viernes, septiembre 21, 2007
Santa Teresa de Gallura
lunes, agosto 27, 2007
[Título no disponible 2]
Parece que sube, pero también parece que baja. Baja de los cielorrasos. Sube desde las cenizas, que hubiera querido escribir con s.
sábado, mayo 19, 2007
La pared
Esta pared blanca enseña muchas cosas, aunque ustedes digan que no. Es blanca. Se estira para allá, miren, y dobla en ángulo recto y sigue para allá. No veo lo que pasa atrás, pero sé que esta que viene por la izquierda es la misma pared que se fue por la derecha. No sé cómo lo sé, pero es así. Es así. No habla la pared. Está ahí, quieta, blanca y con su mancha. Tiene una mancha la pared. Y a la pared no le importa la mancha. Sigue blanca, quieta y envolviéndome sin que yo sepa cómo, aunque tenga esa mancha ahí. Miren, ahí está, blanca y quieta, y no le importa que la miren. No le importa nada, ni la mancha ni nosotros, hace sus cosas, nos envuelve, y sigue blanca y quieta como siempre.
lunes, mayo 14, 2007
Ríos
Postdata del 25/03/08: el título debió haber sido "Ríos que mueren en el mar Gen".
sábado, mayo 05, 2007
Etimología de la palabra "saludo"
La etimología de esta palabra es singular y no pocas veces ha sido objeto de la atención de los eruditos (palabra tampoco carente de interés y de cuya etimología hablaremos en otra oportunidad). La historia data del siglo doce. En las cercanías de lo que hoy es Badajoz un Señor, adinerado y harto de las diarias infidelidades de su esposa, hizo construir una fortaleza laberíntica en el medio de la cual la amarró, y amarrándola con sorna le dijo : “Ahora sal, si puedes…” Esa noche el hombre durmió bien. A la mañana siguiente bajó a un bar de Corrientes a desayunar y vio, ¡ay!, incrédulo, a su mujer completamente borracha en brazos de un jornalero cuya fama tenía varios centímetros de largo. Toda la comuna supo de la historia y a partir de entonces el hombre fue el objeto de burla preferido de los vecinos. Cada vez que lo cruzaban le decían: “-Ahora sal… y pudo!” y estallaban en carcajadas. Con el tiempo “ahora” cayó. La fórmula “salypudo” se usó hasta mediados del siglo quince (la última atestación data de 1438), período en el que la “y” griega cae también, por griega, y la “p” por solidaridad (y en repudio a la xenofobia dominante por entonces entre las letras y fonemas). A partir de ese momento, y hasta hoy, se ha usado la palabra “saludo” para burlarse de los hombres adinerados que construyeron fortalezas, amarraron a sus esposas y las encontraron al día siguiente en brazos de jornaleros.
sábado, febrero 03, 2007
Dios
me acabo de dar cuenta de que soy dios
X says:
lo voy a escribir en el blog
X says:
Por qué llegaste a esa conclusión?
X says:
no hay conclusiones en mi mente
X says:
todo ES
X says:
todo ES, y no tengo necesidad de razonar
X says:
Por qué sos Dios?
X says:
por eso
jueves, enero 04, 2007
La bombilla
Nos fuimos pensando qué tipo más raro y el se fue pensando lo mismo, pero de ella también. De los dos. Qué tipos más raros mierda, los tres.
miércoles, diciembre 27, 2006
sábado, diciembre 16, 2006
Compte rendu
El blog se intitula "Este blog me tiene podrido". De su autor nada sabemos y nada queremos saber. Sus textos son, en su mediocridad, dispares. Y esto sin contradicción. Entre sus treinta y cuatro textos encontramos mala poesía y mala prosa en igual proporción. La alternancia de textos, largos y cortos, la discontinuidad, lo incoherente y la falta de coherencia, los grandes espacios blancos y los pequeños espacios negros son, así como lo blanco y lo blanco, mejor me voy a dormir porque tengo sueño.
Uh
(Juan Bautista Aberdi, Bases, 1852)
martes, noviembre 28, 2006
Gauchos corredores o Hamlet jugaba de 11
"Casuarinas: árboles cuyas hojas se parecen a las plumas de aves corredoras".
Pero eso no es nada. En una edición bilingüe de Ficciones que leen las jóvenes promesas de los liceos de Francia hay una glosa para la palabra "gaucho" que dice: "personne rustique qui habitait La Pampa et montait à cheval. Il avait comme principale fonction, à l’époque, celle d’être assassiné par les aborigènes ou la police.”
Los escépticos irán al diccionario. En el Petit Robert encontrarán esto: “Gaucho: Partisano extremista de las soluciones de izquierda, revolucionarias, dentro de un partido”. (Un Garrincha, ¿o no? No. Garrincha jugaba de 7. Pero yo no sé nada de fútbol y no conozco ningún 11 habilidoso que rompa con los moldes. ¿Y cómo se llaman ahora el 7 y el 11? Misterios reservados a Niembros y Macayas…)
De “gaucho" hay una segunda acepción: “Caballero encargado de vigilar las tropas de bovinos en la pampa. Gauchos diestros para el lazo.”
Yo conozco un gaucho. Cuando te saluda te aprieta fuerte la mano y te mira inclinando el ala del sombrero y endureciendo la mirada. Después te dice: ¿qué tomás? Y vos tenés que contestar: un whisky. Entonces él te lo paga y se queda contento con su alma y su sombrero de gaucho o de caballero que invita whiskys en la barra.
Pero no era esto lo que quería escribir. Quería escribir algo gracioso acerca de las aves corredoras.
viernes, noviembre 24, 2006
Präpositionen
Der Vogel fliegt aus dem Käfig, dann fliegt er auf den Tish. Und dann fliegt er auf den Schrank. Und dann fliegt er ans Fenster, und dann fliegt er auf die Lampe, und dann der Vogel fliegt unter das Bett, und dann fliegt er hinter die Tür und dann auf den Küchenboden und dann fliegt er neben den Herd. Dann der Vogel fliegt hinter den Schrank und dann fliegt er zwischen den Stuht und den Tisch. Dann der Vogel fliegt in der Eimer und eine Mädchen findet ihn da und tötet ihn, mit ein Messer. Der Vogel heiss Ramón. Das Mädchen heisst Ana Lucía González Obregón .
jueves, noviembre 23, 2006
París es una furia
Corrió enfurecido hacia la cornisa pero de antes de llegar al abismo tropezó. Y se volvió, acongojado, arrepentido, fracasando, queriéndose morir. Después, algo se apagó. Y supimos esto:
El que corría enfurecido era yo.
La cornisa también, era yo.
¿Y de dónde tanta furia? No lo sabemos todavía. Por eso tanta furia.
sábado, octubre 14, 2006
Diccionarios celestiales
Los Dioses, que leen a Borges, se reparten desde siempre la tarea de registrar el habla de todas las personas del mundo, en todas las lenguas del mundo. Después, cuando de una lengua todos sus hablantes mueren, publican un diccionario. Antes no, pues no conciben que un diccionario no albergue todos los usos de una lengua. En eso consisten los suyos. Entre los más codiciados por los hombres se cuentan el de latín, el de griego, el de sánscrito y el de lineal C. Entre los más extraños, el de ardhamagadhi, lengua de los antiguos sutras jainistas, y el de suniita, derivado del ardhamagadhi que se habló en Asia Menor entre los siglos siete y tres antes de Cristo (que en el cielo va con minúscula). Sin embargo todos esos trabajos son fragmentarios. Y un día, cuando todos hayamos muerto, los Dioses daran a conocer la última y primera edición de la Obra Mayor, que dará cuenta de la única lengua que en su historia hablaron los hombres.
Diario
Viernes 12
Estuve acá y allá. Fui con X y X a la casa de X. A la noche cenamos en lo de X. Dormí con X, la pasé bien.
(Nota: estoy escribiendo el lunes, el fin de semana no escribí.)
Sábado 13
Estuve pensando que con X nos llevamos bien. Eso lo pensé a la mañana. Pero a la tarde fui a lo de X y más tarde vimos una película. Mala. Cenamos. Y cada cual a su casa.
Domingo 14
Nada diferente a todos los domingos del mundo. Estuve pensando en X. A la tarde vinieron X y X y nos quedamos hablando de la orientación sexual de algunos escritores. Dos conclusiones: X es asexual, la orientación de x es heterodoxa. Nunca en la vida los vimos, pero se nota en sus textos. Creo que tomé demasiado.
Lunes 15
Hoy. No recuerdo qué pasó, estuve todo el día recordando. Mejor me voy a dar una vuelta.
martes, octubre 10, 2006
El que me faltaba
Por qué no darme el gusto, me dije, y me encaminé por enésima vez a la librería del boulevard Saint Michel. Compré Los detectives salvajes, rojo y pesado, y volví caminando a mi casa.
La ceremonia acaba de concluir. Acabo de acomodarlo, el ceño arrugado, junto a los otros, en el cuarto anaquel empezando de abajo. Y ahora los veo mientras escribo. Ahí están, todos rojos, iguales, nuevos, ocupando íntegro el cuarto anaquel.
Huir
Escribió, meses enteros, sin parar, y cuando paró una pregunta le vino: ¿para qué escribo? Escribo, se contestó, para alejarme y huir de lo que escribo. Y acto seguido lo escribió.
martes, octubre 03, 2006
Título de tiza
Ay
Uno de ellos dijo: Ay, si pudiera vivir sin decir ay. Pero ellos estaban en otra cosa, pensando, tal vez, ay, si pudiéramos pensar en otra cosa. Cosas que tiene la vida. Pero a esto último nadie lo dijo, ni tampoco nadie lo pensó.
viernes, septiembre 29, 2006
Con título pero sin fin
Durante esos días se lo vio absorto en una especie de tornillo enorme y oxidado. Quisimos acercarnos, pero él nos hizo shhh... Miren, este objeto es un milagro, nos dijo, se llama sin fin.
jueves, septiembre 28, 2006
Título esclarecedor
¿Qué hace?, preguntó el carpintero de visiones nocturnas. Nada, dijeron los hombres que miraban, no tiene ganas de estudiar, y después siguieron jugando a las cartas dándonos la espalda, dándonos la espalda y tomando vino tinto con soda y comiendo pedacitos de pan.
Con título, pero eso no importa
Con título
Y en el momento de saltar se dio vuelta, señaló al hombre que miraba y señalándolo le dijo: no creas que lo que ves es así, todo es levemente distinto. Dijo eso, y después saltó.
Sin título
¿Y te quién dijo que todo esto va a terminar?, preguntó el señor de las cejas blancas. Y entonces todo terminó.
domingo, septiembre 17, 2006
Ese extraño bolso rojo
Le vendredi 2 Février
Dans la maison il y a un petit ordinateur. Il est noir. Il y a beaucoup de livres. Les uns sont minces, les autres sont épais.
Il y a de minces stylos. Il n’y a pas de grandes tables.
Il y a une petite table et un grand bureau.
Il y a un plafond blanc. Il n’y a pas de papier sur le plafond. Il y a du papier sur les murs. Ils sont étroits.
Sur une petite table ronde il y a un poste de télévision. La télévision est très grande.
Il n’y a pas de rideaux sur la fenêtre.
Au-dessous de la table il y a un beau sac rouge.
Il y a des belles bibliothèques sur les murs.
Au-dessus d’un long canapé, il y a de beaux tableaux.
Lundi, mardi, mercredi, jeudi, vendredi, samedi, dimanche.
miércoles, septiembre 13, 2006
Felipe el inquieto
Estas tierras que ven fueron sede, dos siglos atrás, del único régimen monárquico atestiguado en la región. De su soberano no hemos heredado ni bustos ni retratos pero sabemos que su fama belígera traspuso mares, desiertos y cadenas montañosas. Tampoco conocemos su ascendencia ni su nombre certero. Sí que se llamó Felipe II, el inquieto. De la leyenda que a él ha fusionado la historia no todo es real pero todo guarda una relación, así sea enmarañada, con los hechos que pasaron. No los voy a contar hoy. Hoy solamente los anuncio. (Sé que él supo que hoy lo anunciaría.)
lunes, junio 26, 2006
El epígrafe
elle dévient littérature elle-même.
Iuri Tinianov
jueves, junio 15, 2006
Ocurrió así
Ocurrió así: Un hombre, mientras prologaba en voz alta esa leyenda inverosímil según la cual otro hombre, ciudadano de un país lejano o de oriente, se había planteado una tarde escribir ese argumento que, como “embrujado por duendes color turquesa”, según dijo, se había ido encerrando a sí mismo y de a poco (un de a poco que no por pausado había resultado menos plausible ni, lo que es más, menos implacable (y todos recuerdan que esa implacabilidad sería, según el orador, un aspecto trascendental de la historia que referiría (aunque nunca, lamentablemente, se la sabría terminada, pues el hombre perdió el juicio y se arrojó, como el otro, a las aguas imaginarias y audibles de un aljibe al no ver, como le había pasado al otro, la manera de escapar de esa triple barrera de arcos y de ese punto que lo separaban del mundo, y de todos los después))).
jueves, junio 01, 2006
El espejo
Quique me dijo que los finales de las cosas que escribo son previsibles. Voy a usar un recurso que me gusta en Fogwill pero que ya usaba Diderot, Diderot entre muchos otros, y que consiste en hablar con el lector: ¿Ustedes piensan que Quique es una técnica y un anonimato o que tras Quique se esconde otra identidad? No. Quique existe. Ayer tomamos una cerveza en un bar y Quique me dijo que no los finales en sí, sino el momento en que terminan las cosas que escribo es adivinable. Sin embargo nunca se sabrá si tras Quique no se esconde otra identidad. Aunque tras Quique nada puede esconderse, nadie puede esconderse tras un nombre. Tras muchas palabras sí, pero tras un nombre no. Esto ya es el final, les aviso. ¿Lo habían adivinado? Si no lo adivinaron me salió. Si lo habían adivinado no me salió. No me sale desadivinar los finales. Si lo habían adivinado sigo. Si no lo habían adivinado no lean más, lo que sigue es para los que lo habían adivinado: Debajo de la camisa, esculpido por los años y el humo del cigarrillo, se adivinaba un cuerpo enfermizo, blanco y afilado, fin. ¿Ahora lo adivinaron? Si lo adivinaron sigo: Pero lo que había debajo de la camisa no era cognoscible, nadie nunca lo sabría, solo era adivinable, fin. Pero si lo adivinaron sigo: Era adivinable también su cara, la cara del cuerpo adivinable debajo de la camisa. La manera en que era adivinable la cara era variable: hubo quienes la adivinaron blanca y afilada, en perfecta consonancia con el cuerpo; hubo quienes la adivinaron redonda, pecosa; hubo quienes adivinaron que no era la apariencia lo importante y que a su vez adivinaban, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa que el adivinado cultivaba en su relación con sus hijos y con su mujer, unos y otra adivinados apacibles, provincianos, buenos. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: Saer: El primer adivinado solía, bondadoso, fumar, tibio, un cigarrillo junto a la chimenea que parecía, tibia y resplandeciente, consumirse a sí misma en un rincón del salón de estar y, en ocasiones, también solía, quieto, garabatear sobre un cuaderno notas literarias que alguna vez, tímido, había considerado publicar. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: La mujer adivinada generalmente no lo importunaba, pues no por pertenecer a la casta adivinada ella dejaba de adivinar, a su vez, la necesidad de silencio del adivinado de su esposo. Ella adivinaba una preocupación, un temor en esos escritos misteriosos, en el temblor de su mano en el papel, en el gesto involuntario de acercarse al fuego que la mano ejecutaba, cada tanto, como si volara sobre la alfombra. Fin. Pero si lo adivinaron sigo: El hombre. Fin. En realidad no escribía. Fin. Sino que simplemente dibujaba una cara, con los ojos exageradamente grandes, con bigote salvadordaliesco, con sombrero de ala caída, con un cigarrillo caído, mal afeitada y llena de cicatrices tras la cual se adivinaba, flotando en un cielo eventual de bonhomía, una personalidad inquieta, desordenada y nerviosa. Fin.
lunes, mayo 29, 2006
El cuerpo de Sebastián Toba
El pueblo estaba, cuando llegué, tenuemente disimulado bajo una capa de niebla blanca y movediza. Me registré en el Hotel Genovés, frente a la estación, y el chiflido del tren que se alejaba me causó un tibio escalofrío de felicidad. Era viernes y era temprano, así que pedí que me subieran un tostado y un jugo de pomelo y me puse a revisar, mientras comía, las notas sobre la muerte del concejal que me pasó el jefe de sección cuando me pidió que la cubriera. Lo habían encontrado junto a un canal artificial, junto a un desagüe pluvial encajonado en un molde de cemento, en la periferia del pueblo. No había, me pareció, nada interesante en el caso, pero yo no soy quien se pregunta esas cosas, a mí me pagan por escribir y yo escribo, voilà tout. Era un viernes. Creo que entonces me quedé dormida, un rato, tal vez dos horas. A la una estaba sin sueño y sin ganas de leer y entonces decidí salir a dar una vuelta. La niebla seguía flotando vulnerable a las luces de los autos, que de lejos parecían barcos acercándose a un puerto o alejándose de un puerto. En un bar, en una esquina, tocaba una banda. Cuando entré sentí cómo todos en el lugar me clavaban sus miradas, ofendidos por una intrepidez que tal vez consideraban intrusión. Uno, en la barra, me miró más, o distinto, y hacia él, aunque solapadamente, encaminé mis intenciones. El cantante estaba en cuero y en sus gritos hablaba de una muchacha que "había masticado su alma hasta el hartazgo" y que había participado en no sé qué rara historia con el cantante. La letra no decía que la cosa fuera con el cantante, pero eso se veía a las claras. Pedí un gin-tonic. En el bar los favores de la niebla habían sido remplazados por el humo. El tipo de la barra me saludó y me preguntó de dónde era. Yo le dije que de Buenos Aires, le dije que era periodista. El tipo me miró. Yo tomé un trago directamente del vaso y le pregunté qué hacía él. Me dijo que era estudiante de filosofía. Estudio en Puán, me dijo. Y ese fue todo el diálogo de los primeros cincuenta minutos. El bar se había ido llenando de a poco y parecía un animal que temblaba por dentro. El tipo saludaba a todos los que entraban con la mano o, a veces, con un beso en la mejilla. Pensé que estos últimos eran amigos. La banda era muy mala. Se lo dije. Me dijo que sí, que era mala, y me propuso salir a dar una vuelta. Yo creo que pagó él, aunque no lo recuerdo con claridad, para ese entonces ya había tomado demasiado. Una vez en el auto el tipo hizo dos cosas: abrió una bolsita celeste con cocaína y me preguntó si había venido por la muerte de Sebastián Toba. Sí, le dije, y me preguntó, mientras inhalaba con fuerza tapándose la cavidad nasal izquierda (había tomado por la derecha), si quería ver el cuerpo de Toba, él conocía a alguien en el hospital. Le dije que sí. Fuimos, lo vimos, lo fotografié en las heladeras de la morgue. Barba, blanco, cejas tupidas, pelo largo. Esos son los rasgos que retuve.
El tipo se llamaba Martín y había en él algo que me gustaba, su acento tal vez, su barba de dos días rubia como pequeñas estalactitas o agujas transparentes, su nuez de adán. Fuimos a su casa y cogimos y tomamos buena parte de la noche, pero no me quedé a dormir con él, tuve un poco de pudor. Le di el teléfono del hotel y me fui en remís, dormí como un oso.
Al otro día el conserje me informó que un señor había llamado y había dejado un número de teléfono. Llamé. Era Martín. Paso a buscarte, me dijo, es importante, me dijo, te va a interesar. Tomó por una avenida y en dos minutos salimos a una ruta. Tres, tal vez cuatro minutos más tarde se detuvo junto a un pequeño alboroto policial. Supe, cuando bajé, que habían encontrado otro cadáver. Me presenté ante el comisario, que miraba atónito cómo se perdía una línea de alambrado en el horizonte. Tuve que repetir: María Alejandra Estévez, periodista. El comisario balbuceó algo que no eran palabras y me señaló, confundido, dando muestras de confusión, un promontorio alargado y cubierto por un plástico negro. Era el cuerpo. Me agaché, lo destapé, y no lo pude creer. Cuando me volví hacia Martín él estaba diciendo que sí con la cabeza y estaba diciendo Sebastián Toba. Sentí ganas de abrazarlo, pero me contuve. Tomé algunas fotos del lugar y del comisario, que seguía oteando el alambrado. ¿Qué le pasa?, pregunté. Reina el desconcierto, dijo Martín, atacado por una ceremonia.
En total seis días me quedé en esa ciudad en cuyas noches prevalece la neblina y el humo. Sebastián Toba fue asesinado, en ese lapso, tres veces. La primera vez fue por asfixia y sus restos fueron cremados en un cementerio de Burzaco. La segunda muerte fue causada por heridas de arma blanca y el cuerpo está bajo custodia en la morgue del Hospital Municipal. Las causas de la tercera, la más reciente, todavía están por establecerse y reina, como dijo Martín, la confusión. Las autoridades no descartan la posibilidad de nuevos hallazgos. Mañana a la noche vuelvo a encontrarme con Martín.
domingo, mayo 28, 2006
La laguna
lunes, mayo 22, 2006
domingo, mayo 21, 2006
Cala
En el centro exacto del único ambiente crecía un ramaje gris y palpitante de humo que subía hacia el cielo raso y veteaba, o tal vez sólo manchaba, la mirada atónita de Miranda y la mirada perdida de los demás. Porque de esa manera se disponía el conjunto: Miranda, por un lado, un lado con claras glosas de privilegio enmarcado en una especie de pasta de esperanza, lindeza y, quizás también, delirio, y por el otro lado los demás, lejos, grises, mudos. Hablábamos de música o de cine, ya no me acuerdo, o de literatura. Si hablábamos de música probablemente estaba suscitando el reproche y la íntima condena diciendo que a mí no me gusta el jazz. Si hablábamos de cine la cosa sería más complicada. Digamos, para simplificar, que hablábamos de libros, de literatura, de los últimos gritos lastimosos de la poesía contemporánea. No. Digamos que hablábamos de alguna novela reciente, no quiero generar ahora el reproche que eludí en aquel momento. A lo mejor decía yo que me gustaba un autor, que me había gustado tal o cual recurso, que tal personaje recordaba tal otro, que el estilo era así o asá, que la desidia o que la luz o que la elipsis de la prosa eran dignas de algo, ya no me arriesgo a saber de qué. Es extraño que no me acuerde de lo que hablábamos y sí retenga con tanta precisión la cara y la posición del cuerpo de Miranda, que cada tanto se acercaba al tronco del árbol gris y separaba con cautela y acomodaba con cuidado seis o siete rayas gruesas y largas, amargas y blancas, sobre el retrato familiar. La bandeja pasaba de mano en mano y el aquelarre se lanzaba a debates cada vez más abstractos, cada vez más imprecisos. Tomábamos cerveza, todos menos Miranda. Ella, decía, ya tenía suficiente con el amargo de la merca que, además, se emperraba en combatir con Coca-Cola diluida en mínimas dosis de Fernet y de hielo. Algo en Miranda recordaba a Demi Moore, a esa belleza que en Demi Moore recuerda a Frida Kahlo. (No, un ramaje no, un hongo, atómico, que subía y subía y contra el techo se abría y se volvía sobre sí como una flor, como una cala. Como una cala simétrica y blanca con franjas grises o azules.) Los demás no existían y Miranda era cada vez más transparente y estaba ahora sentada en mis rodillas, tirada un poco hacia atrás y apoyada en mi hombro derecho. ¿De Pizarnik? ¿De Clarice Lispector? ¿De Cabrera Infante? ¿Del pelado de Puig? No sé, no sé, no sé. Pero Miranda estaba conmigo, había merca para un rato y se dejaba abrazar, y el fogonazo nuclear que todos, sin pensarlo, estaban buscando ya había estallado y ya se deshacía como un vidrio en lo estirado de las sombras que proyectábamos contra la persiana.