martes, marzo 25, 2008

Notas marginales 2: regresos millonarios

Releo las notas de Riedlinger al curso II (1908-1909). Margen de la página 8: "Ce que Saussure vise est ceci : a) il faut que les éléments soient différents les uns des autres, et voilà tout (i.e. un élément pourra être tout et n’importe quoi, sauf égal à un autre élément). Mais une chose est de dire ça, et une autre de prétendre que sur ces différences repose tout ce qui peut être... [No encuentro la idea exacta de lo que quería decir… VOLVER Y SER MILLONES]"

Y así estamos.

jueves, marzo 20, 2008

Verdades antropológicas 1: húngaros asturianos

"En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, está la primera tienda. Sus dueños son viejos, tienen güegüecho, han visto espantos, andarines y aparecidos, cuentan milagros y cierran la puerta a los húngaros: esos que roban niños, comen caballo, hablan con el diablo y huyen de Dios."

(Miguel Angel Asturias, "Guatemala", en Leyendas de Guatemala, Ed.Alianza.)

jueves, febrero 28, 2008

Nadie, al parecer

Nadie, al parecer, notó el audacísimo paso que supone la publicación del post anterior. Por primera vez en dos años, señores, incluyo una imagen junto al texto. Vértigo. Extraña sensación en la boca del estómago, como si estuviera de nuevo dando un primer beso pero esta vez dándoselo a un monitor helado, improfundo y que me ignora.
Todo tiene una explicación. La de hoy es la siguiente: mi blog no tiene lectores. Carajo, tiene ganas de decir usted. Pero sin embargo no lo dice. ¿ Sabe por qué? Porque usted no existe.
Este blog no tiene lectores. (Silencio.) Esa es la razón por la cual a veces no uso signos de pregunta, si en el momento no se me antoja, y la razón por la cual muchas otras cosas inútiles de contar.
Si existiera, usted se preguntaría para qué escribo. Dice bien, sabe por qué dice bien, porque soy yo quien lo dice. Digo que digo y sin embargo lo escribo, y pregunto sin signos para preguntar, sabe por qué lo hago, porque se me antoja.
Este post tiene una única finalidad y este es el momento de decirla. Ese era el momento de decirla y en lugar de decirlo dije que era el momento: a la oportunidad la pintan calva. Lo que en aquél momento debí decir y no dije es lo siguiente, y lo digo aunque no sea el momento porque así me da la gana: evitarle al lector la vergüenza ajena de comprobar que mi blog no tiene lectores. Pero como no los tiene el post es inútil, como todo lo que hago en la vida.

miércoles, febrero 27, 2008

Ecos aimaras


El otro día, sentado en la biblioteca de la Sorbona, pensando en el techo y los estantes a falta de inspiración y ganas de leer, me topé con un Dictionnaire des langues immaginaires que busqué y abrí para averiguar, sin manifestaciones de sorpresa, que se trataba de una traducción del italiano de una obra escrita por unos tales Albani & Buonarroti (según las notas que tomé, de las cuales por supuesto desconfío), publicada por la editorial Zanichelli, Bologna, 1994.
Además de los datos editoriales, anoté lo siguiente:
“Interesante: Comentario sobre los aportes hechos al estudio del Esperanto y sus derivados por un tal René de Saussure, que Michel Arrivé presenta en su libro (2007) como "hermano" y acá es presentado como "primo" de Ferdinand.
“Muchas obras con títulos evocadores. Ver si se puede conseguir; si no, volver a La Sorbonne (estante "Linguistique").
“Referencias a Lulio, Borges, Leibniz.
“Referencia a las obras de Pierre Ménard que tienen mucho que ver con mi artículo sobre Borges. El criterio según el cual Borges reúne a Descartes, Leibniz y los otros es este: la reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de una lengua universal y perfecta.”
La edición italiana del Dizionnario está hace meses agotada. La edición francesa (Belles Lettres, 2001) está a setenta y cinco euros de mi alcance, que es como decir fuera.
Ese mismo día, boludeando, encontré la reseña escrita por U. Eco para L'Espresso del 4 de noviembre de 1994, de la cual traduzco la última parte:
“Por otra parte falta una lengua verdadera, la de los indios Aimara, estudiada en el siglo XVII por el jesuita Bertonio y que es todavía hoy considerada por algunos de una tal perfección que podría ser usada como parámetro para los procesos de traducción electrónica. Esta lengua, dicen, es tan flexible y potente que todo aquello que puede ser dicho en las lenguas naturales podría ser traducido al aimara, pero una vez en aimara no podría ser retraducido en ninguna de las lenguas conocidas. Esta especie de “agujero negro” hace del aimara una lengua casi imaginaria. Todo esto, si no me lo señalaba el amigo Maurizio Gnerre, lo habría ignorado también yo. Este verano, en Buenos Aires, encontré en una librería de viejo todas las obras de Bertonio, que yo nunca había visto en ningún catálogo. Pero (en ese país en el que oficialmente un peso vale un dólar pero lo que en New York cuesta dos dólares ahí cuesta cuatro pesos) la suma que pedían era desproporcionada. Así, como en una historia de Borges, los misterios de la lengua aimara permanecen ocultos entre Florida y Corrientes.”

Terminemos con una serie de preguntas: ¿Quién habrá comprado las obras de Bertonio? ¿Quién habrá querido estafar a Umberto Eco? ¿Quién le habrá dado a éste información catastral errónea acerca de la ciudad de Buenos Aires? ¿O sólo nombró esas calles para évocar reminiscencias tangueras y borgeanas? ¿O porque hablar de esas calles (y de Borges y del tango) queda bien, como queda bien hablar de la Sorbona?

sábado, febrero 09, 2008

Notas marginales 1: El amor en los tiempos de cólera

Sábado 9 a la mañana. Revisando furiosamente mis apuntes encuentro en el margen de la página 157 del número 32 de los Cahiers Ferdinand de Saussure este diálogo escrito por mí, conmovido por una concordancia conceptual entre el autor (Christian Peeters) y yo:

-¿Peeters?
-¿Qué?
-Te amo...

Y así estamos.

miércoles, enero 23, 2008

Título Italiano 4: continuación

-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas, productor de ciudades. Comencé mis estudios en Alemania, como arquitecto, pero pronto me harté de un arte que se limita míseramente a edificios aislados y sujetos a la soberanía estética de los que ya existen. Me di cuenta de que las viejas ciudades, establecidas poco a poco y en culturas y épocas heterogéneas, eran ridícula e irremediablemente eclécticas. Alcanzamos, según creo, la era de la creación total y la de la ciudad diferencial. Un arquitecto ya no puede concebir un templo o un palacio para insertar en complejos anticuados, sino solamente una masa compacta de construcciones inspirada en un concepto unitario y revolucionario. ¿Se imagina a un poeta moderno introduciendo un verso suyo en medio de un canto de la Ilíada o una escena de su invención en medio de un acto de Shakespeare? Bien, lo que se exige a los arquitectos modernos, lo que éstos indignamente cumplen, es un absurdo de este género.
Yo no pretendo proponerle diseños para una residencia, un teatro, un banco o un kursaal. Estas cosas son para arquitectos mediocres, sin consciencia y sin estilo. Yo ofrezco, en cambio, proyectos de ciudades integrales, diferentes de todas las que existen. Sólo usted, supongo, puede entender la novedad de mi arte y resolverse a elegir alguna para hacerla realidad.
Todos los hacinamientos de casas esparcidos por el mundo que llamadas "ciudad" son, salvo raras excepciones, de una uniformidad y un desorden que dan asco. Ninguna de ellas fue ideada en síntesis por un único genio (como una obra de arte) y llevada a cabo con fidelidad espiritual para encarnar en piedra una idea. Son, las más, agregados monstruosos dejados al azar y a los caprichos de las generaciones, todas obedientes a las necesidades usuales de la odiosa vida en común. Por todas partes edificios con puertas y ventanas, alineadas a lo más, nebulosas de escombros habitados que pueden gustar a los aguafuertistas o a los especuladores, pero que dan asco al que tiene un sentido más delicado de la dignidad del hombre…
- Perdone, interrumpí, ya he oído bastante la teoría. Usted habló, me parece, de proyectos…
- Helos aquí, contestó sin pestañear Sulkas Perkunas, pero no puedo, lamentablemente, más que indicarle en pocas palabras...

Me cansé. Mañana sigo.

domingo, enero 20, 2008

Titulo Italiano 3: continuación

Me llamó la atención el hecho, que todo académico supongo conocerá, de que con el pasaje del primero al segundo de mis autores italianos haya recuperado, sin saberlo, una relación epigonal, el hecho de que descubriera, leyendo solamente dos libros, que uno encontraba en el otro su origen, su razón o al menos su fuente. Le città invisibili, de Calvino, no puede ser, como dice Calvino, el fruto puro de sus desordenados caprichos artísticos. Le città invisibili es la continuación, y en el mismo tono además, de una de las historias narradas por Gog, esa que empieza en la página 85 de la primera edición y que lleva por título “Nuovisime città”.
Tracuzco, primero de manera literal, después como la hubiera traducido un lobense de la calle, clase media (o sea "calle media"):


Capetown, 8 de Noviembre

¿Quién diablos le habrá dicho al señor Sulkas Perkunas que yo planeaba crear una ciudad nueva? Que yo recuerde, nunca se lo confié a nadie. ¿Y cómo habrá hecho este lituano fantástico para encontrarme acá en Sudáfrica donde yo esperaba, por fin, pasar desapercibido?
El Señor Sulkas Perkunas no quiso satisfacer estas curiosidades. Es un hombre de unos treinta años, pero tan sombrío y huraño como un director de presidio que tuviera sesenta. En su rostro, apagado y quemado como el de un labrador, se abren dos ojos celestes, claros, casi blancos, atentos y severos como los de los chicos pobres. Estirado, desabrido, mal vestido, coronado con un anchísimo fieltro grisáceo, se me acercó intrépidamente mientras volvía al hotel y me pidió un momento para charlar, dijo, de algo que no admitía dilaciones. Lo hice entrar conmigo a una sala de espera. Supe entonces que era rubio, y que llevaba bajo el brazo un gran rollo de papeles.
-No voy a perder el tiempo con excusas superfluas, comenzó. Soy Sulkas Perkunas...


Me cansé. Mañana sigo. Pero antes déjenme decirles esto: el lobense calle media habría empezado así: "¿Hola, mamá? ¿Vos le dijiste a Sulkas Perkunas que yo estaba por hacer una ciudad? (Silencio.) ¿Y quién mierda se lo dijo entonces? (Silencio.) No, yo no se lo dije antes a nadie. (Silencio.) La única que lo pudo adivinar sos vos."

jueves, enero 17, 2008

Título italiano 2: continuación

No soy, digámoslo de antemano, un italianista. El primer libro que compré y leí en Italiano, el año pasado, fue Le città invisibili, de Italo Calvino. Acá lo tengo en la mano, todo garabateado con lápiz y firmado, como todos los libros míos (signo de inquebrantable pelotudez), en la primera, centésimo primera y última páginas. El segundo libro que compré fue L’uomo finito, de Giovanni Papini. A este, en aquél entonces, no lo terminé. Mi italiano era demasiado rústico, me pareció, para seguir pensamientos abstractos. Lo estoy leyendo ahora, junto con el tercer libro que me compré en italiano, Gog, de Papini también, que es también el autor del cuarto y último libro italiano de mi biblioteca, Il Diavolo. Hasta acá llega mi erudizione. Pero estas lecturas fragmentarias ya me dan de qué escribir.
Si hubiera estudiado en Puán diría, en este punto (y lo diría así, “en este punto”), algo acerca de la intertextualidad, citaría a un ruso, a un francés y a un profesor homosexual. Mejor me parece, o al menos menos aburrido, sentarme a escribir como quien viene al mundo, lápiz y papel, sin goma de borrar. Aunque todo lo anterior es mentira: a) sí estudié Puán; b) escribo en una IBM R60 (HD: 80gb; RAM: 1gb; Micro: Intel Centrino Dúo T2600) equipada con Windows XP SP2 (el Vista es una cagada), Office 2007 y miles de diccionarios y enciclopedias. Si hago click-botón-derecho en una palabra me sale una lista de sinónimos. Miren: albarda: aparejo, chincha, albardilla, aceruelo, almohadilla, guarnición, jalma.
Mañana publico una traducción que estoy haciendo, por lo menos una parte. Todo esto me agota.

miércoles, enero 16, 2008

Título Italiano

No soy, digámoslo de antemano, un italianista. Mis sobrinas, en cambio, son italianitas. Una de ellas, al menos, la menor (Manuela). Cuando sea grande le van a decir Tana. Pero no es de eso que quería hablar... A ver si mañana me sale…

domingo, enero 13, 2008

"Despina", de Italo Calvino (Le Città Invisibili)

Hay dos formas de llegar a Destina: en barco o en camello. La ciudad se muestra diferente a quien viene por tierra o al que se acerca desde el mar.
El camellero ve despuntar en el horizonte de la planicie las cumbres de los rascacielos, las antenas de radar, ve las astas blancas y rosa que se sacuden, ve el humo de las chimeneas y piensa en un barco. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un navío que se lo lleva del desierto, un velero que está por zarpar (el viento infla las velas sin desplegar todavía) o un vapor cuya caldera vibra en el casco de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan sobre los diques, en tabernas donde tripulantes de distintas banderas se rompen botellas en la cabeza, en ventanas de planta baja iluminadas, cada cual con su señora peinándose.
Entre la neblina de la costa el marino distingue la forma de una joroba de camello, de una montura bordada con flecos resplandecientes entre dos jorobas manchadas que avanzan vacilando. Sabe que es una ciudad, pero la piensa como un camello de cuya albarda cuelgan ánforas y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya en su mente nace la imagen de una caravana larga que se lo lleva del desierto del mar hacia un oasis de agua dulce a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de gruesas paredes de cal con patios de porcelana sobre los que bailan descalzas las bailarinas que mueven los brazos, un poco dentro, un poco fuera del velo.
Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así el camellero y el marino perciben Destina, ciudad al límite entre dos desiertos.

jueves, diciembre 27, 2007

Diario de un escritor de tesis

Día cero, 27/12/2007


En el comienzo hubo un espacio virtual interminable titulado document1.doc. Escribió el estudiante en lo más alto: "Tesis". Y al minuto siguiente descansó.

viernes, septiembre 21, 2007

Santa Teresa de Gallura

Eso que se ve ahí es Córcega, dijo, y estiró la toalla en la arena gruesa y amarilla, como piedras (tenues y amarillas). ¿Cuál?, pregunté yo, totalmente desinteresado de cualquier respuesta. Eso, dijo señalando con la vista. Entonces me acurruqué sobre la toalla, sobre la mitad de la toalla, y creo que me dormí. Si dormía a esto que sigue lo soñé: me acariciaba el pelo, en ese entonces largo, y me decía eso de ahí, esas montañas que se ven y que parecen nubes. No éstas de acá, las más altas. Las de más lejos, aquéllas. Y miraba en una dirección que yo no entendía pero en cuya atmósfera volaban, esto es intuición, seis o siete pájaros negros. Después comimos, dormimos, nos bañamos y hablamos un montón de veces. Después otra vez (me parece) me dormí. Entonces a esto lo soñé: yo estaba dormido en las piedras de la playa y ellos acurrucados juntos, del otro lado del mar, cerca de nubes que en el sueño o de lejos parecían montañas y ocupando media toalla cada uno. Entre las montañas ahora se veían claramente seis pájaros en pleno vuelo circular. Abajo habría una presa. En un momento ella me señalaba con la vista, risueña, aunque a la distancia no me viera, y decía algo, algo así como eso que se ve ahí es Córcega. Y después, esto es cierto, el mar se hacía cicatriz.

lunes, agosto 27, 2007

[Título no disponible 2]

Parece que sube, pero también parece que baja. Baja de los cielorrasos. Sube desde las cenizas, que hubiera querido escribir con s.

sábado, mayo 19, 2007

La pared

Esta pared blanca enseña muchas cosas, aunque ustedes digan que no. Es blanca. Se estira para allá, miren, y dobla en ángulo recto y sigue para allá. No veo lo que pasa atrás, pero sé que esta que viene por la izquierda es la misma pared que se fue por la derecha. No sé cómo lo sé, pero es así. Es así. No habla la pared. Está ahí, quieta, blanca y con su mancha. Tiene una mancha la pared. Y a la pared no le importa la mancha. Sigue blanca, quieta y envolviéndome sin que yo sepa cómo, aunque tenga esa mancha ahí. Miren, ahí está, blanca y quieta, y no le importa que la miren. No le importa nada, ni la mancha ni nosotros, hace sus cosas, nos envuelve, y sigue blanca y quieta como siempre.

lunes, mayo 14, 2007

Ríos

Leía cansado a la noche, tardísimo, sin luz, los ojos cerrándose solos. Entonces en un momento los vi. Surgían entre lo negro de las letras, blancos, y bajaban entre los espacios. Después de pronto se morían. Y nacían después, más abajo o al costado, y bajaban otra vez, y después de nuevo se morían.

Postdata del 25/03/08: el título debió haber sido "Ríos que mueren en el mar Gen".

sábado, mayo 05, 2007

Etimología de la palabra "saludo"

La etimología de esta palabra es singular y no pocas veces ha sido objeto de la atención de los eruditos (palabra tampoco carente de interés y de cuya etimología hablaremos en otra oportunidad). La historia data del siglo doce. En las cercanías de lo que hoy es Badajoz un Señor, adinerado y harto de las diarias infidelidades de su esposa, hizo construir una fortaleza laberíntica en el medio de la cual la amarró, y amarrándola con sorna le dijo : “Ahora sal, si puedes…” Esa noche el hombre durmió bien. A la mañana siguiente bajó a un bar de Corrientes a desayunar y vio, ¡ay!, incrédulo, a su mujer completamente borracha en brazos de un jornalero cuya fama tenía varios centímetros de largo. Toda la comuna supo de la historia y a partir de entonces el hombre fue el objeto de burla preferido de los vecinos. Cada vez que lo cruzaban le decían: “-Ahora sal… y pudo!” y estallaban en carcajadas. Con el tiempo “ahora” cayó. La fórmula “salypudo” se usó hasta mediados del siglo quince (la última atestación data de 1438), período en el que la “y” griega cae también, por griega, y la “p” por solidaridad (y en repudio a la xenofobia dominante por entonces entre las letras y fonemas). A partir de ese momento, y hasta hoy, se ha usado la palabra “saludo” para burlarse de los hombres adinerados que construyeron fortalezas, amarraron a sus esposas y las encontraron al día siguiente en brazos de jornaleros.

sábado, febrero 03, 2007

Dios

X says:
me acabo de dar cuenta de que soy dios
X says:
lo voy a escribir en el blog
X says:
Por qué llegaste a esa conclusión?
X says:
no hay conclusiones en mi mente
X says:
todo ES
X says:
todo ES, y no tengo necesidad de razonar
X says:
Por qué sos Dios?
X says:
por eso

jueves, enero 04, 2007

La bombilla

Gracias de todas maneras, le dijo, pero se quedó pensando en de todas maneras y al ratito se arrepintió y dijo gracias, y le dio dos palmadas en el hombro, después me miró y me dijo a vos también, a los dos, gracias.
Nos fuimos pensando qué tipo más raro y el se fue pensando lo mismo, pero de ella también. De los dos. Qué tipos más raros mierda, los tres.

sábado, diciembre 16, 2006

Compte rendu

El blog se intitula "Este blog me tiene podrido". De su autor nada sabemos y nada queremos saber. Sus textos son, en su mediocridad, dispares. Y esto sin contradicción. Entre sus treinta y cuatro textos encontramos mala poesía y mala prosa en igual proporción. La alternancia de textos, largos y cortos, la discontinuidad, lo incoherente y la falta de coherencia, los grandes espacios blancos y los pequeños espacios negros son, así como lo blanco y lo blanco, mejor me voy a dormir porque tengo sueño.

Uh

"Voy a taparme hasta la frente, y aplastado navegar hasta mañana."
(Juan Bautista Aberdi, Bases, 1852)

martes, noviembre 28, 2006

Gauchos corredores o Hamlet jugaba de 11

"Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas...", dice Rulfo en la página 40 de El llano en llamas (Ed. Cátedra), al pie de la cual una nota explica lo siguiente:
"Casuarinas: árboles cuyas hojas se parecen a las plumas de aves corredoras".
Pero eso no es nada. En una edición bilingüe de Ficciones que leen las jóvenes promesas de los liceos de Francia hay una glosa para la palabra "gaucho" que dice: "personne rustique qui habitait La Pampa et montait à cheval. Il avait comme principale fonction, à l’époque, celle d’être assassiné par les aborigènes ou la police.”
Los escépticos irán al diccionario. En el Petit Robert encontrarán esto: “Gaucho: Partisano extremista de las soluciones de izquierda, revolucionarias, dentro de un partido”. (Un Garrincha, ¿o no? No. Garrincha jugaba de 7. Pero yo no sé nada de fútbol y no conozco ningún 11 habilidoso que rompa con los moldes. ¿Y cómo se llaman ahora el 7 y el 11? Misterios reservados a Niembros y Macayas…)
De “gaucho" hay una segunda acepción: “Caballero encargado de vigilar las tropas de bovinos en la pampa. Gauchos diestros para el lazo.”
Yo conozco un gaucho. Cuando te saluda te aprieta fuerte la mano y te mira inclinando el ala del sombrero y endureciendo la mirada. Después te dice: ¿qué tomás? Y vos tenés que contestar: un whisky. Entonces él te lo paga y se queda contento con su alma y su sombrero de gaucho o de caballero que invita whiskys en la barra.
Pero no era esto lo que quería escribir. Quería escribir algo gracioso acerca de las aves corredoras.

viernes, noviembre 24, 2006

Präpositionen

Der Vogel fliegt aus dem Käfig, dann fliegt er auf den Tish. Und dann fliegt er auf den Schrank. Und dann fliegt er ans Fenster, und dann fliegt er auf die Lampe, und dann der Vogel fliegt unter das Bett, und dann fliegt er hinter die Tür und dann auf den Küchenboden und dann fliegt er neben den Herd. Dann der Vogel fliegt hinter den Schrank und dann fliegt er zwischen den Stuht und den Tisch. Dann der Vogel fliegt in der Eimer und eine Mädchen findet ihn da und tötet ihn, mit ein Messer. Der Vogel heiss Ramón. Das Mädchen heisst Ana Lucía González Obregón .

jueves, noviembre 23, 2006

París es una furia

Corrió enfurecido hacia la cornisa pero de antes de llegar al abismo tropezó. Y se volvió, acongojado, arrepentido, fracasando, queriéndose morir. Después, algo se apagó. Y supimos esto:
El que corría enfurecido era yo.
La cornisa también, era yo.
¿Y de dónde tanta furia? No lo sabemos todavía. Por eso tanta furia.

sábado, octubre 14, 2006

Diccionarios celestiales

Los Dioses, que leen a Borges, se reparten desde siempre la tarea de registrar el habla de todas las personas del mundo, en todas las lenguas del mundo. Después, cuando de una lengua todos sus hablantes mueren, publican un diccionario. Antes no, pues no conciben que un diccionario no albergue todos los usos de una lengua. En eso consisten los suyos. Entre los más codiciados por los hombres se cuentan el de latín, el de griego, el de sánscrito y el de lineal C. Entre los más extraños, el de ardhamagadhi, lengua de los antiguos sutras jainistas, y el de suniita, derivado del ardhamagadhi que se habló en Asia Menor entre los siglos siete y tres antes de Cristo (que en el cielo va con minúscula). Sin embargo todos esos trabajos son fragmentarios. Y un día, cuando todos hayamos muerto, los Dioses daran a conocer la última y primera edición de la Obra Mayor, que dará cuenta de la única lengua que en su historia hablaron los hombres.

Gesto poético

Voy a ponerme a estudiar. Es lo más poético que se me ocurre.

Diario

Viernes 12
Estuve acá y allá. Fui con X y X a la casa de X. A la noche cenamos en lo de X. Dormí con X, la pasé bien.
(Nota: estoy escribiendo el lunes, el fin de semana no escribí.)

Sábado 13
Estuve pensando que con X nos llevamos bien. Eso lo pensé a la mañana. Pero a la tarde fui a lo de X y más tarde vimos una película. Mala. Cenamos. Y cada cual a su casa.

Domingo 14
Nada diferente a todos los domingos del mundo. Estuve pensando en X. A la tarde vinieron X y X y nos quedamos hablando de la orientación sexual de algunos escritores. Dos conclusiones: X es asexual, la orientación de x es heterodoxa. Nunca en la vida los vimos, pero se nota en sus textos. Creo que tomé demasiado.

Lunes 15
Hoy. No recuerdo qué pasó, estuve todo el día recordando. Mejor me voy a dar una vuelta.

martes, octubre 10, 2006

El que me faltaba

Por qué no darme el gusto, me dije, y me encaminé por enésima vez a la librería del boulevard Saint Michel. Compré Los detectives salvajes, rojo y pesado, y volví caminando a mi casa.
La ceremonia acaba de concluir. Acabo de acomodarlo, el ceño arrugado, junto a los otros, en el cuarto anaquel empezando de abajo. Y ahora los veo mientras escribo. Ahí están, todos rojos, iguales, nuevos, ocupando íntegro el cuarto anaquel.

Punto

No sé qué pensaré de estas líneas cuando haya escrito el punto final.

Huir

Escribió, meses enteros, sin parar, y cuando paró una pregunta le vino: ¿para qué escribo? Escribo, se contestó, para alejarme y huir de lo que escribo. Y acto seguido lo escribió.

martes, octubre 03, 2006

Título de tiza

Cuando quedó solo, esa noche, luego de su célebre entrevista con Lucien Gautier, Ferdinand de Saussure pensó en algunos de los puntos que habían tocado en la charla y agregó, pensativo, dos hielos al vaso. Lo que era esencial, había dicho, era el problema de las unidades. Recordó que el día antes se había preguntado con tiza por las entidades concretas de la lengua y se tomó, siempre pensativo, el whisky que quedaba, y después se sirvió más. Los dos hielos no se habían derretido pero se estaban derritiendo y en ese instante preciso no supo en qué pensar. Después tal vez pensó que no había respuestas y después, tal vez, que él no las tenía. Después se sirvió más. Después se sirvió más. Después se acostó y durmió, larga y profundamente. Después siguió su curso. Después lo interrumpió. Después Saussure murió y dejó, como en aquel vaso de 1911, que sus conceptos se fueran disolviendo con el tiempo.

Ay

Uno de ellos dijo: Ay, si pudiera vivir sin decir ay. Pero ellos estaban en otra cosa, pensando, tal vez, ay, si pudiéramos pensar en otra cosa. Cosas que tiene la vida. Pero a esto último nadie lo dijo, ni tampoco nadie lo pensó.

viernes, septiembre 29, 2006

Con título pero sin fin

Durante esos días se lo vio absorto en una especie de tornillo enorme y oxidado. Quisimos acercarnos, pero él nos hizo shhh... Miren, este objeto es un milagro, nos dijo, se llama sin fin.

jueves, septiembre 28, 2006

Título esclarecedor

¿Qué hace?, preguntó el carpintero de visiones nocturnas. Nada, dijeron los hombres que miraban, no tiene ganas de estudiar, y después siguieron jugando a las cartas dándonos la espalda, dándonos la espalda y tomando vino tinto con soda y comiendo pedacitos de pan.

Con título, pero eso no importa

El señor de las cejas blancas y el hombre que no conocía las piedras se reúnen los martes, miércoles y domingos. Nada sabemos de las razones que así lo determinan pero sí conocemos algunos de sus hábitos y algunos de los temas que en sus conversaciones tocan: los lápices, mecánicos o de madera, las flautas traversas y más que las flautas su silbido, que a veces comparan con el canto del gorrión, las virtudes de la leche entera, la preferencia por la marca Sancor (que significa Córdoba y Santa Fé), y a veces simplemente se miran con disimulo y con súbita desconfianza se preguntan qué mierda estará haciendo el otro en ese momento y ahí (piensan: hic et nunc). A esta gente también se la conoce, y así se los cita en las antologías germánicas, como los hombres que se llaman Juan. Entre ellos y los hombres que miraban hay una filiación difícil y poco estudiada sobre la cual el catedrático español Juan Bermejo Bermejo está en train d'écrire quelque chose.

Con título

Y en el momento de saltar se dio vuelta, señaló al hombre que miraba y señalándolo le dijo: no creas que lo que ves es así, todo es levemente distinto. Dijo eso, y después saltó.

Sin título

¿Y te quién dijo que todo esto va a terminar?, preguntó el señor de las cejas blancas. Y entonces todo terminó.

domingo, septiembre 17, 2006

Ese extraño bolso rojo

Le vendredi 2 Février

Dans la maison il y a un petit ordinateur. Il est noir. Il y a beaucoup de livres. Les uns sont minces, les autres sont épais.
Il y a de minces stylos. Il n’y a pas de grandes tables.
Il y a une petite table et un grand bureau.
Il y a un plafond blanc. Il n’y a pas de papier sur le plafond. Il y a du papier sur les murs. Ils sont étroits.
Sur une petite table ronde il y a un poste de télévision. La télévision est très grande.
Il n’y a pas de rideaux sur la fenêtre.
Au-dessous de la table il y a un beau sac rouge.
Il y a des belles bibliothèques sur les murs.
Au-dessus d’un long canapé, il y a de beaux tableaux.
Lundi, mardi, mercredi, jeudi, vendredi, samedi, dimanche.

miércoles, septiembre 13, 2006

Felipe el inquieto

Estas tierras que ven fueron sede, dos siglos atrás, del único régimen monárquico atestiguado en la región. De su soberano no hemos heredado ni bustos ni retratos pero sabemos que su fama belígera traspuso mares, desiertos y cadenas montañosas. Tampoco conocemos su ascendencia ni su nombre certero. Sí que se llamó Felipe II, el inquieto. De la leyenda que a él ha fusionado la historia no todo es real pero todo guarda una relación, así sea enmarañada, con los hechos que pasaron. No los voy a contar hoy. Hoy solamente los anuncio. (Sé que él supo que hoy lo anunciaría.)

lunes, junio 26, 2006

El epígrafe

Là où la vie entre dans la littérature,
elle dévient littérature elle-même.
Iuri Tinianov
Revisando su propia computadora al descuido, pensando en cualquier cosa o en nada, encontró un archivo que no recordaba haber creado nunca, un punto doc cuyo título era epígrafe: epígrafe.doc. Pensó que podría ser un virus pero lo abrió lo mismo. Mientras lo abría se acordó de que un virus no podía tener la extensión punto doc: un punto doc es un archivo de Word. No era un virus, era un textito de Tinianov que decía, en francés, que cuando entraba en la literatura la vida se convertía, ella misma, en literatura, extraído de la antología de Todorov, de la página 116 de la antología de autores rusos publicada por Todorov: Théorie de la littérature, textes des formalistes russes. Quiso, en la confusión, saber algo de ruso, y se puso a escribir. Quiso ponerse a escribir, porque solamente escribió el título, el epígrafe que acababa de encontrar, y la mente se le emblanqueció. Las pocas figuras que avanzaban como ondas, como un desfile de banderas onduladas sobre la superficie blanca de la mente, eran recuerdos inconexos de lo que acababa de leer o pedazos de páginas escritas. Fragmentos de letras de canciones, de folklore argentino. Vagas, tímidas exigencias formales acerca de cómo comenzar a escribir. El nombre de Roland Barthes pero no el del artículo que quería recordar. El nombre de Ferdinand de Saussure y el del fragmento publicado en sus escritos, “Unde exoriar?”. Todo formando una misma telaraña, una misma tela de araña ramificándose en desorden hacia el infinito circular o esférico del pensamiento. Una telaraña matemática, en 3D. La idea despejadísima de una telaraña matemática en 3D. La idea despejadísima, lúcida e insoportable de estar pensando que pensaba. La imagen de un vaso vacío y sucio y la de unos lápices y unos libros desparramados por el escritorio. Un recuerdo. Recordó que estaba escribiendo. Enfrente suyo estaban las teclas y la pantalla y pensó que escribir quería decir algo diferente de lo que significó para Ferdinand de Saussure. Todo en una telaraña infinita de cuyas periferias creyó ver asomarse, como una sombra, la idea y casi el compromiso de escribir en tercera persona. Como una convicción. Las convicciones son cárceles, recordó. Y recordó que abundar en citas era desaconsejable. Pensó que eso no le importaba y que tenía que escribir. Se enderezó en la silla y tecleó. Llegado a cierto punto, releyó. Y entonces supe que había caído otra vez en la misma telaraña de siempre.

jueves, junio 15, 2006

Ocurrió así

Ocurrió así: Un hombre, mientras prologaba en voz alta esa leyenda inverosímil según la cual otro hombre, ciudadano de un país lejano o de oriente, se había planteado una tarde escribir ese argumento que, como “embrujado por duendes color turquesa”, según dijo, se había ido encerrando a sí mismo y de a poco (un de a poco que no por pausado había resultado menos plausible ni, lo que es más, menos implacable (y todos recuerdan que esa implacabilidad sería, según el orador, un aspecto trascendental de la historia que referiría (aunque nunca, lamentablemente, se la sabría terminada, pues el hombre perdió el juicio y se arrojó, como el otro, a las aguas imaginarias y audibles de un aljibe al no ver, como le había pasado al otro, la manera de escapar de esa triple barrera de arcos y de ese punto que lo separaban del mundo, y de todos los después))).

jueves, junio 01, 2006

El espejo

Quique me dijo que los finales de las cosas que escribo son previsibles. Voy a usar un recurso que me gusta en Fogwill pero que ya usaba Diderot, Diderot entre muchos otros, y que consiste en hablar con el lector: ¿Ustedes piensan que Quique es una técnica y un anonimato o que tras Quique se esconde otra identidad? No. Quique existe. Ayer tomamos una cerveza en un bar y Quique me dijo que no los finales en sí, sino el momento en que terminan las cosas que escribo es adivinable. Sin embargo nunca se sabrá si tras Quique no se esconde otra identidad. Aunque tras Quique nada puede esconderse, nadie puede esconderse tras un nombre. Tras muchas palabras sí, pero tras un nombre no. Esto ya es el final, les aviso. ¿Lo habían adivinado? Si no lo adivinaron me salió. Si lo habían adivinado no me salió. No me sale desadivinar los finales. Si lo habían adivinado sigo. Si no lo habían adivinado no lean más, lo que sigue es para los que lo habían adivinado: Debajo de la camisa, esculpido por los años y el humo del cigarrillo, se adivinaba un cuerpo enfermizo, blanco y afilado, fin. ¿Ahora lo adivinaron? Si lo adivinaron sigo: Pero lo que había debajo de la camisa no era cognoscible, nadie nunca lo sabría, solo era adivinable, fin. Pero si lo adivinaron sigo: Era adivinable también su cara, la cara del cuerpo adivinable debajo de la camisa. La manera en que era adivinable la cara era variable: hubo quienes la adivinaron blanca y afilada, en perfecta consonancia con el cuerpo; hubo quienes la adivinaron redonda, pecosa; hubo quienes adivinaron que no era la apariencia lo importante y que a su vez adivinaban, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa que el adivinado cultivaba en su relación con sus hijos y con su mujer, unos y otra adivinados apacibles, provincianos, buenos. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: Saer: El primer adivinado solía, bondadoso, fumar, tibio, un cigarrillo junto a la chimenea que parecía, tibia y resplandeciente, consumirse a sí misma en un rincón del salón de estar y, en ocasiones, también solía, quieto, garabatear sobre un cuaderno notas literarias que alguna vez, tímido, había considerado publicar. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: La mujer adivinada generalmente no lo importunaba, pues no por pertenecer a la casta adivinada ella dejaba de adivinar, a su vez, la necesidad de silencio del adivinado de su esposo. Ella adivinaba una preocupación, un temor en esos escritos misteriosos, en el temblor de su mano en el papel, en el gesto involuntario de acercarse al fuego que la mano ejecutaba, cada tanto, como si volara sobre la alfombra. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: El hombre. Fin. En realidad no escribía. Fin. Sino que simplemente dibujaba una cara, con los ojos exageradamente grandes, con bigote salvadordaliesco, con sombrero de ala caída, con un cigarrillo caído, mal afeitada y llena de cicatrices tras la cual se adivinaba, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa. Fin.

lunes, mayo 29, 2006

El cuerpo de Sebastián Toba

El pueblo estaba, cuando llegué, tenuemente disimulado bajo una capa de niebla blanca y movediza. Me registré en el Hotel Genovés, frente a la estación, y el chiflido del tren que se alejaba me causó un tibio escalofrío de felicidad. Era viernes y era temprano, así que pedí que me subieran un tostado y un jugo de pomelo y me puse a revisar, mientras comía, las notas sobre la muerte del concejal que me pasó el jefe de sección cuando me pidió que la cubriera. Lo habían encontrado junto a un canal artificial, junto a un desagüe pluvial encajonado en un molde de cemento, en la periferia del pueblo. No había, me pareció, nada interesante en el caso, pero yo no soy quien se pregunta esas cosas, a mí me pagan por escribir y yo escribo, voilà tout. Era un viernes. Creo que entonces me quedé dormida, un rato, tal vez dos horas. A la una estaba sin sueño y sin ganas de leer y entonces decidí salir a dar una vuelta. La niebla seguía flotando vulnerable a las luces de los autos, que de lejos parecían barcos acercándose a un puerto o alejándose de un puerto. En un bar, en una esquina, tocaba una banda. Cuando entré sentí cómo todos en el lugar me clavaban sus miradas, ofendidos por una intrepidez que tal vez consideraban intrusión. Uno, en la barra, me miró más, o distinto, y hacia él, aunque solapadamente, encaminé mis intenciones. El cantante estaba en cuero y en sus gritos hablaba de una muchacha que "había masticado su alma hasta el hartazgo" y que había participado en no sé qué rara historia con el cantante. La letra no decía que la cosa fuera con el cantante, pero eso se veía a las claras. Pedí un gin-tonic. En el bar los favores de la niebla habían sido remplazados por el humo. El tipo de la barra me saludó y me preguntó de dónde era. Yo le dije que de Buenos Aires, le dije que era periodista. El tipo me miró. Yo tomé un trago directamente del vaso y le pregunté qué hacía él. Me dijo que era estudiante de filosofía. Estudio en Puán, me dijo. Y ese fue todo el diálogo de los primeros cincuenta minutos. El bar se había ido llenando de a poco y parecía un animal que temblaba por dentro. El tipo saludaba a todos los que entraban con la mano o, a veces, con un beso en la mejilla. Pensé que estos últimos eran amigos. La banda era muy mala. Se lo dije. Me dijo que sí, que era mala, y me propuso salir a dar una vuelta. Yo creo que pagó él, aunque no lo recuerdo con claridad, para ese entonces ya había tomado demasiado. Una vez en el auto el tipo hizo dos cosas: abrió una bolsita celeste con cocaína y me preguntó si había venido por la muerte de Sebastián Toba. Sí, le dije, y me preguntó, mientras inhalaba con fuerza tapándose la cavidad nasal izquierda (había tomado por la derecha), si quería ver el cuerpo de Toba, él conocía a alguien en el hospital. Le dije que sí. Fuimos, lo vimos, lo fotografié en las heladeras de la morgue. Barba, blanco, cejas tupidas, pelo largo. Esos son los rasgos que retuve.
El tipo se llamaba Martín y había en él algo que me gustaba, su acento tal vez, su barba de dos días rubia como pequeñas estalactitas o agujas transparentes, su nuez de adán. Fuimos a su casa y cogimos y tomamos buena parte de la noche, pero no me quedé a dormir con él, tuve un poco de pudor. Le di el teléfono del hotel y me fui en remís, dormí como un oso.
Al otro día el conserje me informó que un señor había llamado y había dejado un número de teléfono. Llamé. Era Martín. Paso a buscarte, me dijo, es importante, me dijo, te va a interesar. Tomó por una avenida y en dos minutos salimos a una ruta. Tres, tal vez cuatro minutos más tarde se detuvo junto a un pequeño alboroto policial. Supe, cuando bajé, que habían encontrado otro cadáver. Me presenté ante el comisario, que miraba atónito cómo se perdía una línea de alambrado en el horizonte. Tuve que repetir: María Alejandra Estévez, periodista. El comisario balbuceó algo que no eran palabras y me señaló, confundido, dando muestras de confusión, un promontorio alargado y cubierto por un plástico negro. Era el cuerpo. Me agaché, lo destapé, y no lo pude creer. Cuando me volví hacia Martín él estaba diciendo que sí con la cabeza y estaba diciendo Sebastián Toba. Sentí ganas de abrazarlo, pero me contuve. Tomé algunas fotos del lugar y del comisario, que seguía oteando el alambrado. ¿Qué le pasa?, pregunté. Reina el desconcierto, dijo Martín, atacado por una ceremonia.
En total seis días me quedé en esa ciudad en cuyas noches prevalece la neblina y el humo. Sebastián Toba fue asesinado, en ese lapso, tres veces. La primera vez fue por asfixia y sus restos fueron cremados en un cementerio de Burzaco. La segunda muerte fue causada por heridas de arma blanca y el cuerpo está bajo custodia en la morgue del Hospital Municipal. Las causas de la tercera, la más reciente, todavía están por establecerse y reina, como dijo Martín, la confusión. Las autoridades no descartan la posibilidad de nuevos hallazgos. Mañana a la noche vuelvo a encontrarme con Martín.

domingo, mayo 28, 2006

La laguna

Hace dos años que no salgo. Antes viajaba. Conozco algunos países. Conozco la playa, las montañas. Conozco un bosque y conozco muchos bares. A eso lo puedo jurar. Estuve en la ciudad de Rosario, por ejemplo. Y en Montevideo. Ahora ya no salgo, para qué. Si bajé fue por trabajo, pero ahora vivo acá. Así, sucio como una rata. Pero antes trabajaba. Mi unidad era la 15. Los vagones, en aquel entonces, llevaban grabados los números 15.221, 15.222, 15.223, 15.224, 15.225 y 10.101. ¿Qué hacía? Nada. Manejaba la unidad 15. Aceleraba, frenaba, abría las puertas, hacía sonar la chicharra, cerraba las puertas, aceleraba. Nada. Un día me puse a leer entre estación y estación. ¿Difícil? No, la verdad es que no lo era. Leía poesía. Empezaba un poema en Place d’Italie y lo terminaba en Bobigny. Me gustaba pensar que los estiraba y los desparramaba por toda la ciudad. A veces me ensimismaba adivinando cuántas palabras habría sembrado por cuadra, cuántas letras por metro, cuántos silencios por día. Mallarmé, Horacio, Góngora, Walt Wihtman. De todo. Era una época que no me cuesta calificar como bonita. La anterior también, la que yo ahora llamo etapa exterior. Y esta de ahora también. A esto lo puedo jurar. De aquella época de lectura intermitente guardo mi colección de frases latinas con referencia a la muerte: memento mori, mors ultima linea rerum, nascentes morimur, principium morendi natalus est, nosce te ipsum, pulvis et umbra sumus, homo bulla. Tengo otra de frases españolas que hablan del cielo y otra sobre concepciones del tiempo en forma de cascada o de río o de fluir interminable. Esta última es en muchas lenguas. Lo que me gusta más es la parte francesa. La mejor está escrita en una lengua de Tlön. Como lo que me dan, o compro galletitas en las expendedoras con las monedas que me dan. Duermo ahí, junto a la escalera. Y camino, que es lo que más me gusta hacer. A la una, cuando el metro cierra, salgo a caminar por las vías y mientras voy caminando trato de pensar y de recordar la geografía exterior del trayecto que camino. Yo ya no sé si en mi imaginación hay verdades o si son solamente una mezcla de imaginación y de nostalgia, pero quién sabe si la verdad es otra cosa que imaginación y nostalgia. Lo que más extraño es el sol. Lo que menos extraño es la lluvia. Al pasto sí, lo extraño. A los caballos no. A los autos no. A los adoquines sí, son como cubos imperfectos, eran bonitos. La vía me gusta, y la gente que uno conoce es buena gente, generosa. Mujeres no hay, y esa es otra cosa que extraño. Coger con una mujer. Pero no está mal tampoco coger con la gente de acá abajo. Yo sé que estamos sucios, pero nosotros no lo notamos más y cogemos entre nosotros y en cualquier parte. La gente no imagina que en los asientos sobre los que espera el tren ayer yo estuve chupando una pija. Chupar pijas también me gusta. Yo ahora sigo viajando, aunque no parezca. Viajo caminando. Hoy parece que no se puede viajar caminando, pero es que olvidamos que en la época de Horacio se viajaba así, caminando. Y antes también. Y después también. Se caminaba por arriba, sí, por un arriba distinto, sí, ¿pero distinto de qué? Distinto del de hace dos años. Pero uno y otro arriba se me confunden y el abajo siempre debe haber sido igual o al menos yo me lo imagino igual. A veces pienso que voy a ver a Plutón y cuando era conductor pensaba que era Caronte, aunque eso debe ser una influencia de la lectura. ¿Estoy en el Hades? ¿En el Hades se puede chupar una pija? ¿Y donde está Cerbero? ¿Y dónde está la laguna? La laguna es la oscuridad. Me gusta pensar que la oscuridad es una laguna aunque eso parezca contradictorio. ¿Se puede contradecir en el Hades? Me gusta pensar que cuando camino estoy nadando. Nadando en la oscuridad. ¿Soy un pez? ¿Soy un pájaro que nada? ¿Los pájaros chupan pijas? A las nubes no las extraño porque a las nubes las asocio con la lluvia. El agua no me gusta. El agua es la oscuridad. Pero saber es morirse y las ratas, mis amigas las ratas, son inmortales. Mis compañeras las ratas. Un día voy a coger con una rata.

lunes, mayo 22, 2006

gotun

la gota
tun
cae
tun
otra
tun
gota
tun
cae
tun
y es
tun
gota
tun
misma
tun
cae

domingo, mayo 21, 2006

Cala

En el centro exacto del único ambiente crecía un ramaje gris y palpitante de humo que subía hacia el cielo raso y veteaba, o tal vez sólo manchaba, la mirada atónita de Miranda y la mirada perdida de los demás. Porque de esa manera se disponía el conjunto: Miranda, por un lado, un lado con claras glosas de privilegio enmarcado en una especie de pasta de esperanza, lindeza y, quizás también, delirio, y por el otro lado los demás, lejos, grises, mudos. Hablábamos de música o de cine, ya no me acuerdo, o de literatura. Si hablábamos de música probablemente estaba suscitando el reproche y la íntima condena diciendo que a mí no me gusta el jazz. Si hablábamos de cine la cosa sería más complicada. Digamos, para simplificar, que hablábamos de libros, de literatura, de los últimos gritos lastimosos de la poesía contemporánea. No. Digamos que hablábamos de alguna novela reciente, no quiero generar ahora el reproche que eludí en aquel momento. A lo mejor decía yo que me gustaba un autor, que me había gustado tal o cual recurso, que tal personaje recordaba tal otro, que el estilo era así o asá, que la desidia o que la luz o que la elipsis de la prosa eran dignas de algo, ya no me arriesgo a saber de qué. Es extraño que no me acuerde de lo que hablábamos y sí retenga con tanta precisión la cara y la posición del cuerpo de Miranda, que cada tanto se acercaba al tronco del árbol gris y separaba con cautela y acomodaba con cuidado seis o siete rayas gruesas y largas, amargas y blancas, sobre el retrato familiar. La bandeja pasaba de mano en mano y el aquelarre se lanzaba a debates cada vez más abstractos, cada vez más imprecisos. Tomábamos cerveza, todos menos Miranda. Ella, decía, ya tenía suficiente con el amargo de la merca que, además, se emperraba en combatir con Coca-Cola diluida en mínimas dosis de Fernet y de hielo. Algo en Miranda recordaba a Demi Moore, a esa belleza que en Demi Moore recuerda a Frida Kahlo. (No, un ramaje no, un hongo, atómico, que subía y subía y contra el techo se abría y se volvía sobre sí como una flor, como una cala. Como una cala simétrica y blanca con franjas grises o azules.) Los demás no existían y Miranda era cada vez más transparente y estaba ahora sentada en mis rodillas, tirada un poco hacia atrás y apoyada en mi hombro derecho. ¿De Pizarnik? ¿De Clarice Lispector? ¿De Cabrera Infante? ¿Del pelado de Puig? No sé, no sé, no sé. Pero Miranda estaba conmigo, había merca para un rato y se dejaba abrazar, y el fogonazo nuclear que todos, sin pensarlo, estaban buscando ya había estallado y ya se deshacía como un vidrio en lo estirado de las sombras que proyectábamos contra la persiana.