Horrori mihi erat illud ingenium
San Agustín, Lib. IX Confes., Cap. VI
San Agustín, Lib. IX Confes., Cap. VI
Nunca la vi más linda, lo oí decir. Yo, que no habría podido decir lo mismo, sí podría haber dicho que era lindísima o que era morocha o que no me la había imaginado morocha. O que tendría unos treinta y cinco años. No dije nada. Y a los ojos, además, nunca se los vi. Nunca la vi más linda, repitió, y salió a la vereda de baldosas rotas donde se agrupaban, en la noche, de a cuatro o de a cinco, las sombras. Había neblina y hacía calor. El aire era espeso, como si costara ver, y las luces de la calle colgaban de la nada, flotaban en el espacio como barras fantasmales de neblina congelada. Atrás de todo eso había un cielo, pero nadie lo recordaba.
Después del velorio lo seguí viendo alrededor de una semana, diez días. Me cuesta un poco recordarlo. El aspecto, quiero decir, su cara. Aunque, no sé, a lo mejor es que eso no importa. Sí me acuerdo de su forma de caminar, de cómo saltaba el molinete en la estación y de cómo jugaba con la tiza cuando, a veces, muy de vez en cuándo, en la clase del profesor Goncourt, comentaba algún texto. Hay una cosa que recuerdo mejor: nuestras charlas. Casi siempre eran en mi departamento, frente a la boca escalonada de la estación Anvers. Un barrio que, decía él, estaba lleno de putas o de turistas putos, aunque una cosa no quitaba la otra y la realidad, que es, eso se sabe, conciliadora, abarcaba no sólo a putos y a putas de las más exóticas procedencias y acentos sino también a traficantes, jueces, artistas, ratas, empleados (en su mayoría franceses) y africanos. La única ventana que daba al bulevar estaba tapada por un cartel de neón cuyas letras, rojas y verdes, daban a las conversaciones una atmósfera artificial, como si algo quisiera darnos a entender que todo estaba dibujado: SEX–PUB (la E, el guión y la U eran las rojas). La ventana ocupaba el segmento X-P, cosa que, según Álvaro, tenía que significar algo en el mundo del señor. Parecíamos adentro de un cómic.
¿Las charlas dije? Eso es en cierto sentido mentira porque: (a) él casi no hablaba; (b) yo casi no hablaba. Lo que no he logrado olvidar nunca son sus gestos, la manera de sentarse que tenía, cruzando dos veces (más valdría decir enroscando) las piernas, la forma de no contestar y de sostener la mirada en los ojos como puñales azules o como anzuelos azules, la forma en que fumaba, la forma en que pensaba, si cabe decir así tan sueltamente que el pensamiento es forma, si cabe decir que percibimos esa forma en los demás. Recuerdo que siempre tarareaba la misma canción, días enteros. Nunca, ni cuando se perdía del mundo y se encerraba en lo que yo imaginaba las más arabescas de las reflexiones, ni cuando miraba televisión, ni cuando leía, nunca, jamás dejaba de tararear. Tarareaba y leía o miraba (o miraba como si leyera): la mesa, el techo, el neón de la ventana, me miraba a mí con los ojos azules y no dejaba de tararear, como si fuera un acto involuntario, como si fuera la última boya que lo atara a la existencia. Yo era feliz, estaba becado y quería volverme a Argentina. El no tenía beca (por eso se colaba en el metro) ni ganas de volverse ni familia. Vivía en un hotel pulguiento cercano a la Gare du Nord y a la casa de Analía, de quien por otro lado hablaba poco. Dos o tres veces fui a su habitación en el hotel. Era la número 4. Era la más chiquita que yo hubiera visto jamás. Parecía vacía: una cama, una silla. No había cuadros en las paredes. El único adorno, si se quiere, era un espejo colgado sobre el umbral de la puerta, al lado del cual había escrito, con tiza azul y caligrafía infantil, como si lo hubiera escrito con sueño, algo que le gustaba mostrar: “Señor o señora ángel (no entremos en discusiones vanas), refléjese como en su casa”. Con él uno sentía que siempre algo estaba por pasar. Uno nunca sabía qué. Como si la tierra comenzara a girar más lento, o más rápido, o como si la tierra estuviera a punto de dejar de girar y adquiriera un movimiento menos ordenado.
Académicamente, Álvaro era brillante. Los pocos artículos que leí de su pluma eran inteligentes y estaban bien escritos, en un francés correcto quiero decir, aunque yo no soy ninguna autoridad. Había una cierta novedad (algo que no quiere decir nada) en el modo de retornar a las mismas ideas de siempre y en el catálogo de autores que ni yo ni Goncourt ni nadie conocía tan bien como él. Reseñas publicadas en revistas argentinas por profesores desconocidos. Sarah, una compañera que siempre me gustó y que nunca, y nunca supe por qué, quería tomar café con nosotros, pensaba que esos nombres eran seudónimos suyos.
Por otro lado, Álvaro era un delincuente. Esto lo puedo decir recién ahora, y solamente lo puedo decir en su ausencia, porque él, con sus anzuelos azules tiritando de odio, no aceptaba esa palabra. Yo no empecé, contestaba. Durante mucho tiempo quise saber a qué se refería, pero él era reacio a contestar. Ni me miraba ni (si es que acaso había estado mirándome) dejaba de mirarme. Seguía con lo que estuviera haciendo o me pedía el teléfono ("te uso el teléfono un minuto") para llamar a Analía.
Por otro lado, Álvaro era un delincuente. Esto lo puedo decir recién ahora, y solamente lo puedo decir en su ausencia, porque él, con sus anzuelos azules tiritando de odio, no aceptaba esa palabra. Yo no empecé, contestaba. Durante mucho tiempo quise saber a qué se refería, pero él era reacio a contestar. Ni me miraba ni (si es que acaso había estado mirándome) dejaba de mirarme. Seguía con lo que estuviera haciendo o me pedía el teléfono ("te uso el teléfono un minuto") para llamar a Analía.
Analía era esa voz apagada en el teléfono y ese número guardado en la memoria de mi celular. Yo no la conocí, aunque esto, me parece, ya lo conté. Un día al salir de una clase y mientras me extendía su bolso, Álvaro me pidió que le tuviera un segundo sus cosas. Lo vi salir de pronto en un trotecito de perro y a lo lejos lo vi, borroneado por la bruma, robándole a una mujer que se disponía a subir a su auto. O tal vez la bruma pertenezca a mi recuerdo. Lo vi forcejear con ella (vi cómo la golpeaba) y después volver con el mismo trotecito de perro. ¿Qué hacés?, recuerdo que le pregunté. Yo no empecé, me dijo. Era la primera vez que lo decía. Yo estaba alarmado. ¿Cómo que no empezaste? No, me dijo, no empecé. Caminando me lo dijo, con una tranquilidad que daba asco, mientras revisaba el bolso de la mujer caminando al lado mío, sin voltearse, sin signos de agitación, hacia la estación de tren que nos llevaba cada jueves a París. En el camino me habló, como si nada, de un libro de Miguel de Toro sobre la evolución del español en Argentina, una tesis de los años 20 que, oh casualidad, yo no conocía. Creo que iba a escribir algo acerca de eso.
Sólo después, más tarde y en casa, retomamos la conversación. Me dijo que Dios existía, que estaba en todas partes (creo que usó, en latín, la palabra ubique), que todo era una manifestación divina (acá nombró a Parménides), pero que él no pensaba tolerar sus embates. ¿Qué embates? La vida de mierda, dijo, que me hace vivir. ¿De mierda?, pregunté. Yo no encontraba miseria en la vida de Álvaro. Por ejemplo: era inteligente, o al menos así se lo consideraba en el ambiente universitario (cosa que es equivalente). Por ejemplo: tenía éxito con las mujeres. Por ejemplo: hablaba alemán, inglés, italiano y francés y estudiaba latín, griego y el sánscrito olvidado. (En los ejemplos adivinará el lector atento mi envidia.) Vos no entendés, me dijo, porque tenés beca. Yo le dije que qué quería decir con eso pero me no contestó. Se dedicó a preguntarme si tenía algo para tomar, y a tararear un rato. Yo saqué la última lata de cerveza del congelador y la serví en partes iguales en una copa de vidrio y en un vaso. Dale, dijo Álvaro, traé tu florilegio de jarros. Siempre decía cosas así, y siempre se reía de la gente. A mí eso de no tener todos los vasos iguales me parecía original... Las cosas que uno piensa en el exilio.
El otro día me agarraron los inspectores en el metro, dijo después, como si lo contara por puras ganas y como si la conexión con lo que veníamos diciendo fuera obvia. De la parte de abajo de la heladera saqué un paquete de fideos y me puse a cortar zanahorias y cebollas y un diente de ajo. Me agarró el muy hijo de puta ¿te das cuenta?, dijo Álvaro, y se puso a tararear un rato. Luego agregó: vos no me entendés. Luego: ya me cansé. Después: yo nunca creí en nada. Después: los putos horóscopos, las putas religiones (le encantaba usar la palabra putas, o putos, tal vez a mí se me pegó de él). Dijo: Dios tiene que existir. Dijo: Ok, que Dios exista. Dijo: Ok, que sea o que esté en todas partes. Dijo: ese problema no existe en inglés. Dijo: ese hijo de puta me va a conocer.
Creyó ver en aquél inconveniente con los guardas un gesto deliberado de Dios, y juró vengarse. Me dijo que eso era facilísimo porque Dios era o estaba en todas partes: cualquier ofensa a cualquier ente del planeta sería suficiente. El duelo, me dijo, y acá me miró, era inminente, y era a cara de perro. Podría haber roto vidrios en la calle, me explicó, pero él ya odiaba al gato del conserje y odiaba ya a todos los gatos y ni bien pudo, durante alguno de sus insomnios, lo encontró parsimonioso en el pasillo y lo ahogó, entre rasguños y maullidos lastimeros, en la pileta del baño.
A esa altura ya se nos había acabado la cerveza y de la calle venía un ruidito a frito que quería decir que llovía. Traje la botella de J&B. Mirándola me apenó que Álvaro no se llamara Baltasar.
¿Y qué tenía que ver el gato? No entendés, me contestó con resignación, puede que incluso haya tarareado algo. Ahora que pienso, las canciones deben haber sido propagandas de televisión. Ahí tiene el hijo de puta, dijo después. Hijo de puta era otra de sus preferencias lexicales. Pero vos, le dije, o dije algo parecido, si hubieras pagado el ticket no te habrían agarrado... Ah, qué fácil, objetó. Si yo, dijo, hubiera tenido una beca, y acá pitó un cigarrillo que yo no había visto y la cara se le iluminó, habría pagado el boleto y el gato dormiría todavía en el sillón, y sería tan lerdo como vos. Y hay, agregó con una sonrisa, un sólo responsable de que yo no tenga beca. ¿Vos?, dije yo. Él, me contestó.
Álvaro robaba los libros en las bibliotecas públicas o en librerías, no tenía el dinero para comprarlos: él no lo había querido así, decía. O a veces: yo a esto no lo elegí. Cada vez que tenía un infortunio se abandonaba al primer acto criminal que se le cruzaba por la mente, siempre y cuando constituyera un daño para alguien. Y no se le ocurriera a uno decir "algún inocente". Alguien era Dios. Lo vi robar muchas veces y una vez matar a un perro que esperaba afuera de una panadería. Se lo llevó a la calle del costado y lo pateó en la cabeza hasta que ya no se movió. Los alaridos no le crisparon el pelo, y tampoco (pero esto nunca le pasaba) se agitó. Yo, no entiendo todavía la razón, no le tenía miedo.
Los últimos días son los más borrosos o a lo mejor ligeramente los invento. La misma semana en que el vagabundo empujó a Analía a las vías del Metro yo defendía mi tesis. Álvaro quería a Analía como quieren los débiles mentales, con desmesura, con timidez, con abrazos fuertes. Me quiero morir, me dijo un día. Yo temí, como es natural, que fuera a cometer un suicidio, después de todo él mismo no dejaba de ser, según su tesis y aunque lo odiara, un apéndice de Dios. ¿Sabés qué es lo peor?, preguntó un día: su teléfono. El celular era lo peor. Estaba ahí arriba de la mesa de la pensión y no se animaba a tocarlo. Cuando volvió del velorio lo encontró sobre el mantel y fue el símbolo inequívoco, dijo, de que no la vería más. Siempre, dijo, hay signos inequívocos de las cosas. A veces la llamaban y él lo dejaba sonar. Sufrió como un mártir toda esa semana hasta que la batería se agotó. Al mes, calculó, darían de baja la línea. Hablaba como delirando, como en un recuerdo. Esos días lo escuché tararear más de lo habitual y vi la tan extraña manera en que se le formaba la sonrisa. La sonrisa que recuerdo es esa de los últimos días. No lo vi llorar. No me preguntó por qué a él ni por qué a ella ni por qué había tenido que pasar. Solamente dijo, una sola vez, que se quería morir: morirme macho... No sé si Álvaro Lacerda habrá terminado el doctorado, a los pocos días me vine a vivir a Buenos Aires y no supe más de él. Pero en el Clarín de esta mañana se habla, en el suplemento cultural, de un tal Amaranto Laserdi, historiador y etimologista radicado en Esperanza, Santa Fé. Yo no creo que se trate de Álvaro. Pero quién sabe.
Sólo después, más tarde y en casa, retomamos la conversación. Me dijo que Dios existía, que estaba en todas partes (creo que usó, en latín, la palabra ubique), que todo era una manifestación divina (acá nombró a Parménides), pero que él no pensaba tolerar sus embates. ¿Qué embates? La vida de mierda, dijo, que me hace vivir. ¿De mierda?, pregunté. Yo no encontraba miseria en la vida de Álvaro. Por ejemplo: era inteligente, o al menos así se lo consideraba en el ambiente universitario (cosa que es equivalente). Por ejemplo: tenía éxito con las mujeres. Por ejemplo: hablaba alemán, inglés, italiano y francés y estudiaba latín, griego y el sánscrito olvidado. (En los ejemplos adivinará el lector atento mi envidia.) Vos no entendés, me dijo, porque tenés beca. Yo le dije que qué quería decir con eso pero me no contestó. Se dedicó a preguntarme si tenía algo para tomar, y a tararear un rato. Yo saqué la última lata de cerveza del congelador y la serví en partes iguales en una copa de vidrio y en un vaso. Dale, dijo Álvaro, traé tu florilegio de jarros. Siempre decía cosas así, y siempre se reía de la gente. A mí eso de no tener todos los vasos iguales me parecía original... Las cosas que uno piensa en el exilio.
El otro día me agarraron los inspectores en el metro, dijo después, como si lo contara por puras ganas y como si la conexión con lo que veníamos diciendo fuera obvia. De la parte de abajo de la heladera saqué un paquete de fideos y me puse a cortar zanahorias y cebollas y un diente de ajo. Me agarró el muy hijo de puta ¿te das cuenta?, dijo Álvaro, y se puso a tararear un rato. Luego agregó: vos no me entendés. Luego: ya me cansé. Después: yo nunca creí en nada. Después: los putos horóscopos, las putas religiones (le encantaba usar la palabra putas, o putos, tal vez a mí se me pegó de él). Dijo: Dios tiene que existir. Dijo: Ok, que Dios exista. Dijo: Ok, que sea o que esté en todas partes. Dijo: ese problema no existe en inglés. Dijo: ese hijo de puta me va a conocer.
Creyó ver en aquél inconveniente con los guardas un gesto deliberado de Dios, y juró vengarse. Me dijo que eso era facilísimo porque Dios era o estaba en todas partes: cualquier ofensa a cualquier ente del planeta sería suficiente. El duelo, me dijo, y acá me miró, era inminente, y era a cara de perro. Podría haber roto vidrios en la calle, me explicó, pero él ya odiaba al gato del conserje y odiaba ya a todos los gatos y ni bien pudo, durante alguno de sus insomnios, lo encontró parsimonioso en el pasillo y lo ahogó, entre rasguños y maullidos lastimeros, en la pileta del baño.
A esa altura ya se nos había acabado la cerveza y de la calle venía un ruidito a frito que quería decir que llovía. Traje la botella de J&B. Mirándola me apenó que Álvaro no se llamara Baltasar.
¿Y qué tenía que ver el gato? No entendés, me contestó con resignación, puede que incluso haya tarareado algo. Ahora que pienso, las canciones deben haber sido propagandas de televisión. Ahí tiene el hijo de puta, dijo después. Hijo de puta era otra de sus preferencias lexicales. Pero vos, le dije, o dije algo parecido, si hubieras pagado el ticket no te habrían agarrado... Ah, qué fácil, objetó. Si yo, dijo, hubiera tenido una beca, y acá pitó un cigarrillo que yo no había visto y la cara se le iluminó, habría pagado el boleto y el gato dormiría todavía en el sillón, y sería tan lerdo como vos. Y hay, agregó con una sonrisa, un sólo responsable de que yo no tenga beca. ¿Vos?, dije yo. Él, me contestó.
Álvaro robaba los libros en las bibliotecas públicas o en librerías, no tenía el dinero para comprarlos: él no lo había querido así, decía. O a veces: yo a esto no lo elegí. Cada vez que tenía un infortunio se abandonaba al primer acto criminal que se le cruzaba por la mente, siempre y cuando constituyera un daño para alguien. Y no se le ocurriera a uno decir "algún inocente". Alguien era Dios. Lo vi robar muchas veces y una vez matar a un perro que esperaba afuera de una panadería. Se lo llevó a la calle del costado y lo pateó en la cabeza hasta que ya no se movió. Los alaridos no le crisparon el pelo, y tampoco (pero esto nunca le pasaba) se agitó. Yo, no entiendo todavía la razón, no le tenía miedo.
Los últimos días son los más borrosos o a lo mejor ligeramente los invento. La misma semana en que el vagabundo empujó a Analía a las vías del Metro yo defendía mi tesis. Álvaro quería a Analía como quieren los débiles mentales, con desmesura, con timidez, con abrazos fuertes. Me quiero morir, me dijo un día. Yo temí, como es natural, que fuera a cometer un suicidio, después de todo él mismo no dejaba de ser, según su tesis y aunque lo odiara, un apéndice de Dios. ¿Sabés qué es lo peor?, preguntó un día: su teléfono. El celular era lo peor. Estaba ahí arriba de la mesa de la pensión y no se animaba a tocarlo. Cuando volvió del velorio lo encontró sobre el mantel y fue el símbolo inequívoco, dijo, de que no la vería más. Siempre, dijo, hay signos inequívocos de las cosas. A veces la llamaban y él lo dejaba sonar. Sufrió como un mártir toda esa semana hasta que la batería se agotó. Al mes, calculó, darían de baja la línea. Hablaba como delirando, como en un recuerdo. Esos días lo escuché tararear más de lo habitual y vi la tan extraña manera en que se le formaba la sonrisa. La sonrisa que recuerdo es esa de los últimos días. No lo vi llorar. No me preguntó por qué a él ni por qué a ella ni por qué había tenido que pasar. Solamente dijo, una sola vez, que se quería morir: morirme macho... No sé si Álvaro Lacerda habrá terminado el doctorado, a los pocos días me vine a vivir a Buenos Aires y no supe más de él. Pero en el Clarín de esta mañana se habla, en el suplemento cultural, de un tal Amaranto Laserdi, historiador y etimologista radicado en Esperanza, Santa Fé. Yo no creo que se trate de Álvaro. Pero quién sabe.
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