domingo, mayo 21, 2006

Cala

En el centro exacto del único ambiente crecía un ramaje gris y palpitante de humo que subía hacia el cielo raso y veteaba, o tal vez sólo manchaba, la mirada atónita de Miranda y la mirada perdida de los demás. Porque de esa manera se disponía el conjunto: Miranda, por un lado, un lado con claras glosas de privilegio enmarcado en una especie de pasta de esperanza, lindeza y, quizás también, delirio, y por el otro lado los demás, lejos, grises, mudos. Hablábamos de música o de cine, ya no me acuerdo, o de literatura. Si hablábamos de música probablemente estaba suscitando el reproche y la íntima condena diciendo que a mí no me gusta el jazz. Si hablábamos de cine la cosa sería más complicada. Digamos, para simplificar, que hablábamos de libros, de literatura, de los últimos gritos lastimosos de la poesía contemporánea. No. Digamos que hablábamos de alguna novela reciente, no quiero generar ahora el reproche que eludí en aquel momento. A lo mejor decía yo que me gustaba un autor, que me había gustado tal o cual recurso, que tal personaje recordaba tal otro, que el estilo era así o asá, que la desidia o que la luz o que la elipsis de la prosa eran dignas de algo, ya no me arriesgo a saber de qué. Es extraño que no me acuerde de lo que hablábamos y sí retenga con tanta precisión la cara y la posición del cuerpo de Miranda, que cada tanto se acercaba al tronco del árbol gris y separaba con cautela y acomodaba con cuidado seis o siete rayas gruesas y largas, amargas y blancas, sobre el retrato familiar. La bandeja pasaba de mano en mano y el aquelarre se lanzaba a debates cada vez más abstractos, cada vez más imprecisos. Tomábamos cerveza, todos menos Miranda. Ella, decía, ya tenía suficiente con el amargo de la merca que, además, se emperraba en combatir con Coca-Cola diluida en mínimas dosis de Fernet y de hielo. Algo en Miranda recordaba a Demi Moore, a esa belleza que en Demi Moore recuerda a Frida Kahlo. (No, un ramaje no, un hongo, atómico, que subía y subía y contra el techo se abría y se volvía sobre sí como una flor, como una cala. Como una cala simétrica y blanca con franjas grises o azules.) Los demás no existían y Miranda era cada vez más transparente y estaba ahora sentada en mis rodillas, tirada un poco hacia atrás y apoyada en mi hombro derecho. ¿De Pizarnik? ¿De Clarice Lispector? ¿De Cabrera Infante? ¿Del pelado de Puig? No sé, no sé, no sé. Pero Miranda estaba conmigo, había merca para un rato y se dejaba abrazar, y el fogonazo nuclear que todos, sin pensarlo, estaban buscando ya había estallado y ya se deshacía como un vidrio en lo estirado de las sombras que proyectábamos contra la persiana.

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