jueves, noviembre 27, 2008

Cosas que me acuerdo...

...y que no tengo ganas o tiempo de escribir, como por ejemplo el niño-croto al que se lo llevaba la perrera municipal enjaulado, delante de todo el mundo, lo encontrara donde lo encontrara y aunque las viejas gritaran no mordió a nadie y él lo repitiera, "no mordí a nadie". No sé si le pegaban o lo violaban o qué, pero al día siguiente estaba otra vez ahí, croto y niño como siempre.
Hermano del niño-croto era el Caballo, cartonero de la primera hora, antes de que el fenómeno se pusiera de moda y saliera en televisión. Recorría las calles a caballo de sí mismo, relinchando en el asfalto (nunca lo voy a olvidar) bajo el sol azul incandescente de los sábados de enero.
Billy, amigo de los dos, solamente cantaba a cambio de monedas; a cambio de billetes hacía todo un show. Yo fui uno de los tantos que se aprovecharon de él. La última vez que lo vi se había convertido en poeta y exponía los versos en una esquina cualquiera, en un pizarrón verde, siempre a cambio de monedas. Yo fui uno de los tantos que no se detuvieron a leer lo que escribía.
El Pava, bailador en discotecas de Buenos Aires, corredor de carreras con el Waska y limpiador de vidrios; yo fui uno de los tantos que lo contrató. Limpiaba los ventanales de manera elemental, con agua y diarios viejos, sin ninguna herramienta diseñada para la tarea. La última vez que lo vi me dijo que "estaban viniendo de afuera" y que entonces, con la competencia, el negocio iba de mal en peor. Su mirada, su mugre y su saltito al caminar eran sus tres puntos de suspensión.
El Waska, violador de viejas, sabedor de todo y comedor para el costado. Siempre me llamó "Lucas", nombre heredado por mi primo. Como a mi primo también le decía Lucas, es dable pensar que en su consciencia yo nunca existí.
El Caminante caminaba todo el día y gastaba alpargatas como nunca antes se vio en las cuadradas calles lobenses. Decían que era Cristo, pero él decía "no sé". A mí me gustaba hablar con el Caminante y comprobar que sabía leer. Escribía entre las piedras anaranjadas de la plaza con un palo: "zapatos". Y él me lo leía, "zapatos", y se quedaba mirándome. Una vez charlamos los tres, el Pava, con quien una vez me agarré a trompadas en la puerta de El Escritorio, el Caminante y yo. Hablamos de sus familias, de sus madres, de por qué llegaron a Lobos. Soy uno de tantos que les preguntaron cosas y después las olvidó.

2 comentarios:

rs dijo...

El otro día lo ví a Billy. Y el caballo sigue ahí, haciendo sus señas obsenas a las chicas que pasan...

ana dijo...

el manco tambien me lo acuerdo, la tiznada y la teta dulce con su marido alto que lo puteaba todo el tiempo a cualquier hora. el caminante me hizo muy bien a la vida y el waska siempre penso que mi papa era rodolfo arata.