lunes, mayo 29, 2006

El cuerpo de Sebastián Toba

El pueblo estaba, cuando llegué, tenuemente disimulado bajo una capa de niebla blanca y movediza. Me registré en el Hotel Genovés, frente a la estación, y el chiflido del tren que se alejaba me causó un tibio escalofrío de felicidad. Era viernes y era temprano, así que pedí que me subieran un tostado y un jugo de pomelo y me puse a revisar, mientras comía, las notas sobre la muerte del concejal que me pasó el jefe de sección cuando me pidió que la cubriera. Lo habían encontrado junto a un canal artificial, junto a un desagüe pluvial encajonado en un molde de cemento, en la periferia del pueblo. No había, me pareció, nada interesante en el caso, pero yo no soy quien se pregunta esas cosas, a mí me pagan por escribir y yo escribo, voilà tout. Era un viernes. Creo que entonces me quedé dormida, un rato, tal vez dos horas. A la una estaba sin sueño y sin ganas de leer y entonces decidí salir a dar una vuelta. La niebla seguía flotando vulnerable a las luces de los autos, que de lejos parecían barcos acercándose a un puerto o alejándose de un puerto. En un bar, en una esquina, tocaba una banda. Cuando entré sentí cómo todos en el lugar me clavaban sus miradas, ofendidos por una intrepidez que tal vez consideraban intrusión. Uno, en la barra, me miró más, o distinto, y hacia él, aunque solapadamente, encaminé mis intenciones. El cantante estaba en cuero y en sus gritos hablaba de una muchacha que "había masticado su alma hasta el hartazgo" y que había participado en no sé qué rara historia con el cantante. La letra no decía que la cosa fuera con el cantante, pero eso se veía a las claras. Pedí un gin-tonic. En el bar los favores de la niebla habían sido remplazados por el humo. El tipo de la barra me saludó y me preguntó de dónde era. Yo le dije que de Buenos Aires, le dije que era periodista. El tipo me miró. Yo tomé un trago directamente del vaso y le pregunté qué hacía él. Me dijo que era estudiante de filosofía. Estudio en Puán, me dijo. Y ese fue todo el diálogo de los primeros cincuenta minutos. El bar se había ido llenando de a poco y parecía un animal que temblaba por dentro. El tipo saludaba a todos los que entraban con la mano o, a veces, con un beso en la mejilla. Pensé que estos últimos eran amigos. La banda era muy mala. Se lo dije. Me dijo que sí, que era mala, y me propuso salir a dar una vuelta. Yo creo que pagó él, aunque no lo recuerdo con claridad, para ese entonces ya había tomado demasiado. Una vez en el auto el tipo hizo dos cosas: abrió una bolsita celeste con cocaína y me preguntó si había venido por la muerte de Sebastián Toba. Sí, le dije, y me preguntó, mientras inhalaba con fuerza tapándose la cavidad nasal izquierda (había tomado por la derecha), si quería ver el cuerpo de Toba, él conocía a alguien en el hospital. Le dije que sí. Fuimos, lo vimos, lo fotografié en las heladeras de la morgue. Barba, blanco, cejas tupidas, pelo largo. Esos son los rasgos que retuve.
El tipo se llamaba Martín y había en él algo que me gustaba, su acento tal vez, su barba de dos días rubia como pequeñas estalactitas o agujas transparentes, su nuez de adán. Fuimos a su casa y cogimos y tomamos buena parte de la noche, pero no me quedé a dormir con él, tuve un poco de pudor. Le di el teléfono del hotel y me fui en remís, dormí como un oso.
Al otro día el conserje me informó que un señor había llamado y había dejado un número de teléfono. Llamé. Era Martín. Paso a buscarte, me dijo, es importante, me dijo, te va a interesar. Tomó por una avenida y en dos minutos salimos a una ruta. Tres, tal vez cuatro minutos más tarde se detuvo junto a un pequeño alboroto policial. Supe, cuando bajé, que habían encontrado otro cadáver. Me presenté ante el comisario, que miraba atónito cómo se perdía una línea de alambrado en el horizonte. Tuve que repetir: María Alejandra Estévez, periodista. El comisario balbuceó algo que no eran palabras y me señaló, confundido, dando muestras de confusión, un promontorio alargado y cubierto por un plástico negro. Era el cuerpo. Me agaché, lo destapé, y no lo pude creer. Cuando me volví hacia Martín él estaba diciendo que sí con la cabeza y estaba diciendo Sebastián Toba. Sentí ganas de abrazarlo, pero me contuve. Tomé algunas fotos del lugar y del comisario, que seguía oteando el alambrado. ¿Qué le pasa?, pregunté. Reina el desconcierto, dijo Martín, atacado por una ceremonia.
En total seis días me quedé en esa ciudad en cuyas noches prevalece la neblina y el humo. Sebastián Toba fue asesinado, en ese lapso, tres veces. La primera vez fue por asfixia y sus restos fueron cremados en un cementerio de Burzaco. La segunda muerte fue causada por heridas de arma blanca y el cuerpo está bajo custodia en la morgue del Hospital Municipal. Las causas de la tercera, la más reciente, todavía están por establecerse y reina, como dijo Martín, la confusión. Las autoridades no descartan la posibilidad de nuevos hallazgos. Mañana a la noche vuelvo a encontrarme con Martín.

6 comentarios:

Unknown dijo...

estás al palo

ana dijo...

el código blogger me cuesta,
el fin de las editoriales,
el blog como futuro,
(¡¿?!)

ES dijo...

Todos vamos a desaparecer...

Anónimo dijo...

Bueno, esto así. Es así para mí, lo que quiere decir que para el resto va a ser otra cosa. Lectura sencilla,un comentario:
Mientras siga acostándose con el tipo, va a seguir muriendo Sebastián Toba, o al revés, o no. No se trata de una relación causa-efecto. Se trata, simplente que acá, ahora es así, y es así para mí. No busquemos sistemas binarios porque acá no van a cerrar.
Ella, María-Alejandra-Estévez, ve a la MueRTe en MaRTín y a MaRTín en la MueRTe. Podría hasta ponerme a citar cual crítica amargada, pero me da pudor (igual, cf. Líneas 44-49, porque siempre amargada, pero, ojo, nunca crítica). Ambos son indisociables (Martín/Sebastían-muerte).
Martín calienta a María-Alejandra-Estévez. Es así, María-Alejandra-Estévez, ves un cuerpo, un cuerpo como el de “Sebas”, pero erotizado.
Por otro lado, el pobre “Sebi” en la heladera de la morgue, y sí, ahí el frío está. Pero está con lo caliente, como el sexo con la muerte, como el humo con la neblina, como Martín con Sebastián Toba. Entonces los términos se confunde, las oposiciones no son tales, solo hay un gran "confundere".
Y bueno, tampoco es tan grave, ¿quién dice que tienen que estar separados? ¿Quién dice que el mundo es antagónico? Reina el desconcierto. Menos mal. La muerte también puede ser bella… Tan bella como una simple cogida, como ese “tibio escalofrío” que nos deja…

Anónimo dijo...

los términos se con-fundeN.

chimi dijo...

Por dios las cosas que encuentra uno en internet. Puso en un buscador mi nombre (Sebastián Toba) y encontre en un sitio de internet. Me encontre como protagonista de una historia de ficcion dentro de la cual muero en tres oportunidades y la cual no logro comprener totalmente. Quiero que la persona que escribio esta historia se comunique conmigo. por favor.
chimi_yoestuveahi@hotmail.com