miércoles, febrero 27, 2008

Ecos aimaras


El otro día, sentado en la biblioteca de la Sorbona, pensando en el techo y los estantes a falta de inspiración y ganas de leer, me topé con un Dictionnaire des langues immaginaires que busqué y abrí para averiguar, sin manifestaciones de sorpresa, que se trataba de una traducción del italiano de una obra escrita por unos tales Albani & Buonarroti (según las notas que tomé, de las cuales por supuesto desconfío), publicada por la editorial Zanichelli, Bologna, 1994.
Además de los datos editoriales, anoté lo siguiente:
“Interesante: Comentario sobre los aportes hechos al estudio del Esperanto y sus derivados por un tal René de Saussure, que Michel Arrivé presenta en su libro (2007) como "hermano" y acá es presentado como "primo" de Ferdinand.
“Muchas obras con títulos evocadores. Ver si se puede conseguir; si no, volver a La Sorbonne (estante "Linguistique").
“Referencias a Lulio, Borges, Leibniz.
“Referencia a las obras de Pierre Ménard que tienen mucho que ver con mi artículo sobre Borges. El criterio según el cual Borges reúne a Descartes, Leibniz y los otros es este: la reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de una lengua universal y perfecta.”
La edición italiana del Dizionnario está hace meses agotada. La edición francesa (Belles Lettres, 2001) está a setenta y cinco euros de mi alcance, que es como decir fuera.
Ese mismo día, boludeando, encontré la reseña escrita por U. Eco para L'Espresso del 4 de noviembre de 1994, de la cual traduzco la última parte:
“Por otra parte falta una lengua verdadera, la de los indios Aimara, estudiada en el siglo XVII por el jesuita Bertonio y que es todavía hoy considerada por algunos de una tal perfección que podría ser usada como parámetro para los procesos de traducción electrónica. Esta lengua, dicen, es tan flexible y potente que todo aquello que puede ser dicho en las lenguas naturales podría ser traducido al aimara, pero una vez en aimara no podría ser retraducido en ninguna de las lenguas conocidas. Esta especie de “agujero negro” hace del aimara una lengua casi imaginaria. Todo esto, si no me lo señalaba el amigo Maurizio Gnerre, lo habría ignorado también yo. Este verano, en Buenos Aires, encontré en una librería de viejo todas las obras de Bertonio, que yo nunca había visto en ningún catálogo. Pero (en ese país en el que oficialmente un peso vale un dólar pero lo que en New York cuesta dos dólares ahí cuesta cuatro pesos) la suma que pedían era desproporcionada. Así, como en una historia de Borges, los misterios de la lengua aimara permanecen ocultos entre Florida y Corrientes.”

Terminemos con una serie de preguntas: ¿Quién habrá comprado las obras de Bertonio? ¿Quién habrá querido estafar a Umberto Eco? ¿Quién le habrá dado a éste información catastral errónea acerca de la ciudad de Buenos Aires? ¿O sólo nombró esas calles para évocar reminiscencias tangueras y borgeanas? ¿O porque hablar de esas calles (y de Borges y del tango) queda bien, como queda bien hablar de la Sorbona?