reed Teed creó, en 1870, una oficina geodésica que consagraría distintas experiencias a probar que la superficie de la Tierra es cóncava, como el interior de una cáscara de nuez. Fundó, con el objeto de denunciar los cánones de “la ciencia oficial”, una sociedad comunitaria que llegaría a congregar cuatro mil fieles, tres de cuyas cuatro partes eran mujeres (sobre las cuales Reed Teed ejercía una extraña fascinación).
En Alemania los escritos de Teed sirvieron de base a una doctrina que, al igual que otras pseudo-ciencias, se desarrolló ampliamente en el clima de oscurantismo cultural del nazismo: la
Hohlweltlehre (“teoría de la tierra hueca”). Una de las consecuencias que se deducían de esta teoría consistía en pretender que, si la superficie habitada era cóncava (y no convexa), entonces era posible -con el instrumental adecuado- observar objetivos muy alejados, apuntando más allá del horizonte aparente.
Así fue que, durante la segunda guerra mundial, un escuadrón de diez hombres altamente especializados fue constituido. Bajo las órdenes del Dr. Heinz Fischer, técnico de radiaciones de onda larga, el grupo fue enviado a la isla de Rugen con un único objetivo militar: tomar imágenes de la flota británica mediante el temerario método de apuntar un radar hacia el cielo, a un ángulo de 45º.
Este episodio fue relatado por Martin Gardner en la primera edición de su
Fads and Fallacies in the Name of Science (1952). El Dr. Fischer reaccionó con la amenaza con enjuiciar al editor. Alegó que él había obedecido las órdenes sin creer nunca una palabra de la Hohlweltlehre y que entonces la narración de Martin Gardner lo deshonraba.
Para no tener historias, el editor americano suprimió el pasaje en la edición de 1957.


Fin de la nota de Gandon, que sigue después, como si nada, hablando de Saussure, de sus fonemas algebraicos y de otros vaivenes propios a esa última parte del siglo diecinueve, sin dejarle a uno otra opción que la de resignarse y seguirlo, movido a lo más por la ilusión de que treinta libros más tarde encontrará, con suerte, otra nota para copiar.

miércoles, mayo 14, 2008

ELG, p.20

La tarde caía y el hombre, transportado por la emoción, no la veía caer. Martillaba un clavo sobre dos postes, ansioso de obtener una cruz. En la arena, no muy lejos, ya había clavado la primera. Clavó la segunda, y entre las dos dibujó una e. Ya casi estamos, dijo, secándose la frente, y se encaminó hacia la primera cruz. Dibujó una eme, despacio, y se encaminó hacia la segunda cruz. Ahí dibujó, nítida, siempre con el mismo clavo, la erre final, minúscula y cursiva. Contempló entonces por un instante lo que había hecho, como si recién lo estuviera descubriendo, atónito, o como si no lo pudiera creer.
Ya casi no había luz cuando sacó del bolsillo un papel amarillento. Con el óxido del clavo escribió: "une langue existe si à m + e + r s'attache une idée", y con un hilo que usaba de cinto ató la nota a una de las cruces. Buscó el lucero en el espacio, como si buscara un cómplice, y le sostuvo un tiempo la mirada. Después se sentó, abatido, y siguió desapareciendo hasta que desapareció del todo junto con la tarde y la luz.

viernes, mayo 09, 2008

Dormir como un ángel

Debe haber culturas en el mundo en las que la gente se codea con personajes divinos, como por ejemplo los ángeles. Los ángeles, según la creencia, no conocen el insomnio: duermen bien. Y, cosa curiosa, además de dormir bien, lo dicen.
No estoy seguro de que sean buena gente, después de todo. Si la expansión geográfica de la creencia es representativa de su forma de ser, deben ser pesados. Deben aprovechar cualquier ocasión para decir cuánto y cómo duermen.

-Hola, qué hacés?
-Bien, no sabés cómo dormí...

-¡Uh, qué hora es, se me hizo tarde!
-Hermano, anoche dormí como los dioses.

e says: nada, acá ando, ahí qué tal todo?
angel says: no sabés cómo dormí...

Yo, por mi parte, no conozco a ningún ángel, y sobre todo estoy seguro de no serlo (duermo bien para la mierda). Y no sé tampoco si es una gentileza eso de que a uno le deseen dormir "como un ángel". Puestos a elegir, a mí me gustaría que me desearan otras mañas, como la de conocer la lengua telepática celestial, o el arte, que también le gustaba a Borges, de volar hacia el norte, el sur, el este y el oeste al mismo tiempo...