Hace dos años que no salgo. Antes viajaba. Conozco algunos países. Conozco la playa, las montañas. Conozco un bosque y conozco muchos bares. A eso lo puedo jurar. Estuve en la ciudad de Rosario, por ejemplo. Y en Montevideo. Ahora ya no salgo, para qué. Si bajé fue por trabajo, pero ahora vivo acá. Así, sucio como una rata. Pero antes trabajaba. Mi unidad era la 15. Los vagones, en aquel entonces, llevaban grabados los números 15.221, 15.222, 15.223, 15.224, 15.225 y 10.101. ¿Qué hacía? Nada. Manejaba la unidad 15. Aceleraba, frenaba, abría las puertas, hacía sonar la chicharra, cerraba las puertas, aceleraba. Nada. Un día me puse a leer entre estación y estación. ¿Difícil? No, la verdad es que no lo era. Leía poesía. Empezaba un poema en Place d’Italie y lo terminaba en Bobigny. Me gustaba pensar que los estiraba y los desparramaba por toda la ciudad. A veces me ensimismaba adivinando cuántas palabras habría sembrado por cuadra, cuántas letras por metro, cuántos silencios por día. Mallarmé, Horacio, Góngora, Walt Wihtman. De todo. Era una época que no me cuesta calificar como bonita. La anterior también, la que yo ahora llamo etapa exterior. Y esta de ahora también. A esto lo puedo jurar. De aquella época de lectura intermitente guardo mi colección de frases latinas con referencia a la muerte: memento mori, mors ultima linea rerum, nascentes morimur, principium morendi natalus est, nosce te ipsum, pulvis et umbra sumus, homo bulla. Tengo otra de frases españolas que hablan del cielo y otra sobre concepciones del tiempo en forma de cascada o de río o de fluir interminable. Esta última es en muchas lenguas. Lo que me gusta más es la parte francesa. La mejor está escrita en una lengua de Tlön. Como lo que me dan, o compro galletitas en las expendedoras con las monedas que me dan. Duermo ahí, junto a la escalera. Y camino, que es lo que más me gusta hacer. A la una, cuando el metro cierra, salgo a caminar por las vías y mientras voy caminando trato de pensar y de recordar la geografía exterior del trayecto que camino. Yo ya no sé si en mi imaginación hay verdades o si son solamente una mezcla de imaginación y de nostalgia, pero quién sabe si la verdad es otra cosa que imaginación y nostalgia. Lo que más extraño es el sol. Lo que menos extraño es la lluvia. Al pasto sí, lo extraño. A los caballos no. A los autos no. A los adoquines sí, son como cubos imperfectos, eran bonitos. La vía me gusta, y la gente que uno conoce es buena gente, generosa. Mujeres no hay, y esa es otra cosa que extraño. Coger con una mujer. Pero no está mal tampoco coger con la gente de acá abajo. Yo sé que estamos sucios, pero nosotros no lo notamos más y cogemos entre nosotros y en cualquier parte. La gente no imagina que en los asientos sobre los que espera el tren ayer yo estuve chupando una pija. Chupar pijas también me gusta. Yo ahora sigo viajando, aunque no parezca. Viajo caminando. Hoy parece que no se puede viajar caminando, pero es que olvidamos que en la época de Horacio se viajaba así, caminando. Y antes también. Y después también. Se caminaba por arriba, sí, por un arriba distinto, sí, ¿pero distinto de qué? Distinto del de hace dos años. Pero uno y otro arriba se me confunden y el abajo siempre debe haber sido igual o al menos yo me lo imagino igual. A veces pienso que voy a ver a Plutón y cuando era conductor pensaba que era Caronte, aunque eso debe ser una influencia de la lectura. ¿Estoy en el Hades? ¿En el Hades se puede chupar una pija? ¿Y donde está Cerbero? ¿Y dónde está la laguna? La laguna es la oscuridad. Me gusta pensar que la oscuridad es una laguna aunque eso parezca contradictorio. ¿Se puede contradecir en el Hades? Me gusta pensar que cuando camino estoy nadando. Nadando en la oscuridad. ¿Soy un pez? ¿Soy un pájaro que nada? ¿Los pájaros chupan pijas? A las nubes no las extraño porque a las nubes las asocio con la lluvia. El agua no me gusta. El agua es la oscuridad. Pero saber es morirse y las ratas, mis amigas las ratas, son inmortales. Mis compañeras las ratas. Un día voy a coger con una rata.
domingo, mayo 28, 2006
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